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Domingo, 31 Enero 2016 10:19

Capítulo 43 (2)

LOS QUE LLEGAN TARDE AL OFICIO DIVINO O A LA MESA

(RB 43-02)

A la hora del oficio divino, tan pronto hayan oído la señal, dejando todo cuanto tuvieren entre manos, acudan con la mayor prisa, aunque con gravedad, para no dar pie a la disipación. Por tanto, nada se anteponga a la obra de Dios.

San Benito nos invita a dejar lo que tengamos entre manos para acudir con la mayor presteza al oficio divino, pero haciéndolo con gravedad para no dar pie a la disipación, pues, como él dice, “nada se debe anteponer a la obra de Dios”. Esta es una máxima tradicional entre los monjes. Los términos en que se expresa el Patriarca son idénticos a los que usa cuando se refiere a la obediencia en el capítulo 5. La presteza tiene su fundamento en esa obediencia pronta que adquiere aquí todo su significado por cuanto no se trata de obedecer un mandato humano sino de acudir a la obra de Dios: Los tales –nos dice- abandonando al instante sus cosas y renunciando a su propia voluntad, dejando enseguida lo que tenían entre manos, dejando lo que estaban haciendo sin acabar, con el pie siempre a punto de obedecer, siguen con los hechos la voz del que manda, y, como en un solo instante, la orden dada por el maestro y la obra ya realizada por el discípulo, ambas cosas, tienen lugar al mismo tiempo con la rapidez del temor de Dios (RB 5, 7-9).

Acudir a toda prisa, pero con gravedad. No se trata de un mero cumplimiento ni de una carrera por aparecer mejores que los demás, sino de una actitud del corazón. Es decir, si acudimos prontos a la oración lo hacemos porque vivimos una vida de oración, una oración continua a lo largo de la jornada. Bien sabemos que la vida del monje no está formada por compartimentos. La oración litúrgica es una forma de expresar eclesialmente nuestra oración continua y la de la Iglesia, pero de poco vale si no es expresión precisamente de eso, de la oración continua que todos debemos vivir y que se manifiesta no sólo en el silencio de los labios, sino en la memoria Dei o recuerdo de Dios, manteniendo su presencia continua que nos hace ver las cosas y a los hermanos de manera diferente. La ausencia de una vida de oración, por el contrario, se delata en los comportamientos que le son ajenos: rebeldía ante lo que nos sucede; desprecio o crítica destructiva de los otros; falta continuada de caridad y rechazo de la reconciliación; desobediencia; obsesión por defender nuestros derechos; imponernos a los demás; etc. Su presencia, sin embargo, provoca una actitud muy diferente, la autenticidad de nuestra obediencia pronta a esa llamada de Dios que convoca a la comunidad a que ore unida y nos hace conscientes del paso de Dios en cada momento de nuestra vida.

La importancia que da San Benito a la obediencia pronta que nos lleva a ser puntuales cuando acudimos al oficio divino o a la mesa común contrasta con el retraso que tolera y la prudencia que manifiesta: Si alguno llega a las vigilias nocturnas después del salmo noventa y cuatro, que por este motivo queremos que se diga dilatándolo mucho y morosamente, no se coloque en su lugar en el coro, sino que se quede en el último de todos o en un lugar aparte que el abad haya señalado para tales negligentes, a fin de que sean vistos por él y por todos, hasta que, terminada la obra de Dios, haga penitencia con una satisfacción pública. Hemos creído que deben quedar en el último lugar o aparte porque, viéndolos todos, se corrijan al menos por vergüenza. Porque, si se quedan fuera del oratorio, tal vez habrá quien vuelva a acostarse y dormir o, si no, se siente fuera y se entretenga charlando, y así se dé ocasión al maligno. Entren, pues, para que no lo pierdan todo y en adelante se corrijan. En las horas diurnas, el que todavía no hubiese llegado a la obra de Dios después del verso y del gloria del primer salmo que se dice después del verso, se quedará en el último lugar, según la norma que ya hemos dado. Y no se atreva a juntarse al coro de los que cantan hasta que haya dado satisfacción, a no ser que el abad se lo permita con su perdón; pero con tal que el culpable satisfaga.

A los que llegaban tarde al oficio divino Casiano les prohibía entrar (excomunión física), debiendo estar postrados en el suelo cuando la comunidad salía del coro, haciendo así satisfacción, pero la RB se contenta con mandarles no ocupar el lugar que les corresponde, sino el último asiento o colocarse en un sitio aparte a la vista del abad y de todos los hermanos. Esto es una innovación que ante todo parte de la experiencia de San Benito con unos monjes occidentales más prácticos y menos escrupulosos que los orientales, que bien pudieran pensar: “ya que no puedo participar del oficio, al menos voy a aprovechar el tiempo y dormir, pues en la oscuridad no puedo ni rezar los salmos”. De hecho las expresiones que utiliza (volver a la cama, adormilarse, sentarse fuera, charlar con los otros tardones) dejan entrever que se trata de algo de lo que había tenido experiencia, de ahí la necesidad de atajarlo, evitando que a una falta se sume otra. En este caso San Benito no practica una excomunión física, pero sí una excomunión en la oración, pues indica que los que llegan tarde no deben unirse al coro de los que salmodian. Y finaliza exigiendo una satisfacción pública, que solía consistir en postrarse en el suelo en medio de todos.

Pero lo que más le preocupa a San Benito es la enmienda del monje y no su humillación. Por eso llama la atención el hecho de que insista mucho en la puntualidad que se debe tener cuando se convoca a la comunidad al oficio divino y, sin embargo, conceda un espacio de tiempo a los tardones, dilatando esa concesión en el caso de vigilias hasta después del gloria del segundo salmo (el himno no se cantaba al principio, sino hacia el final y el oficio se comenzaba con el salmo 3 seguido del 94), que, además, pide se recite dilatadamente “para dar tiempo a los rezagados”. En el caso del oficio diurno el límite para los tardones termina con el gloria del primer salmo.

San Benito quiere que el monje se corrija para lo que acude a los métodos más prácticos, aunque no sean demasiado espirituales: si no se enmiendan por razones sobrenaturales, al menos lo harán por evitar la vergüenza de verse expuestos ante los demás. Está clara la relación que existe entre estos correctivos que pone la RB aquí y los que menciona para la excomunión en el capítulo 24, donde manda que al culpable de faltas leves: se le excluirá de la participación en la mesa común. Y el que así se vea privado de la comunidad durante la comida, seguirá las siguientes normas: en el oratorio no cantará ningún salmo ni antífona, ni recitará lectura alguna hasta que haya cumplido la penitencia.

Respecto a la comida en común, la Regla se muestra más exigente. Es necesario llegar antes de la bendición, pues no se puede comer juntos sin haber orado juntos. Por el mismo motivo que cuando vienen huéspedes dice: una vez acogidos se les llevará a orar, se les leerá la ley divina,... y el superior comerá con ellos para agasajarlos... Igualmente son castigados los que no están a la oración de acción de gracias. Ya sabemos la importancia que siempre ha tenido en la tradición cristiana la bendición antes de las comidas, algo corriente en la comunidad de Jesús y los Apóstoles y que lo encontramos en los ágapes cristianos. Respecto al que se retrasa a la mesa San Benito manda se le corrija dos veces, pero si no se enmienda también recurre a la excomunión de la mesa, comiendo solo y quitándole el vino, debiendo hacer satisfacción y, si quiere recuperar el vino y la mesa común, también debe enmendarse. Dice: Al que no llegue a la mesa antes del verso, de manera que todos juntos digan el verso y oren, y todos juntos se sienten a la mesa, si es debido a su negligencia o mala costumbre por lo que no llega a tiempo, se le corrija por esta falta hasta dos veces. Si en adelante no se enmendare, no se le permitirá participar en la mesa común, sino que, separado de la compañía de todos, comerá solo, y se le privará de su ración de vino, hasta que dé satisfacción y se enmiende. Será sometido al mismo castigo el que no se halle presente al verso que se dice después de comer.

Este empeño por comenzar todos juntos tanto en el oficio divino como en la mesa, es la expresión de sentirnos uno en Cristo, un sólo cuerpo que de él y en él se alimenta. Por eso el mayor castigo es precisamente imponer la excomunión que de hecho se está viviendo al no tomar conciencia de la íntima unión que existe entre todos los miembros del cuerpo.