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Jueves, 19 Febrero 2015 23:25

Capítulo III-3

CÓMO SE HAN DE CONVOCAR LOS HERMANOS A CONSEJO

(RB 3-03) 01.04.12

San Benito concluye este capítulo sobre el discernimiento comunitario o la petición de consejo volviendo de una forma algo desordenada sobre algunos temas ya propuestos. En primer lugar se refiere a la Regla: Sigan todos la Regla como maestra en todo y nadie se aparte de ella temerariamente. Tal expresión pudiera hacernos pensar que San Benito desea que se mantenga al pie de la letra un tesoro escrito con las peculiaridades culturales de otra época que nos pueden resultar insufribles. Sin duda que no se trata de eso, pues la misma Regla permite su interpretación. Lo más relevante de esa expresión es que nos recuerda que todos tenemos la misma “regla de juego”, que no hay privilegios para nadie, ni siquiera para el abad en cuanto a la vivencia monástica. Rechaza la doble vara de medir que solemos tener (para nosotros y para los demás) sin percatarnos de ello, y aún defendiéndola cuando alguien nos hace ver que hacemos lo mismo que criticamos en los otros, eso sí, siempre tratamos de justificarnos diciendo: “su caso y el mío no es lo mismo”, sin duda, porque yo y él no somos lo mismo.

Este deseo que haya una misma regla para todos puede parecernos obvio, pero no lo era tanto en la sociedad romana ni en la sociedad feudal que aceptaban diferencia de “clases”, pero tampoco lo es en nuestra actual sociedad basada en el poder, aunque esté regulada democráticamente y no se admitan oficialmente diferencia de clases. Hoy día hay leyes que en principio obligan a todos, pero esas leyes suelen centrarse en regular los límites; es un código que regula y penaliza, y aunque también haya leyes generales, la fuerza del dinero o el escalafón social que se tenga pesa mucho a la hora de que nos afecte más o menos la regla común de todos. La RB es mucho más que un control para no excederse, es un estilo de vida, donde no sólo se regulan los límites, sino que se proponen unos principios a los que se obliga a todos los hermanos por igual, incluso al abad, no admitiendo “clases” dentro de la comunidad.

Las leyes tienen esa ambivalencia, por un lado sentimos que su peso nos coarta, pero por otro nos protegen de los caprichos de los demás, incluso de los que mandan. Un grupo humano sin reglas se siente muy libre, pero no tardará en ponérselas si no quiere verse disuelto en poco tiempo. Un grupo humano que ha recibido ya muchas reglas se siente constreñido, pero si tiene paciencia y persevera, puede ir adaptando esas reglas a su nueva realidad, o, en caso contrario, será subyugado por ellas. La Regla es garantía de unidad y continuidad en la vida monástica, pero sólo da vida si no se la tiene como la lápida de una tumba, estable y poco creativa.

También alude San Benito a otras cosas que revelan, una vez más, alguna experiencia personal: Nadie se deje conducir en el monasterio por lo que quiere su propio corazón, ni nadie se atreva a discutir con su abad sin respeto o fuera del monasterio; y si se atreviere, se le someta a la disciplina regular. Pero también el abad ha de hacerlo todo movido por el temor de Dios y observando la Regla, sabiendo que, sin duda alguna, deberá dar cuenta a Dios, juez rectísimo, de todas sus decisiones.

Son dos tendencias que llevamos muy dentro, pues no amamos nada tanto como a nosotros mismos. Y cuando nos tocan, el sufrimiento es grande. ¿O acaso no sufrimos más cuando hieren nuestro yo -nos insultan, ridiculizan, minusvaloran-, y mucho más si lo hacen delante de los demás, que cuando nos someten a cualquier dificultad? Toda dificultad es un reto, pero la herida del propio yo nos empuja a tener actitudes autodestructivas para con nosotros mismos y para con la comunidad si no hemos descubierto la verdadera humildad. No es por ello extraño que tendamos a imponer nuestra voluntad y, si es preciso, la defendamos con altanería ante quien sea. Pero esto tiene sus consecuencias, y a veces graves. Quizá no suceda nada aparatoso, pero se bloquea la vida, que es peor, la vida espiritual del que pretende crecer sin humildad y la vida comunitaria al dañar, por falta de respeto, la relación con quien ocupa un lugar especialmente representativo en medio de la comunidad, el abad. La RB hace referencia también a la discusión con el abad “fuera del monasterio”. ¿Es que tuvo esa experiencia San Benito? ¿Es que algún monje se sentía “liberado” en la calle? La misma indicación de hacerlo sin respeto, implica que San Benito acepta el diálogo que sea respetuoso, en ese contexto de relación fraterna que se respira en toda su Regla.

Dejarse llevar por lo que se tiene en el propio corazón y discutir con agresividad (contendere, dice el texto latino) suelen ser cosas que van de la mano. Lo poco consistente de nuestras violencias verbales queda de manifiesto en que solemos violentarnos más con cosas de menor importancia, lo que refleja ante todo una necesidad de autoafirmación, un estar demasiado preocupados de nosotros mismos. La apertura a la comunidad buscando el bien común hace del hermano menos quisquilloso y necesitado de imponer lo que lleva en el propio corazón. En las cosas esenciales de la vida y la vivencia monástica, solemos estar de acuerdo. Lo que nos pone en evidencia lo que somos, y lo que, al mismo tiempo, es una oportunidad para trabajarnos interiormente, son tantas y tantas cosas pequeñas de las que tenemos oportunidad de discutir y expresar nuestro particular punto de vista.

Está claro que las grandes obras se realizan desde lo cotidiano de la vida. Si dejamos pasar estas oportunidades corremos el peligro de vivir adormilados. Aprendamos a dar nuestra opinión con sentido crítico, pero atentos a lo que dicen los otros, con disponibilidad de acoger la orientación comunitaria, sin que por ello renunciemos a influir en ella. Demos nuestra opinión desinteresadamente, sin coartarnos por lo que puedan pensar de nosotros, con la sinceridad que brota de la verdad que buscamos, pero reconociendo al mismo tiempo la posibilidad que no tenemos por qué estar en lo correcto o que la comunidad tenga que seguir nuestro criterio. Si no ponemos en primer lugar la búsqueda de la verdad para nosotros, de lo que Dios nos puede estar pidiendo en este momento y que se expresa en el sentir comunitario, estaremos minando la realidad misma de la comunidad, encerrados en nosotros mismos. No son necesariamente los más doctos los más atinados, sino los más sinceros y limpios de corazón, los más receptivos al Espíritu.

 

Y en los asuntos de menor importancia, dice San Benito, consulte el abad sólo a los monjes más ancianos: Si se trata de asuntos de menor importancia para los intereses del monasterio, consulte solamente a los ancianos, según está escrito: “Hazlo todo con consejo, y, después de hecho, no te arrepentirás”. Ya sabemos que para los monjes antiguos la ancianidad no estaba en las canas, como nos dice Casiano: “Las riquezas de los ancianos no se han de medir precisamente por las canas de la cabeza”. Los ancianos eran una categoría espiritual. Un don que se recibía tras la lucha contra las propias pasiones, el empeño por vivir las virtudes y la actitud abierta y disponible a lo que el Señor nos pide en cada momento. Nosotros tenemos un consejo del abad ya establecido. Algunos podrían ver a ese consejo como el consejo de los ancianos, pudiera ser, pero el abad es también libre para acudir a otros ancianos espirituales en la comunidad a los que pedir consejo en determinadas situaciones, algo que, por experiencia, me ha sido muy valioso, pues hay más gente sensata y sincera de la que nos imaginamos.