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Domingo, 10 Enero 2016 16:28

Capítulo 42 (3)

NADIE HABLE DESPUÉS DE COMPLETAS

(RB 42-03)

Reunidos, pues, todos, rezarán completas, y, al salir de las completas, no se permita a nadie volver a decir nada. Si alguien es sorprendido quebrantando esta norma de la taciturnidad, será sometido a severo castigo, a no ser que se presente una necesidad por lo que toca a los huéspedes, o tal vez el abad mande alguna cosa a alguno. Pero incluso esto debe hacerse con toda gravedad y la discreción más delicada.

San Benito es verdaderamente exigente en el silencio nocturno, ya que además de insistir que después de completas nadie tiene autorización para hablar nada con nadie, amenaza con que si alguien es sorprendido quebrantando esta norma del silencio, será sometido a severo castigo. La importancia del silencio nocturno es algo en lo que toda la tradición benedictina se ha mantenido fiel. Aquí no se trata sólo de taciturnidad; no se trata de hablar poco y bien; se trata de no hablar, de callar, si bien se mencionan algunas excepciones fruto de la obediencia o de la caridad para con los huéspedes. Pero también estas excepciones han de estar imbuidas del espíritu del silencio: pero hágase con toda gravedad y con la más delicada discreción, nos dice. La norma ha de ser clara cuando es importante, pero no ha de tener una rigidez absoluta, permitiendo excepciones que confirman la regla.

Dom Paul Delatte quiso ver el origen de esa norma del silencio en lo que San Pacomio manda en su regla “que ninguno hable con otro en la oscuridad” (Reg. 94). No obstante, en ese número de la regla Pacomio –padre del cenobitismo- se está refiriendo a diversos peligros que podrían atentar contra la castidad (“no dormir dos en la misma estera”, “no ir de la mano”, etc.). En cualquier caso, esa norma habría dado lugar a una serie de ordenaciones semejantes, hasta formar “una verdadera tradición literaria e institucional del silencio nocturno”.

Ciertamente que otros padres del monacato, como Casiano, recogen esa idea, siendo el contexto similar, pues hablan de la importancia de ese silencio para evitar el peligro de la tentación, así como lo importante que es que los monjes, especialmente los jóvenes, no se junten en un lugar apartado ni vayan de la mano. El mismo San Benito deja entrever un poco esto, pero en su tiempo ya no hay tanto peligro, pues los monjes han comenzado a dormir en común, dejando las celdas individuales, algo que se va haciendo corriente en el siglo VI en muchos lugares, priorizando con ello la vigilancia y la disciplina comunitaria sobre la soledad individual.

Además, el silencio que pide San Benito no es sólo en el dormitorio, sino en todo el monasterio, es decir, tiene un contenido espiritual más allá del meramente utilitario. Una utilidad del todo evidente, por lo que San Benito se preocupa de que los hermanos no se molesten los unos a los otros en su vida de oración. No sólo manda el silencio nocturno, sino que también durante la siesta no se debe hacer la lectura individual en voz alta para no molestar a los demás, ni en el oratorio se permite que nadie se quede haciendo otra cosa que pueda molestar a los demás hermanos.

I.Denis Huerre, abad que fue de la Pierre-qui-vire, contempla ese silencio desde una perspectiva claramente espiritual. El tiempo de silencio es el tiempo de la espera del Señor, por eso nuestro silencio es cuestión de amor, no de pura disciplina. Pero no es nada fácil. Lo que se nos pide es una renuncia de todos los instantes. Un monasterio sin silencio sería un desierto intolerable. Por el contrario, un monasterio en el que reina el silencio es un desierto en el que Dios se deja hallar.

Ese silencio en el tiempo de vigilia tiene un significado muy específico. A. de Vogüé señala cómo “los seglares también tiene sus vigilias, pero éstas se sitúan generalmente al comienzo de la noche y no al final. Velar no tiene el mismo sentido para unos que para otros. Para unos, se trata, bien de prolongar el trabajo de la jornada, bien de compensarlo con el esparcimiento, la amistad y el placer. Los otros duermen desde la puesta del sol y se levantan temprano para adelantarse a su salida con la oración (como soldados de Cristo se acuestan vestidos para estar listos, y cuando suene la campana anticiparse los unos a los otros). Para esta vigilia con Dios solo, aprovechan más las horas tranquilas que vienen a continuación del reposo nocturno, que aquellas en las que todavía se vibra con las excitaciones del día”. “El hecho de acostarse al caer la tarde, significa el rechazo de las cosas malas o vanas en las que se ocupan los hombres una vez terminado el día. El despertar nocturno y la vigilia antes de la aurora expresan la voluntad de purificarse, el deseo de Cristo, la espera del día”.