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Domingo, 24 Enero 2016 10:17

Capítulo 43 (1)

LOS QUE LLEGAN TARDE AL OFICIO DIVINO O A LA MESA

(RB 43-01)

Una de las características de la vida comunitaria es que nos exige más en nuestros compromisos. Al vivir solos podemos ser más flexibles sin tener que dar cuentas a nadie ni tener a nadie que nos contraste. Vivir en comunidad supone renunciar en buena medida a nuestros antojos cotidianos, encontrando en ella una gran ayuda para disciplinarnos en nuestra norma de vida.

Una de las mayores y más saludables disciplinas es la de la puntualidad, que nos obliga a superar la pereza, a renunciar a nuestros caprichos, a cumplir los compromisos y a tener en cuenta a los demás. Este capítulo de la Regla nos va a hablar precisamente de ello, de los que llegan tarde al oficio divino o a la mesa, siendo el primero de un grupo de capítulos que versan sobre la satisfacción que deben dar los monjes cuando cometen alguna falta, y por lo que algunos han dado en llamar “tratado de la satisfacción”. Ya en los capítulos 23 al 30 se nos habló de los castigos que merecían determinadas faltas y la solicitud que debía mostrar el abad con los castigados, es lo que se viene denominando el código penal de la RB. Ahora, y en relación con dicho código, se nos habla de la satisfacción que deben dar los monjes cuando no son puntuales. Parece que son dos cosas iguales, pero creo que los matices son distintos y complementarios, que revelan el deseo que tiene San Benito de que sus monjes cultiven una sensibilidad especial para con los demás.

En todo grupo humano debe haber unas reglas de convivencia a las que todos se someten para que exista el orden y la paz. Cuando uno infringe esas reglas es castigado. El castigo es una medida disuasoria y una forma de “pagar” o satisfacer ante los demás la deuda que conlleva el mal realizado. Pero San Benito no se conforma con que se pague con el castigo cuando uno es sorprendido, él desea que el monje crezca en sensibilidad para con la comunidad. Así pedirá que cuando uno haga algo mal se apresure a confesarlo, sin esperar a ser descubierto. Esto es, que el monje debe darse cuenta que vive en comunidad, debiendo respeto a la misma y sabiendo que su actuar repercute positiva o negativamente en ella. No se trata, pues, de “pagar” cuando se es descubierto, sino de hacerlo mediante la satisfacción voluntaria en cuanto que se comete la falta. El saber hacer esto es más importante y constructivo que el conseguir no cometer falta alguna. A veces, incluso pudiéramos pensar que es mejor no revelar la falta cometida “para no producir escándalo”, sin darnos cuenta que lo que más edifica es precisamente el vernos los unos y los otros con la suficiente humildad como para reconocer nuestras faltas pidiendo la paciencia y misericordia de los hermanos, y recibiendo así la misericordia de Dios. Cuando la satisfacción es fruto de esa actitud interior, lejos de humillar o rebajar a la persona, la hace madurar humana y espiritualmente.

La satisfacción, y mucho más si es pronta y voluntaria, es una clara expresión de la comunión que se siente con la comunidad. Precisamente por experimentar que esa comunión ha sido dañada con nuestra acción es por lo que deberíamos sentir el deseo de satisfacer. Esto significa que sólo el que se sienta plenamente miembro de una comunidad que ama sentirá la necesidad de corregir el daño que le haya podido realizar. Pero el amor propio nos dificulta captar la idea de pertenencia a una comunidad con todo lo que ello implica.

Así como el orgullo y la autosuficiencia del hombre fueron y son la raíz del pecado, por cuanto no quiere reconocerse dependiente de Dios, ni siente necesidad de orientarse a él como la imagen a su modelo, así sucede también con respecto a la comunidad con la que no siempre nos sentimos obligados poniéndola por encima de nuestros propios intereses. Pero cuando nos sentimos liberados de esa esclavitud egocéntrica, entonces aflora la necesidad de restablecer la unidad perdida con la comunidad, orientándonos a sus necesidades, reconociendo nuestras faltas y siendo prontos a solicitar su perdón. Y cuando recibimos el perdón de la comunidad se acrecienta en nosotros nuestra unidad interna, pues a fin de cuentas el hombre es esencialmente un ser en relación, sólo se comprende en relación con los otros y con el Otro, lo que quiere decir que sólo en la medida en que restablezca la unidad con los otros encontrará la unidad dentro de sí y la unidad con Dios.

Hoy día, es cierto, se han suprimido prácticamente todos los signos de satisfacción por las faltas materiales que los hermanos puedan cometer. Quizá fueran expresiones un tanto rudas o aparatosas, por no decir pintorescas y para algunos poco caritativas (tumbado para que los demás pasen por encima,...). Pero eran un modo de expresar esa satisfacción necesaria que ayuda a la conversión interior por la humildad, reconociendo el respeto que merece la comunidad. La tradición ha mantenido durante siglos la necesidad de dar satisfacción, por lo que nosotros no debiéramos olvidarlo del todo, sin tener que copiar lo que se hacía antaño, sino creando algo nuevo, reconociendo y asimilando al mismo tiempo los valores positivos de nuestra mentalidad actual. Es cierto que ya practicamos algunos gestos, como los de la corrección fraterna, pero pasamos más fácilmente por alto aquellas faltas que no han tenido como destinatario a una persona concreta, sino a la comunidad, por ejemplo las cometidas en el trabajo.

San Benito resalta la importancia de dar satisfacción ante los hermanos principalmente en el oficio divino y en la mesa. Otra vez aparecen juntos estos dos elementos, pues se trata de dos momentos principales en los que la comunidad se va constituyendo y se expresa como tal: comunidad orante, que se construye entorno a la alabanza divina en la liturgia y en la escucha de la palabra, y comunidad que se alimenta alrededor de una misma mesa. Ser fieles y cuidadosos en esos dos momentos es signo de comunión fraterna.

Lo primero que exige San Benito en estos momentos es la puntualidad. Ser puntuales es signo de ansiar el acontecimiento o acto en el que vamos a participar. Cuando estimamos algo como importante y no deseamos perderlo, bien miramos el reloj para que no se nos pase la hora, incluso nos adelantamos en el tiempo y buscamos los primeros sitios para no perdernos nada. Cuando quedamos con alguien mucho más importante que nosotros también procuramos ser puntuales, pues consideramos que llegar tarde, de corresponderle a alguien, sería al de mayor rango. La misma puntualidad buscamos cuando se trata de un encuentro con un ser querido, pues el deseo y el respeto a la otra persona nos impulsa a ello. La puntualidad que San Benito nos pide es una expresión de respeto a la comunidad reunida y, en el caso del oficio divino, también a Dios y a la Iglesia entera que ora con nosotros.

Pero con mucha frecuencia no tomamos conciencia de ello, ¿por qué? Quizá vivamos demasiado en nosotros mismos, en ocupaciones o entretenimientos que nos impiden salir de nosotros con la suficiente premura cuando se nos convoca a un acto comunitario. Por eso mismo el trabajar por la puntualidad es un medio de conversión del corazón, de renuncia a sí mismo y de amor a los otros y a Dios, en cuanto que los anteponemos a nuestros gustos y necesidades. San Benito nos propone ver en la campana que llama a los hermanos la palabra de Dios que nos invita a responderle prontamente. Quizá alguno pudiera ver en ello una esclavitud, una forma de constreñir la propia espiritualidad, la espontaneidad e iniciativa para la oración, pero hay que reconocer que se trata de un pequeño gesto que repetido muchas veces al día ayuda a adquirir una actitud del corazón: el saber dejar lo que se tiene entre manos muriendo un poco a nosotros mismos, para responder a esa llamada a salir de nosotros, es un despojo de nuestra voluntad que va liberando el corazón y lo predispone a la acogida pronta de la voluntad de Dios. No poder dejar de hacer lo que nos apetece en cada momento sí es una esclavitud, pero de los propios antojos.

Bien sabemos que cuanto más esclavos somos de nosotros mismos tanto más nos cuesta la obediencia pronta, pues lo que se nos manda entra en conflicto con lo que deseamos hacer. Sólo los que tienen un corazón liberado que saben ver las cosas de una manera más transcendente viven con la libertad interior que les proporciona el saberse en manos del Señor, junto a lo cual todo lo demás es bastante relativo. Que nuestra puntualidad no sea fruto de nuestra inactividad por estar desocupados ni nuestra falta de puntualidad sea por ocupaciones fabricadas para justificar nuestra negligencia.