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Domingo, 06 Septiembre 2015 19:27

Capítulo 35 (1)

LOS SEMANEROS DE COCINA

(RB 35-01)

Después de fijarse en las necesidades materiales y relación que el monje tiene con las cosas, ahora San Benito dedica unos capítulos a nuestras necesidades corporales más perentorias como es la alimentación (RB 35 a 41), fijándose especialmente en las necesidades que tienen los más débiles de la comunidad, como son los enfermos, los niños y los ancianos, para concluir indicando la tasa de la comida y la bebida.

Por ser la alimentación la necesidad más básica y el hecho de alimentar al hambriento una obra de misericordia por la que nos preguntarán tras concluir nuestra vida, la Regla muestra un especial interés en hablar de los hermanos que se encargan de la cocina. Es tan importante este servicio que no lo debiera hacer siempre el mismo, sino que todos los hermanos que no tengan otra ocupación que se lo impida deben pasar por él, incluso los débiles o menos dotados, aunque se les dé ayuda. No es tan importante la eficacia en los resultados culinarios cuanto la dimensión de servicio a los hermanos. La empresa busca la cuenta de resultados, optimizar los recursos y los beneficios. Una comunidad, sin dejarse llevar por un idealismo excesivo que termine pasándole factura, se fija más en las personas, en las relaciones humanas, en el crecimiento personal. El ejercicio de la caridad fraterna es el motor que mueve y une a una comunidad, por eso es tan importante cultivar todo aquello que lo pueda fomentar, aunque no sea tan eficaz en sus resultados externos y pueda resultar sacrificado para sus miembros.

Los hermanos han de servirse mutuamente, y nadie será dispensado del servicio de la cocina, a no ser por enfermedad, o bien por estar ocupado en alguna cosa muy importante, porque así se consigue una mayor recompensa y una mayor caridad. Pero a los débiles se les proporcionarán ayudantes, para que no lo hagan con tristeza. En realidad, todos han de tener ayudantes, según las condiciones de la comunidad y la situación del lugar. Si la comunidad es numerosa, el mayordomo quedará dispensado de la cocina, así como también aquellos que, como ya hemos dicho, estén ocupados en servicios más importantes. Los demás se servirán mutuamente en la caridad.

El hecho de dar de comer tiene un significado muy profundo y múltiple, como múltiples son los aspectos que intervienen en dicha acción. Antes de dar de comer hay que preparar los alimentos. El hecho mismo de preparar los alimentos está revelando desde dónde actuamos. Se puede cocinar para cumplir el oficio que se me ha encomendado, haciéndolo de buena o de mala gana, pero a fin de cuentas cumpliendo con él. Se puede cocinar con la motivación de desarrollar la propia creatividad para el crecimiento personal. Se puede hacerlo buscando sólo la aprobación de los demás o dejándose llevar por la vanagloria. Se puede hacer abreviando todo lo posible para poder disponer de más tiempo personal. Se pueden someter los estómagos de los hermanos a nuestra particular percepción de la vida, bien alimentándolos desmedidamente –aunque esto tiene fácil arreglo no comiendo más que lo necesario- o bien sometiéndoles a un ayuno continuo porque así creo que debe vivir el verdadero monje. Sin duda que lo mejor es buscar ante todo el provecho de los hermanos, haciéndoles la comida agradable y saludable sin dejar de lado la dimensión oblativa, creativa e, incluso, sacrificada.

Esa doble perspectiva –desde el propio interés o desde la necesidad del otro- aparece también a la hora de servir la comida a los hermanos. Una cosa es “dar” de comer y otra “echar” de comer. Lo primero está en sintonía con la donación de sí a través de lo que se da, lo cual implica un sentido de reverencia y respeto hacia el receptor de nuestro don. Cuando dicha acción carece de donación personal y de reverencia hacia el receptor podemos hablar de “echar” de comer, deja de ser un servicio humilde para transformarse en una tarea realizada. En este caso prima la rapidez y la eficacia. Es muy importante que nuestros actos no pierdan de vista su origen y su meta, el por qué hacemos las cosas, desde dónde las hacemos y cómo las hacemos. El cómo ya deja entrever el porqué y el desde dónde actuamos.

En la vida comunitaria todo lo que hacemos es para beneficio de la comunidad. Pero no todas las cosas tienen la misma fuerza. Un trabajo con máquinas o en relación directa con las cosas es un camino de donación importante y de realización personal. Pero el trabajo de servicio directo a los hermanos, como puede ser la enfermería o el preparar y servir los alimentos, nos pone en contacto inmediato con las personas, con su necesidad más urgente, haciéndonos palpar y sufrir también sus carencias más llamativas (exigencias, poco agradecimiento, etc.). Por eso es tan importante que todos puedan tener esa experiencia. San Benito piensa que el mejor lugar para ello puede ser la cocina, aún asumiendo el riesgo que los guisos no resulten siempre de la misma calidad.

El servicio mutuo acrecienta la caridad fraterna, nos recuerda la Regla por dos veces en este párrafo. Si el reflejo de la comunidad cristiana es el amor mutuo (En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis lo unos a los otros), nada mejor que el servicio fraterno para acrecentarlo. El amor se debe concretar en la entrega de uno mismo y en el reconocimiento del hermano al que se sirve. Es importante la entrega de uno mismo, pero no basta, necesitamos fijarnos atentamente en el receptor de nuestra entrega, pues de lo contrario es probable que nuestra donación no tenga el resultado esperado.

Esa entrega en el servicio mutuo ha de hacerse procurando que nadie se sienta sobrepasado y se hunda en la tristeza, otra de las preocupaciones de San Benito como ya hemos visto cuando hablábamos del cillerero. De ahí que haya que dar ayuda a todos los que estén sobrecargados en la medida de lo posible. No siempre es posible, ciertamente, y no todos se sienten sobrecargados tan rápidamente... Pero ahí está el discernimiento del abad, que debe atender a las necesidades reales de cada uno para que la comunidad viva en paz, sin dejarse manipular por los perezosos, que enseguida se sienten sobrepasados, y sin dejar de atender a los que verdaderamente son débiles por la envida de otros. Todo un ejercicio en las relaciones fraternas de caridad y ecuanimidad.