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Domingo, 30 Agosto 2015 19:24

Capítulo 34

SI TODOS HAN DE RECIBIR IGUALMENTE LO NECESARIO

(RB 34)

Después de hablarnos del cillerero –el padre de la comunidad en lo material-, de los bienes del monasterio y después de rechazar toda propiedad privada en el mismo, ahora la Regla nos dice cómo distribuir lo necesario a cada hermano.

Confieso que San Benito siempre me ha impresionado por su ecuanimidad, equilibrio, firmeza y misericordia. Busca el bien comunitario sin olvidar las necesidades particulares de cada hermano. Es exigente sin dejar de ser comprensivo. Baja a lo concreto invitando a tener un profundo sentido espiritual. En este grupo de capítulos dedicados a los bienes materiales insiste en que todos deben recibir lo necesario, sin dejarse condicionar por los envidiosos ni permitir que brote la murmuración: Como está escrito, “se distribuía a cada uno según lo que necesitaban”. Con esto no queremos decir que se haga discriminación de personas –no lo permita Dios-, sino que se tenga consideración de las flaquezas. Entonces, aquel que necesite menos, dé gracias a Dios y no se entristezca; en cambio, el que necesite más, humíllese por su flaqueza y no se enorgullezca por la comprensión que le demuestran; y así todos los miembros vivirán en paz. Por encima de todo, no se manifieste el mal de la murmuración, por ningún motivo, sea el que sea, ni con la más pequeña palabra o señal. Si alguien es sorprendido en él, se le someta a un castigo muy severo.

San Benito se preocupa porque los hermanos tengan aquello que verdaderamente necesitan. Somos precarios desde nuestro nacimiento. Es propia de la condición humana la necesidad. En realidad no se trata tanto de carencias, cuanto de una forma de ser en la vida que refleja lo que somos y facilita nuestro camino hacia la meta. El pez tiene branquias y aletas porque se mueve en el mar. Los pájaros tienen alas porque vuelan. Cada ser vivo tiene aquello que necesita para desarrollarse. Algo parecido sucede con la necesidad que experimentamos los humanos. La necesidad supone mirar fuera de nosotros, poder entablar una relación desde la humildad. Quien no necesita, ¿cómo se va a abrir a los demás? Nos abrimos a los demás porque los necesitamos. Necesitamos su afecto, su experiencia, su reconocimiento, sus habilidades, necesitamos cosas que ellos poseen y de las que nosotros carecemos. La necesidad nos abre a la relación desde la humildad, que es la actitud predilecta de Dios, la actitud que genera paz, que hace agradable la relación mutua.

En una cultura agrícola, especialmente cuando no hay seguros de por medio, el hombre mira continuamente al cielo, generándose en él una actitud particularmente religiosa. Entre los pobres se genera más fácilmente la solidaridad, porque se ha experimentado lo doloroso que es el mordisco de la pobreza. Entre los ricos, sin embargo, es más fácil que entre la soberbia del autosuficiente, dificultando unas relaciones verdaderamente humanas, sin interés económico de por medio. Experimentar la necesidad hace al hombre más humano y más espiritual, le hace más sensible ante las necesidades de los otros y le ayuda a elevar los ojos al cielo, entablando con Dios una relación humilde y confiada, una relación filial.

¿Pero qué sucede cuando uno tiene verdaderamente necesidad de algo y no lo recibe? Entonces se puede apoderar de él el mal espíritu, la desazón y la agresividad que brotan del instinto de supervivencia que llevamos dentro, maldiciendo a Dios y a los hombres. Dice el libro de los Proverbios: Señor no me des más de lo que necesito porque me olvidaré de ti, ni dejes que me falte lo necesario porque te maldeciré. Esta realidad humana hay que tenerla muy presente. Es lo que hace San Benito cuando pide el desprendimiento de todo para sentir lo que es la necesidad, al mismo tiempo que procura a los hermanos lo necesario para que no brote justificadamente el mal espíritu de la murmuración o de la codicia. El no poseer libera el corazón y fomenta un corazón humilde cuando se pide lo necesario. El dar a cada uno lo que verdaderamente necesita mantiene la paz en la comunidad. No conceder los caprichos purifica la pasión y pone a prueba la autenticidad de nuestra espiritualidad. No ceder ante las envidias de los demás hace que el bien y la justicia se impongan sobre el mal.

Cuando la comunidad se tiene como un cuerpo, se comprende fácilmente que no todos los miembros necesitan las mismas atenciones, al mismo tiempo que atendiendo a cada miembro en su necesidad se está atendiendo al cuerpo en su conjunto. Dar a cada miembro lo que necesita es robustecer el conjunto de la comunidad, facilitando la armonía de todo el cuerpo.

Cualquiera que lea que en una comunidad monástica no hay propiedad privada y que se reparte a todos según su necesidad, bien podría pensar que su fundador fue algún comunista. Y difícilmente se puede encontrar mayor comunismo material que en ella. Pero también tiene otras peculiaridades que la hacen diferente, como la dimensión de fe, la razón por la que los hermanos se unen a vivir de ese modo con unos lazos de amor fraterno y su estructura jerárquica. Todo se ha de esperar del padre del monasterio quien debe rendir cuentas a Dios de todas sus decisiones. Además, no se mide a todos por igual, sino que se tiene especial atención a las necesidades de cada uno, fijándose en los menos dotados para suplir su flaqueza.

También es llamativo cómo avisa a unos y a otros sobre los peligros del tener y del no tener cualidades personales. Lo importante no es tener o no tener, sino nuestra actitud ante ello. Si el que tiene muchas cualidades se enorgullece mirando con desprecio a los demás o pretende que se le dé lo que a otros se da, pero él no necesita, entonces más le valdría estar menos dotado. Si el menos dotado se olvida de agradecer lo que recibe o intenta provocar la envidia de los demás por la benevolencia que se le tiene, de poco le vale su potencial predilección ante los ojos de Dios por su pobreza. Todo lo que tenemos es recibido, bien por parte de Dios, bien por parte de los hombres, por lo que siempre hemos de ser agradecidos y reconocer nuestra indigencia.

Fijémonos cómo en este capítulo se omite completamente la condición previa de los hermanos antes de entrar en el monasterio. Da igual que hubieran sido ricos o pobres, lo que cuenta ahora es su pertenencia a la comunidad. No obstante, no podemos olvidar que nuestro pasado también hay que tenerlo presente a la hora de evaluar las necesidades reales de cada hermano, pues no sólo sentimos necesidad material, sino que también hay otras necesidades de tipo psicológico. No es lo mismo haber bajado diez escalones al entrar en el monasterio -socialmente hablando-, que haber bajado dos o haber subido tres. Además hay otro tipo de necesidades fruto de complejos o carencias afectivas. Todo eso el abad debe tenerlo en cuenta, y los hermanos deben confiar, pues ellos no tienen tanta información como suele tener el superior.

Buscando el equilibrio se procurará la paz en la comunidad. Y para mantenerla hay que combatir decididamente la murmuración. Desterrar la murmuración, procurando que no aparezca como justa (cuando no se da lo que se necesita o se tiene arbitrariamente preferencia por algunos privilegiados), ni consintiendo la que es producto de la envidia. Y si para ello hay que recurrir a los castigos, San Benito no los evita. Pero aún es más importante cambiar la mirada, la actitud del corazón, sabiendo que el amor es lo que nos permite vivirnos como un solo cuerpo, permitirá unas relaciones iguales en la aparente desigualdad y evita el cáncer de la envidia y la murmuración.