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Domingo, 01 Noviembre 2015 11:15

Capítulo 36 (2)

LOS HERMANOS ENFERMOS

(RB 36-02)

Después de presentarnos la dimensión espiritual en el trato con los enfermos, San Benito baja a lo concreto y detalla cómo se ha de atenderles en las cosas que necesitan: Se destinará a los hermanos enfermos una habitación aparte y un servidor temeroso de Dios, diligente y solícito. A los enfermos se les ofrecerá el uso de los baños cuantas veces sea conveniente; en cambio, a los que gozan de salud y sobre todo a los jóvenes se les concederá con menos frecuencia. Asimismo, se permitirá a los enfermos muy débiles que coman carne, para que se repongan; pero cuando se encuentren mejor, todos se abstendrán de la carne, como es costumbre. Tenga el abad el mayor cuidado de que los enfermos no sean desatendidos por los mayordomos y los servidores, pues sobre él recae toda falta que cometan los discípulos.

En atención a su condición se les concede a los enfermos una habitación aparte, algo muy comprensible si tenemos en cuenta que en aquel tiempo los monjes dormían en un dormitorio común. Esa habitación era más bien una enfermería común, donde se pudiera atender a todos los enfermos juntos.

Deben ser atendidos por un hermano temeroso de Dios, diligente y solícito, nos dice. Está bien que San Benito se conforme con esas cualidades espirituales y morales, porque no era de extrañar que en algunos monasterios estos hermanos enfermeros también se atribuyeran unas cualidades profesionales de las que carecían, lo que podía traer consecuencias no deseables. Por algo el CDC de 1917 prohibía a los monjes ejercer el oficio de médicos…

El uso de los baños es quizá lo que más puede sorprendernos, pues con frecuencia nos falta perspectiva histórica. La cultura de la higiene frecuente es algo muy reciente, por lo que no debe extrañar la referencia a los baños como algo extraordinario en el siglo VI. Además, no se trata aquí tanto de una cuestión de higiene. Ciertamente que algunos monjes del desierto tenían a gala el no lavarse –menos mal que vivían solos- para no dar gusto al cuerpo al que deseaban someter, pero San Benito no parece seguir esa línea. Él se muestra más abierto, como lo eran San Basilio o San Agustín, quien en la adaptación femenina y más aperturista de su Regla ¡permite a las religiosas bañarse una vez al mes! No podemos olvidar que San Benito conocía el mundo romano y la realidad de sus baños públicos, lo que tuvo que tener en cuenta al escribir este capítulo de la Regla. El uso de los baños en aquella época no era tanto por motivo de higiene cuanto de relax y placer, algo que no estaba al alcance de los más pobres.

Cuando oímos hablar de baños no podemos pensar en cuartos de baño individuales, donde uno se puede lavar en la intimidad. Los baños, como digo, eran comunes, por lo que la desnudez de los cuerpos quedaba patente. Más allá del valor que se le quiera dar al pudor, San Benito no olvidaba la realidad monástica que se quería vivir, con la consiguiente elección de una vida casta. Es de sobra conocido que es en la juventud cuando aparece con más fuerza el impulso sexual. Es elocuente lo que dice San Jerónimo a Salvina: “No encienda el calor de los baños la sangre nueva de la moza”. No por el hecho de elegir una vida casta el cuerpo deja de sentir ni la mente de pensar. De ahí la importancia de ir creando el contexto más apropiado para aquello que se ha elegido vivir. Sucede en la vida monástica y sucede en cualquier otra opción de vida. Muchos fracasos vienen por olvidarse de aquella frase de San Pablo: Todo es bueno, pero no todo nos conviene. La opción de vida que se hace no deja a la persona inmune, sin sentimientos. El autodominio no se logra sin la lucha y la prudencia.

De ahí la paradoja de que sea a los jóvenes, que sin duda usarían los baños con más agrado que los ancianos, a quienes más se les escatime, aunque sin llegar a prohibírselos. No cabe duda que las culturas van cambiando según los tiempos y los lugares. Está claro que algunos puritanismos religiosos han hecho mucho daño, creando neurosis que quitan la paz. Pero tampoco hay que olvidarse de lo que somos y de lo que queremos. El sentido común lleva a privarse de ciertas cosas y a orientar debidamente los propios deseos sin importar demasiado la opinión de los que desconocen el género de vida que uno ha elegido. Cualquier opción de vida necesita unos medios que la favorezcan. Esos medios podrán parecer absurdos al que no ha hecho dicha opción, pero su descuido puede terminar perjudicando al que sí la hizo.

La comida es otro aspecto importante al hablar de los enfermos. Su alimento se describe en relación con lo que acostumbra a comer la comunidad monástica. La mención de la carne es comprensible en una comunidad donde se prohibía la carne de cuadrúpedos. Hay muchos motivos por los que uno puede renunciar a la carne, bien sean motivos de tipo filosófico-religioso, si es que se cree en la reencarnación, bien sea por principios dietéticos siguiendo un vegetarianismo estricto, bien sea por razones de salud, etc. El motivo que movía a los monjes a prescindir de la carne era de carácter ascético-espiritual, pensando que lo que comemos influye en nosotros hasta el punto que puede ser una ayuda o un obstáculo en el propio camino espiritual. No sólo era un medio de renuncia personal, sino que se consideraba que la carne tenía unas propiedades que van embruteciendo a la persona y estimulando su sensualidad. Si esto es así, no parece que sea un peligro para el enfermo muy débil, y, sin embargo, sí puede ser una ayuda aportándole un plus de energía beneficioso.

En todo grupo humano siempre hay personas más rigoristas, sobre todo mientras están sanas y fuertes. La Regla de San Benito aparece una vez más con gran ecuanimidad. Se conceden excepciones mientras se necesiten, pero sin alargarlas innecesariamente. Las formas concretas que elegimos para favorecer el fin buscado en la vida monástica deben estar siempre al servicio de las personas. Esta libertad de los buenos y sabios –no de los rigoristas que se aferran a la letra- es lo que lleva a San Benito a hacer excepciones con los enfermos, tanto en lo referente a los baños como a la comida, si bien poniendo el límite en el fin de la convalecencia.

La enfermedad es un hecho que no podemos eludir. Se da en cada uno de nosotros y en las comunidades. Este capítulo de la Regla nos invita a vivirla con un profundo sentido de fe, tanto por parte del enfermo como de sus cuidadores. Cuando tenemos esa mirada de fe, descubrimos una gracia imposible de apreciar a un nivel meramente natural. El que fuera abad general D. Ambrosio Southey decía que donde más contemplativos había encontrado en nuestros monasterios era en las enfermerías. Lugar de dolor y de gracia. Lugar donde se prueba la paciencia y el amor. Lugar donde uno se va topando con lo esencial descubriendo poco a poco cómo muchas cosas que consideraba esenciales no lo son tanto. La enfermedad es una verdadera escuela, pero necesita el apoyo de los demás hermanos. Por eso San Benito termina este capítulo avisando una vez más al abad que esté muy atento al sostenimiento de los enfermos, pues sobre él recae la responsabilidad de las negligencias de los hermanos si no las ha tratado de corregir. Y una de estas negligencias es no atender debidamente a los enfermos.