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Jueves, 19 Febrero 2015 23:25

Capítulo III-2

CÓMO SE HAN DE CONVOCAR LOS HERMANOS A CONSEJO

(RB 3-02) 25.03.12

La petición de San Benito al abad de solicitar consejo tiene implicaciones interesantes en las relaciones comunitarias. El pedir y el dar consejo es un acto de confianza y de unidad. Confianza al mostrar al otro mi disposición a dejarme enriquecer con su opinión, unidad por los efectos que todo consejo implica al hacernos sentir coprotagonistas de la marcha de la comunidad. Se pide consejo por algún motivo y con algún fin. Nadie pide consejo para algo evidente: si en un día soleado de primavera, sin rastro de nubes, alguien nos pregunta si conviene llevar paraguas, le tomamos por tonto. Tampoco el que se sabe seguro, autosuficiente y superior ve la necesidad de preguntar, pues considera a los demás incapaces de aportarle algo. Si pedimos consejo es porque reconocemos nuestra limitación y la capacidad que tienen los otros de ayudarme a buscar la verdad. Por eso una comunidad que es escuchada, que se la consulta, es una comunidad donde se fomenta la paz implicando a todos en los proyectos comunes. Dicen que la riqueza separa a las personas, mientras que la pobreza las une, siquiera por la necesidad de aliarse para afrontar la adversidad. Una comunidad que es consultada es una comunidad que se siente frágil y se une, encontrando su fuerza en su unidad.

Pero el consejo que pueden dar los hermanos no une lo mismo en todos los casos. Cuando el consejo que damos es interesado o demasiado personalista, cuando sólo buscamos la eficacia, nos dejamos maniatar por la excesiva prudencia o nos limitamos a dejar volar nuestra imaginación de manera poco realista, entonces el consejo quizá no dé tanto fruto y sí pueda provocar enfrentamientos entre posturas opuestas. El consejo que une a una comunidad monástica y cristiana es aquél que intenta buscar el bien común, la voluntad de Dios en nuestras vidas, las exigencias del Espíritu, yendo más allá de nuestros gustos o visiones personales. Esta visión de la Regla es una gran aportación a la teología del Espíritu Santo, reconociendo su puesto central en la vida del cristiano. Poco pueden aconsejar las personas demasiado llenas de sí mismas que no dejan espacio al Espíritu.

En el consejo que se pide a una comunidad es tan malo el callar por principio como el intentar imponer la propia visión al resto. Para que el consejo sea más saludable debemos hacer el esfuerzo de buscar el bien de los otros antes que el propio. Si falta esta mirada gratuita, todo se hace sospechoso, viene la impaciencia, la imposición, y se acaba en enfrentamientos. Quien aporta un consejo, pone sobre la mesa algo suyo para ser usado o dejado. Pretender que nuestro consejo tenga una eficacia total de seguimiento, es pura arrogancia.

A veces nos viene el pesimismo y pensamos que es inútil que nos pidan consejo, pues las cosas seguirán igual que siempre. Debiéramos ser más corredores de fondo que de espacios cortos para atletas de carrera tan rápida como efímera. Si hacemos lo primero, nos daremos cuenta que los principales consejos no son los orientados a las cosas inmediatas, los de la vida cotidiana, sino esos que van marcando la trayectoria de una comunidad y que son fruto de la escucha mutua y continuada de los hermanos, algo aplicable a cualquier grupo humano. Es necesario practicar una escucha que procure no etiquetar a los otros, pues las etiquetas nos cierran el oído. Si mantenemos una actitud benevolente hacia los demás, si nos esforzamos en profundizar en sus ideas e intenciones e intentamos comprender el valor de sus argumentos, entonces iremos descubriendo el fruto más valioso de un consejo más a largo plazo y todos los miembros se sentirán protagonistas y respetados. Esa comunidad estará más pronta a enriquecerse con la suma de los diversos carismas de los hermanos, que a reducirse en un único punto de vista por muy valioso que pueda parecer. Es entonces cuando se reconoce el reinado del Espíritu en medio de la comunidad.

Y que todos necesitamos consejo es evidente. Ciertamente que se dice: “del viejo el consejo”. Con lo cual los viejos, y más si son abades viejos, podrían menospreciar todo consejo, considerando que ya saben ellos bastante de la vida. Eso sería así si no fuese porque la comunidad es más vieja que cada uno de nosotros, por lo que su sabiduría supera a cualquier otra. La comunidad no la formamos sólo los que estamos aquí, sino que hay todo un cúmulo de experiencia que hemos recibido de nuestros predecesores y que configura nuestra realidad actual mucho más profunda de lo que nos podamos imaginar. Esto sucede en nuestras comunidades, en las familias y en la sociedad en su conjunto.

Más importante que tener la verdad es saber descubrirla. Como es más valioso el que sabe enfrentar la vida, el que sabe afrontar las cosas nuevas que aparecen en su camino, que aquel que necesita llevar un tráiler detrás de sí con todos los aperos posibles que pudiera necesitar para resolver los problemas que le pudieran sobrevenir. El que afronta la vida y busca la verdad se asemeja a un artista, siempre creativo, que se vale de lo que tiene a mano para resolver lo que se le pone delante. El que siempre tiene que buscar la solución en el recetario que otros han fabricado, nunca será él mismo, por no saber más que repetir o usar las soluciones ajenas, sin que ninguna le termine de encajar debidamente. Su caminar se torna lento y pesado, arrastrando muchas cosas que cree le pueden ser útiles pero que la vida le muestra que nunca le terminan de servir, como cuando guardamos cosas viejas al hacer una obra “por si algún día las necesitamos” y quedan almacenadas durante años hasta que las terminamos por tirar. Por eso las soluciones que valieron en un tiempo quizá no valgan ahora. Y tener la habilidad de crear instrumentos nuevos para afrontar lo nuevo, resulta menos pesado y más creativo que ir tirando de un gran peso por la vida. Eso es escuchar al Espíritu en cada momento de la vida en el seno de la comunidad.

La apertura a percibir lo nuevo, la presencia del Espíritu en nuestras vidas a través del consejo, requiere una actitud humilde. Por eso sigue diciendo San Benito: Pero los hermanos expongan su parecer con sumisión y humildad, y no se atrevan a defender con arrogancia su propia opinión, pues, como todo depende de la decisión del abad, todos le obedecerán en lo que él habrá juzgado más conveniente.

Esta expresión puede dejar una sensación extraña hoy día, aunque encierra una verdad humana. Al abad se le reconoce una gran autoridad, pero también la misma Regla le pone unos límites, no puede hacer lo que le venga en gana. Si manda algo contra el Evangelio, los hermanos tienen la obligación de no hacerle caso. También puede interpretar la Regla, pero no puede apartarse de ella temerariamente. Serán las constituciones, elaboradas por todos y aprobadas por la Santa Sede, las que actualicen la Regla, limitando también las decisiones del abad al tener que someterse a ellas igualmente. En algunos casos, incluso, se necesita expresamente el consentimien­to de la comunidad para hacer determinados actos.

Por otro lado, tampoco resulta tan extraña esa expresión de San Benito, pues en todo grupo humano, por mucho que se discuta, al final hay que tomar decisiones, y no siempre se hace recurriendo a votaciones que terminan resultando insufribles y alimentan un permanente estado de confrontación. Además, a aquél que debe decir la última palabra, le suele respaldar el hecho de haber sido elegido por los mismos que preside, lo que ya le da implícitamente un voto de confianza de la mayoría. Ese equilibrio entre una visión de la comunidad en la que todos los hermanos se impliquen más y la salvaguarda de una estructura de obediencia sin complejos de autoridad, puede facilitar la vida común y agilizar la dinámica comunitaria.

 

Pero creo que aún hay una enseñanza que va más allá de los argumentos exclusivamente sociológicos. La actitud humilde que nos pide San Benito es un reflejo de la apertura de corazón a los demás, de control de nuestro egocentrismo y de visión de fe. También esto compete al abad, pues es humano y puede estar dominado por sus propias pasiones, por lo que San Benito le recuerda: Sin embargo, así como corresponde a los discípulos obedecer al maestro, de la misma manera conviene que éste decida todas las cosas con prudencia y sentido de la justicia. Sin duda la Regla de San Benito rezuma ecuanimidad, humanidad, realismo y fe.