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Jueves, 19 Febrero 2015 23:23

Capítulo III-1

CÓMO SE HAN DE CONVOCAR LOS HERMANOS A CONSEJO

(RB 3-01) 18.03.12

El monje cenobita es el que vive en comunidad. Consiguientemente el cenobita está llamado a vivir una doble unificación: la personal y la comunitaria. Una unidad de comunión, donde no se anulan las diferentes personalidades, pero se las invita a buscar el bien común, creando una común visión que caracterizará a la comunidad. En ese trabajo de unidad cada uno ocupa su rol y ha recibido su peculiar carisma. Si en el capítulo primero de la Regla San Benito nos habla de la comunidad monástica en general, y en el segundo lo hace del abad como elemento primordial, animador, guía y lazo de comunión de la misma, en este tercer capítulo nos recuerda que el abad no debe actuar sin la comunidad, necesita el consejo de los hermanos, pues, en realidad, la comunidad es sostenida por el Espíritu del Señor.

Desde el inicio la Regla quiere referirse a la importancia del consejo de los hermanos. El abad goza de una gran autoridad para San Benito, pero le pide al mismo tiempo que consulte a los hermanos, pues sólo uno es el Maestro que habita en medio de la comunidad, y al abad le corresponde ante todo discernir lo que pide el Espíritu también a través de los hermanos. Todos los hermanos están llamados a implicarse en el caminar de la comunidad: Siempre que se presenten asuntos importantes en el monasterio, convoque el abad a toda la comunidad y exponga personalmente de qué se trata, y, después de oír el consejo de los hermanos, reflexione sobre ello y haga lo que juzgue más conveniente.

Desde una dimensión de fe y por sentido común, si el Espíritu es quien guía y da vida a la comunidad, es necesario escucharla. Hay que notar, no obstante, que ese consejo que pide San Benito no es más que consultivo, pues no admite en la comunidad una autoridad por encima del abad, a cuyo mandato no quiere que se anteponga ningún otro, pues sólo así se mantiene el orden y se puede cultivar un espíritu de fe encarnado en lo concreto.

De todos es sabido que no hay nada mejor para que funcione un grupo que hacer que todos sus miembros se sientan implicados. Una forma de incentivar a los empleados en una empresa es hacerles partícipes de los beneficios, pero todavía es más estimulante que se sepan escuchados y tener un protagonismo en la marcha de aquello que se emprende. Esto sucede en todos los ámbitos, y no lo iba a ser menos en las comunidades. Por eso cuando uno se sabe corresponsable actúa de manera distinta a cuando piensa que su opinión no vale para nada. Pero hay que ir más allá de un plano meramente sociológico que puede esconder ciertas expectativas de poder y deseo de imponer los propios criterios. Así como la comunidad se asemeja más a una familia que a una empresa, así también nuestras perspectivas de corresponsabilidad deben estar más orientadas al ideal comunitario que a la búsqueda de un puesto en el consejo de administración. En la empresa sólo se tiene verdadero protagonismo si se está en dicho consejo. En la comunidad la influencia es mucho más sutil y variada. Se desarrolla en todo momento de la jornada, en nuestro actuar responsable o en nuestro hablar sensato, en la entrega personal y en nuestras reflexiones públicas, pues la persona que goza de autoridad moral tiene gran influencia en la comunidad, mayor que la que puedan tener los que ocupan un cargo más importante si carecen de autoridad moral.

Ese empeño por implicar a todos no es sólo obligación del abad. A cada uno de los hermanos se le ha encomendado algún cargo o servicio comunitario. A él le corresponde en primer lugar hacer que los demás se sientan implicados para que colaboren. No basta gozarse y dormirse cuando las cosas van sobre ruedas, o lamentarse al abad cuando parece que los demás no responden. Sólo creceremos en madurez si afrontamos de una manera adulta y responsable nuestras obligaciones personales y asumimos nuestra misión de estimular a los demás en una colaboración fructífera. La queja o parálisis ante las dificultades nunca nos hacen madurar como personas. Y si a quien es de fiar en lo poco se le encomendará mucho, quien afronta de una forma adulta las dificultades materiales, se está preparando para hacer lo propio en el camino espiritual.

Lo que une a la comunidad no es una empresa material, aunque eso sea un estímulo, sino los lazos de amor al sabernos convocados por el Señor Jesús, lazos que hacen más permeables todas nuestras opiniones. Es por ello que el consejo al que convoca el abad no se entienda en términos de poder o influencia, sino más bien en términos de amor y unión comunitaria, buscando el mayor bien común. Para ello se necesita la apertura sincera de los hermanos, dando su opinión, sin imposiciones y con capacidad de escucha mutua.

La búsqueda de consejo comunitario no es fruto de la inseguridad, como si el abad necesitara “cubrirse las espaldas”. El presente capítulo de la Regla respira algo más profundo, la búsqueda sincera de la voluntad divina que se expresa a través de los hermanos, por lo que afirma: Hemos dicho intencionadamente que sean todos convocados a consejo, porque muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor. San Benito cree en la presencia del Espíritu en medio de la comunidad y, aunque da al abad la máxima autoridad, no hay por qué suponer que tiene ciencia infusa y lo sabe todo o tiene la capacidad de discernir la voluntad de Dios solo consigo mismo. El abad no tiene por qué saberlo todo, pero sí está llamado a percibir la verdad y reconocerla en los demás cuando se le pone delante, especialmente en medio de la comunidad vivificada por el Espíritu. El Consejo no es tanto un elemento de control cuanto un medio esclarecedor. Con razón San Bernardo hablaba de la sala donde se reunía la comunidad como “auditorio del Espíritu Santo” (SCant, sermón 47, III, 8).

Es curiosa la alusión que hace la Regla a los más jóvenes como posibles portadores de lo que Dios nos quiere revelar. ¿Por qué será? A mi entender no es porque los jóvenes sean más agudos o perspicaces aunque puedan serlo, ni por su gran experiencia, ni siquiera por su santidad. Hay un factor humano comprensible: son más directos y naturales, su mente no está todavía emborronada con los discursos racionales que nos solemos hacer para justificar nuestras desviaciones en la vida, por lo que reaccionan de una forma más cercana a la verdad y la coherencia existencial, como hacen los niños. Pero también hay otro factor espiritual: la fuerza de Dios queda más patente en la debilidad, su sabiduría en la ignorancia, para que nadie se pueda gloriar de sí mismo.

En la Vida Segunda (53) sobre San Pacomio –padre del cenobitismo monástico-, y que probablemente conoció San Benito, encontramos un texto esclarecedor al respecto: “San Pacomio había encomendado al ventiañero monje Teodoro, la misión de anunciar «a los hermanos la Palabra de Dios». Él se reservaba las tardes para dar una conferencia a sus monjes; pero cuando una tarde, en lugar del padre de los monjes, comenzó a hablar el joven Teodoro, según el encargo recibido, hubo monjes canosos que abandonaron la reunión: «Si vamos a tener a este jovenzuelo por maestro no lo queremos oír». A raíz de la conferencia Pacomio llamó a estos monjes para que recapacitasen: «¿Por qué os habéis marchado de la conferencia retirándoos a vuestras celdas?» Le contestaron: «Porque has colocado a un niño como maestro de viejos y expertos en el monasterio». Pacomio se entristeció profundamente e indicó que el orgullo es «la fuente de todos los pecados»: «No habéis abandonado a Teodoro, sino que habéis huido de la Palabra del Señor y dejado al Espíritu Santo. ¿No os disteis cuenta que Satanás os ha alejado tanto? Dios se anonadó y por nosotros se hizo obediente hasta la muerte; pero nosotros, que por naturaleza somos ramplones, queremos envanecernos... Os digo, que habríais sacado gran provecho en oír a Teodoro. Porque no le he obligado a hablaros para probaros, sino con la esperanza de sentirme yo también estimulado»” (Basilius Steidle)

La práctica de pedir consejo estuvo presente en la vida monástica desde los orígenes, especialmente en su expresión cenobítica. Pacomio pedía que el padre de la koinonía -y así él lo practicó- convocase a todos los superiores y monjes de los monasterios en una especie de Capítulo General, dos veces al año, en Pascua y en agosto -el primero orientado más a la celebración conjunta de la fiesta, y el segundo a tratar asuntos de la propia koinonía-. En estas reuniones Pacomio escuchaba, pero se reservaba la última decisión. San Basilio aconseja a los monjes seguir en esa línea. Incluso entre los mismos anacoretas del desierto existía un “Consejo” para discernir sobre cosas disciplinares. Nosotros también tenemos a nivel de Orden un Capítulo General, muy diferente a los parlamentos democráticos donde parece que todo es un inmenso comercio e imposición de poder con la excusa de haber sacado más votos. En nuestros Capítulos Generales la cosa es distinta. Nuestro Abad General escucha, a veces habla, pero la última palabra no es suya, es de la asamblea, una asamblea que intenta buscar el bien común antes que la imposición de posturas partidistas.

 

Vemos, pues, cómo el pedir consejo e implicar a todos es un valor grande en la vida cenobítica que todos debemos practicar. La razón es que la verdad absoluta no la tiene nadie más que Dios, y todos juntos debemos buscarla, pues Dios está en medio de nosotros. Una comunidad que busca con sinceridad es muy difícil que se equivoque. Pero ese camino de búsqueda común requiere sacrificio, pues nos pide morir a nosotros mismos y estar abiertos a los acontecimientos y a los hermanos.