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Sábado, 24 Octubre 2015 11:11

Capítulo 36 (1)

LOS HERMANOS ENFERMOS

(RB 36-01)

Si en el capítulo precedente la Regla nos hablaba de los semaneros de cocina como un servicio precioso que se hace a los hermanos de comunidad, en el presente capítulo nos va a hablar del servicio a un grupo específico de hermanos más débiles: los enfermos. El servicio fraterno y la alimentación relacionan ambos capítulos.

Cuando alguien nos resulta agradable, la relación es sencilla. Cuando alguien nos aporta cosas positivas, la relación es fácil. Cuando alguien nos sostiene y tira de nosotros, la relación es confortable. ¿Pero qué pasa cuando ese alguien nos resulta desagradable, requiere de nosotros energías y tiempo o nos supone una pesada carga? Entonces las cosas cambian. Si en el primer caso nos sentimos bien, en el segundo vemos que se nos pone a prueba. Podemos zanjar la cuestión mirando a otro lado y diciendo ¿a mí qué?, ese no es mi problema, yo tengo que vivir mi vida. Sin embargo, San Benito nos invita a aprovechar la oportunidad mirando desde una perspectiva más profunda, desde una fe viva y comprometida. Sólo si vemos en el enfermo, en el que nos pide nuestro tiempo y fuerzas, a Cristo mismo, nuestro Maestro y razón de nuestra vida monástica, sólo entonces estaremos dispuestos a dar lo mejor de nosotros mismos. No se trata de limitarnos a “hacer el bien por Cristo”, sino ver a Cristo en la persona al que hacemos el bien, ver la razón de nuestra opción de vida en lo que hacemos. Si hacemos el bien a alguien “por” algo, aunque sea por Dios, hace que la persona se sienta como si fuera una cosa, un simple intermediario de nuestro amor. Es muy diferente entregarnos por la persona misma que tenemos delante. Pero no podemos olvidar que también esa persona nos puede resultar repulsiva, incluso la podemos ver merecedora del mal que está pasando o pudiéramos sentir deseos de venganza. Es entonces cuando se nos invita a mirarla como al mismo Cristo, imagen de su modelo. En tal caso no la amamos simplemente por Dios, sino en Dios, lo que evita el utilitarismo y nos da la fortaleza para superar las apariencias.

Dice San Benito: Ante todo y sobre todo ha de cuidarse de los enfermos, de modo que se les sirva como a Cristo en persona, pues él mismo dijo: “Estuve enfermo, y me visitasteis”, y: “Lo que hicisteis a uno de estos más pequeños, a mí lo hicisteis”. Pero los enfermos, por su parte, deben pensar que se les sirve en honor a Dios, y no contristarán con sus exigencias a sus hermanos que les sirven. Con todo, se les soportará con paciencia, porque por los tales se consigue un premio mayor. Por tanto, preste el abad la mayor atención a que no padezcan negligencia alguna.

San Benito insiste enérgicamente (ante todo y sobre todo) hay que tomar conciencia que servimos a Cristo en la persona del enfermo. Los enfermos recuerdan a Cristo sufriente, el varón de dolores (Is 53, 3ss). Por otro lado recurre a dos textos evangélicos muy significativos que aluden al momento en el que el Señor nos habla del juicio final, el momento donde se nos dirá el peso humano que hemos adquirido, un juicio que se centra fundamentalmente en el amor a los necesitados en sus necesidades: Estuve enfermo, y me visitasteis; lo que hicisteis a uno de estos más pequeños, a mí lo hicisteis.

Los enfermos siempre resultan un poco incordio para los sanos que desean disfrutar de la vida. Los enfermos pueden aparecer como esos miembros inútiles que lo único que dan es trabajo y fastidio. Cuanto más nos dejamos llevar por el hedonismo y el materialismo, menos sentido tienen los débiles en la vida, no son rentables. Quien sigue a los ídolos del dinero, el poder, la fama, no puede valorar lo inútil salvo para su propio provecho, que es lo que hacen los famosos cuando dan algunas migajas de lo que les sobra y lo publican para mejorar su imagen delante de los hombres. Pero quien cree en el evangelio de Jesús, debe sentir cómo se conmueven sus entrañas y se mueve su voluntad a favor de los débiles, viendo en ellos una gran oportunidad para que el amor de Dios en nosotros sea real, ayudando a transformar el mundo al reconocer el valor de la persona en sí misma. Cuanto más débil e inútil es alguien, más patente queda nuestro reconocimiento del valor de la persona humana en sí misma cuando la servimos.

San Pacomio mandaba que los mejores alimentos fueran entregados a los enfermos (Regla 53; cf. 40-46). San Basilio deseaba que se buscaran todos los remedios posibles para los enfermos, pues “la curación del cuerpo es indicio del cuidado del alma” (Grandes Reglas, 55). San Agustín mostraba un grandísimo celo en el cuidado de los enfermos. San Benito dedica todo un capítulo de su Regla a los enfermos. Un breve capítulo que sitúa las bases espirituales de nuestra relación con ellos, habla claramente de las dificultades y posibles actitudes de los cuidadores y de los propios enfermos y concretiza cómo cuidarlos y quiénes son los responsables.

Fijémonos que los padres de la vida monástica tenían una visión de la enfermedad muy equilibrada. Por un lado se dan unas motivaciones espirituales invitando al enfermo a llevar con paciencia sus dolencias, uniéndose al misterio doliente de Cristo, el “siervo de Yavé” del que hablaron los profetas. Su enfermedad no debe considerarse un bien en sí mismo ni una herramienta para matar el cuerpo, como si éste fuese malo. Por eso la enfermedad debe ser tratada por los medios a nuestro alcance. Debe ser tratada para curar el cuerpo como se busca sanar el alma, y debe hacerse con una paciencia y entrega sobrenatural por parte de los enfermeros. Al mismo tiempo, unos y otros, han de ver en ella una ocasión propicia para crecer en lo profundo de su ser, crecimiento en el amor y en el espíritu.

La enfermedad puede ser una excelente ocasión de vida. La vida que transmite el enfermo que lleva sus dolencias con buen espíritu, que es capaz de sonreír sin estar transmitiendo su dolor a los demás intencionadamente, que llega a dar un sentido más profundo a su situación en una entrega de amor que sólo algunos alcanzan a comprender. Pero también puede ser ocasión de vida por la actitud de los demás en su entrega por el hermano enfermo, entrega de su tiempo, de sus personas, de su paciencia.

Sin embargo, esto es difícil, nos pone a prueba y no siempre damos la talla. De ahí la insistencia de San Benito en recordarnos cómo debemos actuar, tanto los sanos como los enfermos. Los enfermos también pudieran aprovecharse de su situación y exigir imprudentemente. También ellos deben revisar su actitud. Pero, a pesar de todo, es a los sanos a los que se les exige más, pues su salud les hace más fuertes.

Estemos muy atentos a la enfermedad en nuestra comunidad y en cada uno de los hermanos. Miremos a la enfermedad y a la debilidad como una oportunidad más que como una calamidad. Entonces estoy seguro que experimentaremos una fuerza interior que nos enseñará a sacar vida donde se vislumbra la muerte.