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Domingo, 20 Septiembre 2015 19:30

Capítulo 35 (3)

LOS SEMANEROS DE COCINA

(RB 35-03)

También en este capítulo sobre los semaneros de cocina la Regla deja de manifiesto su discreción, exigiendo lo que hay que exigir, pero teniendo en cuenta las debilidades humanas, no queriendo que nada sea gravoso innecesariamente. Para ello trata de aliviar el servicio a la mesa anticipando algo la comida de los servidores: Los semaneros, antes de la única comida, tomarán un vaso de vino con pan, además de la ración normal, para que a la hora de comer sirvan a sus hermanos sin murmuración ni demasiado esfuerzo; pero en los días solemnes esperen hasta el final de la comida.

Esta frase, que algunos consideran un añadido, refleja una mayor comprensión en determinados momentos más gravosos. No dice que los servidores coman sin más antes de servir, sino en los días de ayuno, cuando todavía no han probado bocado, lo que no sucedía en los días de solemnidad. Cada caso y cada situación son distintos y habrá que tratarlos de forma diferente. El monasterio es una escuela exigente de amor, pero no de tortura. Si se pide algo más gravoso es siempre para el crecimiento personal, no para fastidiar a nadie. Lo más importante es el servicio y la entrega mutua, no el sentir enfado o discriminación cuando se está realizando. Por eso la Regla mantiene un nivel saludable de exigencia al mismo tiempo que se muestra más comprensiva en determinados momentos, lo que ayuda a evitar la tristeza y la murmuración que San Benito no quiere ver de ninguna manera en su comunidad; al menos una tristeza y murmuración que pueda tener algún tipo de motivación justificable, pues el envidioso, comodón o falto de espíritu, es posible que viva en la tristeza y murmuración de su propio pecado, sin otro motivo real que el de su propia actitud espiritual, por mucho que trate de cargar en otros la responsabilidad de su estado. Ante ese tipo de tristeza no se puede hacer nada, pues se trata de un trabajo personal que no puede ser sustituido por una vida más fácil ni nadie ajeno al interesado se la puede evitar.

Lo que sigue diciendo la Regla a continuación revela una vez más que el monje está llamado a vivir en una unidad de vida donde lo material es vivido desde una dimensión espiritual y su vida espiritual debe concretarse en las realidades materiales. Como también todo lo personal tiene una proyección comunitaria y todo lo comunitario afecta a cada uno de los hermanos. Quien pretenda vivir una espiritualidad desencarnada o hacer su vida al margen de la comunidad, más vale que no lo intente hacer en un monasterio, que esencialmente es algo cenobítico. La cohabitación de ambas realidades puede engendrar dificultades, pero es lo que más nos ayuda a vivir en la verdad de nuestras vidas. A veces nos podemos desanimar, pensando que las dificultades que encontramos son signo de llevar un camino equivocado, pero no tiene por qué ser así, simplemente las cosas valiosas suponen esfuerzo y renuncia, la victoria del espíritu sobre la carne, del amor sobre la malicia, de la apertura al otro sobre la cerrazón en nuestro cascarón, no se hace sin dolor.

Dice la Regla: Los semaneros que entran y los que salen, el domingo, en el oratorio, inmediatamente después de terminar laudes, se inclinarán profundamente ante todos, pidiéndoles que rueguen por ellos. El que sale de semana dirá este verso: “Bendito eres, Señor Dios, que me has ayudado y consolado”. Dicho tres veces, y habiendo recibido la bendición el que sale, seguirá el que entra y dirá: “Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme”. Y habiendo repetido esto todos tres veces, después de recibir la bendición, empezará su turno.

Nuestro trabajo personal y nuestro servicio lo hacemos como una donación de nosotros mismos a los hermanos y movidos por el espíritu del Señor al que buscamos. Por eso es tan importante la oración de la comunidad pedida con humildad. Las cosas las podemos realizar bien externamente, pero se nos pide algo más, hacerlas de una forma consciente y llena de vida, de amor. Un robot hará las cosas de forma más perfecta y rápida que nosotros, pero no hay vida en ello, pues no hay capacidad de amar, ni por su parte ni por la del que recibe su acción (¿cómo amar a una máquina?). En este sentido no podemos decir que un robot “sirve” realmente. La máquina sirve para algo, pero no sirve a nadie. La actitud de servir supone un reconocimiento de la persona a la que se sirve y una motivación por la que se hace. El siervo sirve por obligación. El cristiano y el monje que quiere seguir a Cristo, sirve por opción personal, imitando al Maestro que se hizo uno de tantos, haciéndose siervo de todos, pues vino a servir y no a ser servido.

Hay un misterio de amor y transformación interior en el acto de servir, algo que no puede hacer una máquina. Pero nosotros podemos actuar como máquinas si nos limitamos a la buena realización de lo que hacemos y nos olvidamos de su dimensión más profunda. Y no demos por supuesto que está implícita en nuestros actos. La forma más sencilla que tenemos de percatarnos si existe verdaderamente es contemplar nuestras reacciones. El monje que sirve, sabe que ha elegido libremente servir y que su actividad está orienta en beneficio del hermano que tiene delante. Es decir, es consciente del papel que ha elegido y da prioridad a la persona a la que sirve con humildad. Cuando esto es vivido así, nos armamos de gran paciencia y no nos preocupamos tanto del buen resultado de las cosas cuanto de la pureza de nuestros actos y del beneficio que recibe el hermano. Pero cuando eso no es así, entonces brota con rapidez el enfado, el disgusto o la agresividad cuando viene la dificultad, la incomprensión o la falta de agradecimiento.

Es por ello que necesitamos tomar conciencia de lo que libremente vamos a hacer y de nuestra debilidad, de ahí la petición humilde de la oración de los hermanos, expresada en esa inclinación ante la comunidad para pedir que oren por uno antes de realizar su servicio. En esta acción entran en juego tres elementos: nuestra toma de conciencia de lo que hacemos y desde dónde lo hacemos, el apoyo de los hermanos al que los va a servir y el auxilio espiritual sin el que nuestros actos carecerían de vida y amor. Y si nuestro servicio no es tan sincero como debiera ser o nos hemos dejado llevar por el mal espíritu, entonces esa oración nos hace experimentar el perdón y la reconciliación. En una comunidad es imposible evitar los errores y los enfados, pero sí es posible superarlos siempre con el perdón dado y recibido.