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Domingo, 16 Agosto 2015 19:20

Capítulo 32

LAS HERRAMIENTAS Y LAS COSAS DEL MONASTERIO

(RB 32)

En sintonía con el capítulo anterior, San Benito se refiere en los tres siguientes a nuestra relación con las cosas materiales. En éste concretamente nos hablará de la importancia de usar bien todas las cosas del monasterio. Las cosas nos enseñan y educan más de lo que nos imaginamos, pues ellas son las realidades con las que nos relacionamos de una forma inmediata y necesaria. Podemos alejarnos de Dios adormilando su presencia. Podemos alejarnos de los hombres yendo a la soledad para evitar todo contacto humano. Podemos incluso alejarnos de nosotros mismos viviendo ajenos a lo que somos y sentimos, para lo que procuramos estar distraídos. Todo eso lo podemos hacer, pero lo que nunca podremos hacer es no relacionarnos con las cosas, pues vivimos en un mundo material por todos lados, desde la tierra que nos atrae, a los alimentos que tomamos o el aire que respiramos. De ahí la importancia de saber relacionarnos con las cosas materiales como escuela de autoconocimiento y crecimiento personal. Quien se piense que entra en un monasterio para desentenderse de las cosas materiales y de los afanes de la vida, buscando un idílico mundo angelical, se equivoca completamente. Esa espiritualidad desencarnada sólo se la pueden permitir los ricos y los ilusos. La vida monástica no busca huir de lo material, sino saber relacionarse con ello.

Además de esta dimensión personal, existe otra comunitaria. Cuando uno vive solo, puede comportarse según crea conveniente, pero cuando se vive con otros hay que saber que las cosas adquieren una dimensión social, son comunes, el uso mejor o peor que les demos repercutirá inevitablemente en la relación con los demás, que se sentirán respetados o agredidos a través del uso que demos a las cosas. Por eso es importante un cierto orden.

Donde hay orden hay paz y la vida es más sencilla. El perfeccionismo hace sufrir al que lo vive y a los demás, pero el desorden hace sufrir, sobre todo, a los demás. Paradójicamente al desordenado no le suele gustar el desorden, sino que prefiere el orden, pero es incapaz de sujetarse a él, por lo que busca aprovecharse del orden de los demás terminando por desordenar también lo de éstos, lo que acaba por enfadarlos. Cuando nuestras constituciones nos animan a tener una casa limpia y ordenada, a mantener los alrededores bellos y limpios, es porque lo material refleja lo que somos y nos ayuda a ser lo que reflejamos.

El orden es un signo de respeto a los demás y facilita la convivencia. El cuidado de las cosas es un signo de delicadeza y también de pobreza, pues sólo los ricos se pueden permitir comprar con facilidad lo que estropean por desidia. Hay quien trata las cosas de cualquier manera y luego exige se arreglen “pues hay un encargado” -dicen-, o se compre algo nuevo que lo supla, pues “es la obligación del cillerero” –continúan afirmando con exigencia-. Quien así actúa pretende enmascarar su desidia y olvida la pobreza que ha abrazado. Sin duda que hay encargados, pero no podemos pretender actuar sin sensibilidad y luego que otros nos sirvan o arreglen nuestros desaguisados sin asumir las consecuencias de nuestros actos. Aunque al final siempre pagan justos por pecadores, quizá sea saludable no restaurar inmediatamente el objeto estropeado por desidia para que así se valore más y tomemos conciencia del mal que provocamos a los otros. Al que así actúa por costumbre, la Regla le reserva la reprensión, la reparación o el castigo.

Al menos los encargados han de tener ese especial cuidado que dicta el sentido común. En ellos confía San Benito cuando dice: Las herramientas y los vestidos y cualquier clase de objetos que posea el monasterio, los encomendará el abad a hermanos de cuya vida y costumbres esté seguro, y les asignará cada una de las cosas como lo juzgue conveniente para que las guarden y recojan. De todo ello tendrá el abad un inventario, a fin de que, cuando los hermanos, al sucederse unos a otros, se traspasen los objetos encomendados, sepa lo que da y lo que recibe. Si alguien trata las cosas del monasterio sucia o descuidadamente, sea reprendido. Si no se corrige, se le someterá a la disciplina regular.

En el monasterio todo es común, San Benito no quiere que nadie se apropie de nada, pues no nos pertenece ni nuestro propio cuerpo. Este ideal de comunión y desprendimiento concretiza la pobreza que hemos elegido vivir. Tomar conciencia de eso es percatarse de que lo que utilizo no es mío, sino de la comunidad. Yo soy un mero administrador de lo que estoy usando para el bien común. Maltratar las cosas no sólo denota un descuido espiritual, sino que nos hace pensar que las usamos como si fueran exclusivamente nuestras. Es cierto que algunos también caen en este vicio no por un trato descuidado de las cosas, sino apropiándose lisa y llanamente de ellas para que no les falte cuando las necesitan o alegando que los demás son unos descuidados y manirrotos. No siempre es fácil encontrar un sano equilibrio entre el manejo más exclusivo de algunas cosas para poder llevar a cabo con paz la tarea que se me ha encomendado y el renunciar a la apropiación egoísta de lo que es común. En esos casos es bueno discernirlo con el abad antes de actuar por propia iniciativa. La pobreza conlleva el despojo de sí y de las cosas, y esto no es tan sencillo ni tan gratificante como nos imaginamos. Siempre tendremos mil razones para aligerar la carga de nuestra elección primera y generosa, evitando las exigencias de la pobreza y de la vida comunitaria. Pero si superamos esta tentación recibiremos los mejores frutos de la comunión, que no son otra cosa que vivir el amor fraterno en profundidad.

El buen uso de las herramientas, su orden y limpieza, revelan además una profesionalidad. El profesional es aquél que pone interés en lo que hace, que busca realizarlo de la mejor manera posible. Es profesional principalmente porque le sale de dentro, más que por obligación. Quien actúa por obligación se suele limitar a lo imprescindible, a cumplir con su horario de trabajo y a evitar los castigos que conlleva una actitud negligente. Pero el que toma con interés su trabajo, trata de de realizarlo de la mejor manera posible, fijándose más en su desarrollo personal y comunitario, su responsabilidad y su relación con las cosas que en lo que los demás puedan pensar. Éste crece humanamente, pues, como decía al principio, la buena relación con las cosas materiales nos edifica como personas. El irresponsable carece de responsabilidad, se mantiene como un niño que sólo busca que le resuelvan los problemas y le den lo que necesita. En nuestras manos está elegir el camino que deseemos en nuestras vidas. Y digo que está en nuestras manos el elegir porque somos unos privilegiados. Muchos no pueden elegir, debiendo trabajar en lo que no les gusta, en condiciones penosas o con jornadas agotadoras. A nosotros la comunidad nos protege. Es cierto que también nos exige, pero nos da una seguridad que puede ser peligrosa cuando nos dormimos en ella, peligrosa para nuestro crecimiento personal. Y la profesionalidad que nos hará crecer no está en función del trabajo que hagamos, más o menos vistoso, sino en el empeño que pongamos. No es más bello un elefante que una hormiga por el hecho de ser más grande, ni goza de más vitalidad por ello.

Otro aspecto interesante de este breve capítulo es ver el cuidado que muestra San Benito en elegir a sus colaboradores y a aquellos que tienen una responsabilidad especial en la comunidad. El que está al frente de cualquier grupo humano no tiene por qué llegar a todo ni ser el mejor en todo, es más importante que sepa rodearse de las personas más capaces. Para ello necesitará tener un espíritu abierto y libre, sin complejos que generan envidia y suspicacias que le impedirán elegir a los más aptos por temor a que le hagan sombra. Esta capacidad de los elegidos no está exclusivamente en sus habilidades manuales o intelectuales, sino también en su honestidad de vida, en la autenticidad y espíritu de fe con que vivan.

Finalmente podemos decir que uno de los peligros del comunismo, de considerar todo de todos, es el no tomar suficiente empeño por las cosas. Cuando veo algo como propiedad de todos puedo pensar que no es mío y maltratarlo o no cuidarlo debidamente. Esto sucede si vivimos en una comunión aparente. Cuando nos sabemos verdaderamente uno, como las distintas partes del cuerpo, entonces esa idea desaparecerá de nosotros. Por ello es necesario que trabajemos nuestro sentido de pertenencia a la comunidad, especialmente de forma afectiva, pudiendo así conjugar lo personal y lo comunitario sin dificultad.