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Domingo, 09 Agosto 2015 18:42

Capítulo 31 (4)

CÓMO HA DE SER EL CILLERERO (mayordomo) DEL MONASTERIO

(RB 31-04)

Dado que al cillerero se le encomienda una labor muy directa con las personas y las cosas del monasterio, es natural que San Benito le pida trabaje su propio corazón en estos aspectos, en su relación con las cosas y con las personas, no siendo avaro ni dilapidador ni tampoco altivo, resaltando en él dos cualidades esenciales: la obediencia y la humildad. Éstas son propias de toda alma grande a quien se le ha confiado una responsabilidad importante. Obediencia para con el que está por encima y humildad para con el que está por debajo. El cillerero que tiene esta doble virtud es un gran don para los hermanos y un descanso para el abad. De él se podrá decir que sabe que todo don recibido es para darlo, que nada es propio, sino que se nos ha confiado para administrarlo, que todos tenemos personas por encima y por debajo de nuestras cabezas, que sólo sabe mandar acertadamente el que antes ha sabido obedecer. San Benito le dice: No se dé a la avaricia, ni sea pródigo y dilapidador del patrimonio del monasterio, antes bien hágalo todo con discreción y conforme a lo que mande el abad. Sea, ante todo, humilde, y, cuando no tenga lo que le piden, dé una buena palabra por respuesta, porque está escrito: “Una buena palabra vale más que el mejor regalo”. Cuide de todas las cosas que el abad le hubiere confiado; no se atreva a entrometerse en lo que le haya prohibido. Proporcione a los hermanos la ración establecida, sin altivez ni retraso, para que no se escandalicen, acordándose de la palabra divina acerca de lo que se merece “el que hubiere escandalizado a uno de los pequeños”.

¿Qué hacemos cuando nos dan un regalo envuelto de cualquier manera en un papel sucio y lleno de grasa? Es fácil que más de uno no se digne a cogerlo o lo tire directamente. Algo muy distinto sucede cuando recibimos un regalo sencillo envuelto con gran cuidado y ofrecido con delicadeza y buen humor. Lo más valioso del regalo es la persona que se ofrece con él, el amor que quiere expresar, el reconocimiento que lleva implícito. De hecho, al regalar algo deseamos manifestar lo que sentimos por la otra persona o la bondad que habita en nosotros. De ahí que sea tan importante en la vida comunitaria nuestras formas de relacionarnos. La buena educación no es politiqueo o hipocresía, sino amor. La sonrisa, el cariño, el perdón, las palabras amables, el trato gentil, son formas en las que manifestamos el respeto y amor hacia el otro, además de revelar nuestra categoría moral y espiritual. Nadie da lo que no tiene, especialmente cuando se le pide inesperadamente. Como todo en esta vida, hay que prepararse para estar preparados. Las palabras bruscas, malsonantes o hirientes, sobre todo si perduran tras el primer enfado, son signo claro de un espíritu empequeñecido, cerrado en sí mismo, sin la sensibilidad propia del que ama y evita dañar innecesariamente a los hermanos que le rodean.

Cada uno habremos podido tener una educación diferente, una historia más o menos dura, pero todos podemos ir construyendo el edificio de nuestra vida y de la comunidad desde hoy en adelante. Eso dependerá de cada uno de nosotros. Cultivar el respeto mutuo, el cariño sincero, la magnanimidad en la entrega y el perdón, etc. nos hará la vida más felices a todos y seremos un testimonio más claro de la presencia de Dios en medio de nosotros. Es importante recordar siempre que una buena palabra vale más que el mejor regalo y que un silencio oportuno tiene el mismo efecto. Es imposible evitar todo roce e incomprensión, pero todo ello resulta inofensivo cuando prevalece el buen corazón, el respeto mutuo, el deseo de hacer felices a los demás y evitarles los sufrimientos inútiles.

El cillerero está al servicio de los hermanos. Por eso no sólo tiene que huir de la altivez y de la arbitrariedad, sino que debe dar a los hermanos lo que les corresponde en cada momento, haciéndolo con diligencia y responsabilidad. Todos somos servidores de la comunidad en nuestros cargos. Ejercerlos con este espíritu produce gran gozo, mientras que quien se aparta de este espíritu de servicio humilde, afianza su ego a costa de mucho sufrimiento, un sufrimiento que termina generando odio en el interior. No es la eficacia lo que nos debe guiar exclusivamente. No es la exactitud de la norma lo que debe prevalecer. No son la imagen o los ideales imaginarios los que se deben imponer. Todas esas cosas tienen su valor, no cabe duda, pero cuando se anteponen a un amor real, quedan vacías de contenido para disimular un corazón mezquino. Aún así insistiremos que lo hacemos por verdadero amor. ¡Ojalá sea por amor a los demás y no a uno mismo! La forma más sencilla para distinguirlo es ver sus frutos, los frutos que produce en los otros y en uno mismo. Si se mejoran las relaciones, si se mejora el servicio humilde, si reina la paz, la comprensión, la entrega, el saber ceder, podemos estar seguros que es el buen espíritu el que nos mueve. Pero si los frutos que obtenemos son la crispación, los recelos, la violencia, la venganza, el rechazo, la altivez,…, entonces podemos estar seguros que no había tanto amor como nos imaginábamos en nuestras propuestas. Los frutos de nuestro hablar o callar dependerán mucho de la propia conversión interior.

Finalmente, con la discreción que le caracteriza, San Benito toma conciencia del mayor o menor trabajo que pueda tener el cillerero para proporcionarle ayuda: Si la comunidad fuere numerosa, que le den auxiliares con cuya ayuda pueda desempeñar con tranquilidad de espíritu el oficio que tiene encomendado. A las horas señaladas dense las cosas que se han de dar y pídanse las que se han de pedir, para que nadie se perturbe ni se entristezca en la casa de Dios.

Esta última frase resume muy bien las prioridades de San Benito y revela el buen espíritu que le invade. San Benito sabe que para aprender algo se necesita una disciplina, que hay que hacer un camino exigente, que no se logra meta alguna sin abnegación y esfuerzo. Él mismo pone unas normas y corrige. Pero, sobre todo, se empeña en suscitar el deseo y la bondad que habita en cada uno, buscando sembrar paz y amor entre los hermanos. La tristeza es la puerta de la melancolía, que termina destrozando a la persona. No es bueno entristecer a los hermanos inútilmente. Así como hay una tristeza purificadora cuando tomamos conciencia del mal hecho y buscamos la reconciliación y la conversión, así también hay una tristeza que nos destruye, es la tristeza que brota del mal espíritu, de nuestras pasiones y falta de amor. Poner empeño en que nadie se entristezca indebidamente en la comunidad es un gesto de amor sincero que hace feliz a todos.

La tristeza no sólo puede venir por el mal trato que se nos da, sino también por la incomprensión o sobrecarga. De ahí que San Benito busque la equidad, proporcionando ayuda al que la necesite en la medida en que se pueda. Lo dice del cillerero, pero también se refiere a ello cuando habla de los cocineros (RB 35), de los que atienden a los huéspedes (RB 53) o de los porteros (RB 66), añadiendo que cuando éstos estén más desocupados se les dé otros trabajos: Les podrán dar compañeros que les ayuden, si fuere necesario, para que sirvan sin murmuración; pero cuando hubiere poco que hacer en este oficio, trabajarán en lo que se les mande: y no solamente en este oficio, sino también en los demás del monasterio, téngase este cuidado de dar compañeros a los que los necesitan, y cuando no tengan que hacer, hagan lo que se les mandare.

La comunidad es un único cuerpo en el que todos debemos colaborar según nuestras posibilidades, acudiendo prestos al auxilio del que lo necesite. Quien vive pensando sólo en sí mismo, quien está pronto para pedir ayuda incluso en lo que él podría hacer por sí mismo y es tardo en colaborar con las necesidades ajenas, o se calla cuando carece de trabajo, ese tal no busca vivir en comunidad, sino tener una casa que le da estabilidad y donde el cohabitar con otras personas le resulta beneficioso.

La comunidad es una hermosa realidad que debemos edificar con empeño, con generosidad interior y cultivando unas buenas relaciones. No cuidar eso es tener un edificio sin mantenimiento o forzar una máquina imprudentemente pensando sólo en el beneficio más inmediato. El cillerero debe ser un administrador diligente que cuide todas las cosas del monasterio, manteniéndolas en buen estado. Si esto hay que hacer con las cosas, cuánto más con las piedras vivas del monasterio que son los hermanos. Si las herramientas del monasterio se han de tratar como vasos sagrados del altar, qué decir de las personas que ahí habitan.