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Sábado, 26 Marzo 2016 17:32

Capítulo 46 (1)

LOS QUE FALTAN EN CUALQUIER OTRA COSA

(RB 46-01)

Con el presente capítulo San Benito concluye la sección de cómo han de satisfacer los monjes refiriéndose a la corrección de las faltas incluso leves. Si en los capítulos precedentes aludía a las faltas menores en el oratorio o por llegar tarde, ahora concluye teniendo presente cualquier tipo de falta leve, incluso involuntaria, como el rompérsele a uno accidentalmente un utensilio de trabajo. Son esas faltas propias de la limitación humana, por lo que abundan en toda vida comunitaria. Pues bien, el santo Patriarca no quiere perder ocasión para hacer que dicha imperfección se transforme en motivo de perfec­ción, de crecimiento interior, como tan acostumbrados nos tiene a lo largo de su regla.

Si alguien, en cualquier menester, mientras está trabajando en la cocina, en la despensa, en un servicio, en el horno, en la huerta, en algún oficio o en cualquier otro lugar, comete alguna falta, o rompe o pierde algún objeto, o cae en alguna otra culpa donde quiera que sea, y no se presenta enseguida ante el abad y la comunidad, y él mismo, espontáneamente, da satisfacción y confiesa su falta, sino que es conocida por conducto de otro, será sometido a una corrección más dura.

El tener un fallo es inevitable, pero ¿cómo reaccionamos cuando ello sucede? He aquí el centro de la cuestión. El mismo instinto de supervivencia que todos llevamos gravado en nuestro interior hace que siempre tengamos una actitud defensiva ante cualquier posible agresión contra nuestra integridad. Si se trata de una agresión física enseguida nos protegemos y, si es necesario, nos defendemos o atacamos. Si se trata de una agresión moral hacemos lo mismo: ya hemos visto cómo cuando alguien osa corregirnos no sólo nos defendemos, sino que le echamos en cara lo que él hace mal. Si esto hacemos cuando somos agredidos, es fácil imaginar que evitemos exponernos a cualquier agresión y mucho menos la busquemos, aunque eso que consideramos una agresión no sea más que una simple corrección.

En nuestro caso, la corrección se presenta como una aparente agresión a nuestro yo, y la confesión de nuestro pecado como el exponernos voluntariamente a esa agresión. Pero San Benito siempre quiere ir más allá. Se suele decir que su regla es muy moderada para el tiempo en que se escribió. Ciertamente que lo es en cuanto a exigencias externas o sacrificios visibles, pero es muy exigente evangélicamente. Parece que aprovecha las cosas más insignificantes de la jornada para invitar al monje a que viva su radicalidad evangélica. No podemos esperar a que nos sucedan cosas importantes para transformar el corazón y responder desde el evangelio. Descubrir el propio pecado voluntariamente es signo de gran humildad y un sometimiento del propio yo por motivos sobrenaturales. Es una forma de ir más allá de la respuesta instintiva de autodefensa, no sólo no hay defensa sino que uno se auto inculpa. San Benito está pidiendo una finura espiritual que sólo el que está muy unido a Cristo es capaz de vivir sin estridencias.

Cuando uno es sorprendido en una falta se le pide dé una satisfac­ción, pues su pecado ha influido negativamente en la comunidad y debe por ello repararse. Pero la realidad nos demuestra que reparamos más por haber sido sorprendidos que por una auténtica exigencia espiritual. Por ello San Benito se muestra tajante al respecto: Si alguien (es sorprendido en alguna falta) y no se presenta en seguida ante el abad y la comunidad para hacer él mismo espontáneamente una satisfacción y confesar su falta, si la cosa se sabe por otro, será sometido a una penitencia más severa. Según Colombás el castigo por faltas involuntarias, como el romper algo o perderlo, ya estaba prescrito en las reglas monásticas antiguas, no era por lo tanto nada nuevo. Lo que sí parece nuevo en la RB es el requerimiento al culpable de que manifieste su falta espontáneamente bajo amenaza de una punición más severa si se llega a saber por otro.

No creo que a San Benito le preocupe excesivamente la disminución patrimonial del monasterio, él que le pide al abad no se inquiete en demasía por la penuria material del mismo, hasta el punto de dejar de lado su labor pastoral. Lo que sucede es que el santo Patriarca tiene muy presente que el monasterio es la casa de Dios, y todos los utensilios que hay en él deben considerarse como vasos sagrados. Romper algo es una manifestación de nuestra negligencia para con las cosas de Dios, negligencia de la que no nos hubiéramos percatado si el objeto no se hubiese roto. No disimular nada ni arreglar las cosas para ocultar la verdad, manifestando pronta y voluntariamente la falta, es signo de verdadero arrepenti­miento, expresión de una humildad que nos acerca a Dios y crea en la comunidad un ambiente de lealtad y sinceridad que permite que crezca la caridad y reine la concordia. Cuando no somos veraces se cultiva la sospecha, los juicios temerarios, las críticas, e incluso las difama­ciones o las calumnias sin fundamento. El clima de concordia lo hemos de crear todos desde la verdad, trabajando cada uno desde sí mismo, cultivando esta actitud humilde que nos propone San Benito y que purifica nuestro corazón y consolida la comunidad al hacerla vivir en la verdad. No podemos evitar las faltas, pero sí podemos vivir en la verdad y la humildad si nos lo proponemos.

Ya no importa tanto el ser perfectos, sino el prepararnos por el reconocimiento humilde y pronto de nuestras faltas para que la gracia de Dios nos santifique. La humildad anida en el que se sabe pequeño, pero no en el que se sabe pequeño y se enfada por ello o lo oculta a los propios ojos y a los de los demás porque desea dejar de serlo. “Soy pecador”, decimos, pero mucho más nos cuesta decir en qué lo somos, pues la primera expresión aparenta virtud, mientras que lo segundo descubre nuestra falta de virtud. La humildad anida en el que se sabe pequeño en las manos de Dios, por lo que descubre su grandeza en Él y no en sí mismo. Si cada uno de nosotros actuamos así entonces nuestra comunidad será también signo vivo de la pobreza que Dios quiere, viviremos en la verdad, no tendremos reparo en manifestar nuestro propio pecado, pues nos sabremos acogidos por los demás, seremos comprensivos los unos con los otros y aumentará en medio de nosotros la caridad y la santidad de Cristo, que no es perfección en el actuar, sino en el corazón. Pero para ello debemos facilitar tal actitud con el respeto al hermano y la comprensión de su debilidad sabiéndonos nosotros mismos pecadores. Si comentamos a los demás las debilidades que los hermanos han confesado, o se lo echamos en cara cuando nos enfadamos con él, ¿cómo vamos a facilitar la confesión humilde y mutua de nuestras faltas?

No se trata de alcanzar una santidad a fuerza de puños, de ser fieles cumplidores en todo, de hacer esto o lo otro, sino de la santidad que se asienta en abrir el corazón a Cristo, a ser lo que Él espera de nosotros.