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Domingo, 26 Julio 2015 18:39

Capítulo 31 (2)

CÓMO HA DE SER EL CILLERERO (mayordomo) DEL MONASTERIO

(RB 31-02)

San Benito no quiere que el abad se sienta absorbido por las cosas materiales del monasterio, por lo que pone al frente de las mismas a un monje, pero también éste necesita vivir desde una vida espiritual, por eso le recuerda: Tenga cuidado de su propia alma, recordando siempre la sentencia del Apóstol: “Quien administra bien, se gana una buena posición”.

Su tarea es la buena administración. Una administración realizada con “alma”. La eficacia es importante, la buena realización también, pero ante todo debe administrar con alma y cuidando su alma, por lo que puede ayudarse de personal laico que le facilite la tarea. No para delegar completamente en ellos, como si la vida del monje fuese tan “espiritual” que estuviera ajena a las cosas materiales. El hecho de que los monasterios tuvieran a gente seglar que les ayudaba en sus trabajos, no significa que los monjes fuesen completamente ajenos a un compromiso material. Hemos de trabajar y afrontar las cosas materiales, pero hemos de hacerlo desde nuestra condición de monjes. ¿Cómo afrontar el peligro de secularización cuando nos implicamos en las cosas materiales o tenemos que relacionarnos continuamente con personas metidas de lleno en su mundo secular? La respuesta es sencilla: viviendo como monjes en medio de las cosas materiales y de todos aquellos con los que nos relacionamos.

Pues eso mismo es lo que San Benito quiere del cillerero y, por extensión, de todos los que tienen algún cometido material en el monasterio: que se les note porqué hacen las cosas, desde dónde hacen las cosas, cómo hacen las cosas. Lo que diferencia a un cillerero de un administrador laico no hay que buscarlo en su competencia o dedicación, que puede ser mayor o menor en cualquiera de los dos, sino en la fe que mueve al uno y no tiene por qué mover al otro. Fe en la presencia de Dios en todo, donde creemos que las cosas no suceden por puro azar y sí nos interpelan a vivirlas desde nuestro compromiso de vida. Fe en una comunidad que he recibido, movido por un verdadero amor a los hermanos que se expresa en actitud de servicio y búsqueda del bien de los otros. Vivir la cotidianidad de nuestro trabajo desde una dimensión de fe y entrega personal, es un camino plenamente espiritual y monástico.

Como dirían nuestros padres cistercienses, lo más sencillo es estar entretenidos con las cosas que nos rodean, viviendo fuera de nosotros mismos, pues la doctrina de la “semejanza” (lo semejante atrae a lo semejante) hace que nuestra vida en la región de la desemejanza nos haga estar a gusto con lo que está fuera de nosotros cuando no somos lo que somos. Lo que está fuera de nosotros nos entretiene. Lo que nos rodea, lo que apreciamos más notoriamente en nosotros (sentimientos, pensamientos, deseos,…) nos estimula. Pero sólo lo que verdaderamente somos, esa semejanza divina que está en los profundo de nosotros mismos, es lo que nos consolida y pacifica. Es desde ahí desde donde San Benito nos invita a relacionarnos con todo lo material, poniendo alma a las realidades inanimadas, uniendo lo material y lo espiritual, viviendo lo ajeno desde nuestro centro. Ese es el secreto del verdadero contemplativo. Se trata de algo más que hacer las cosas “con calma”, que ya sería un paso importante. Es importante cómo se hacen las cosas, pero aún más importante es desde dónde se hacen. Y eso lo podemos ver por los efectos que produce en nosotros mismos y en los demás. El contemplativo tiene una mirada limpia y profunda que le permite actuar desde el amor, liberado de sus propios egoísmos, dando o reservando, haciendo o dejando de hacer. Cuando el cillerero, o cualquiera de nosotros en nuestros cargos, actuamos desde ahí, no solemos hacer daño, aunque incomodemos, muy al contrario.

Cuando un hermano acude en su necesidad al cillerero o a un encargado, éste actuará según lo que esté viviendo en su corazón, verá las cosas según la mirada que tenga, actuará según el celo que haya en su interior, mirará al hermano y juzgará su petición según la clarividencia y el amor que le invada. Y el reto será aún mayor cuando no pueda dar lo que se le pide porque no lo tiene o no debe darlo, cuando se le pide imprudentemente, cuando se dirigen a él sin suficiente educación y su ego se sienta herido, etc. El cillerero debe ser responsable y tener lo que debe tener para responder cuando debe responder. Pero al mismo tiempo debe saber que no es un simple tendero. No se trata sólo de dar o no dar, sino de atender el bien real del hermano que pide, sin estar atado a una necesidad de afecto que busca siempre agradar o a una necesidad de autoafirmación que le lleve a mostrar su poder donde no debiera haber más que puro servicio.

Y si ya es difícil empeñarse en actuar con justicia, desde nuestro propio centro, desde una visión de fe, todavía lo es más estar dispuestos a sobrellevar con paciencia las críticas injustificadas o malévolas que todo cargo de responsabilidad puede provocar en los corazones egoístas y envidiosos cuando no se salen con la suya. Igualmente supone una gran prueba soportar humildemente las críticas justificadas a nuestra falta de previsión o tacto que nos humillan y pudieran movernos a desear vengarnos.

Asumir con fe todas esas dificultades ayudan al cillerero y a todos aquellos que tienen alguna responsabilidad sobre sus hermanos a vivir como una realidad espiritual lo que pudiera parecer simple ajetreo material. Y cuanto más lo vivamos así y menos reconocimiento recibamos de los demás, más puro y auténtico será nuestro servicio.

La “llamada” de Dios no se realiza sólo en una dimensión vocacional de tipo espiritual. Dios nos llama en cada instante de nuestra vida. La vida monástica sabe mucho de ello. El trabajo manual, que nos hace pisar tierra y une la creación con su Creador así como nuestro cuerpo con nuestro espíritu, y la vida comunitaria, que prueba la autenticidad de nuestros sentimientos e intenciones, son dos realidades que concretizan nuestra vida espiritual. En ellas vemos la presencia de Dios, su llamada que exige nuestra respuesta, y nos ayuda a conocernos a nosotros mismos. Sin duda el modo como vivamos nuestros propios “cargos” nos puede dar mucha vida si no nos los apropiamos y si los animamos con la fe y el amor.

Siempre es difícil tener un cargo al que llamamos “servicio” y no servirnos de él apropiándonos lo que nunca se nos dio, sino que tan solo se nos confió. Por ello es bueno no perder de vista que todos tenemos a alguien sobre nosotros al que hemos de dar cuentas. San Benito da mucha autoridad al cillerero, pero al mismo tiempo le recuerda que no debe hacer nada contra la voluntad del abad o si éste no se lo ha encargado. El mismo abad tiene también una serie de personas que le contrastan. Y todos los monjes tienen que dar cuentas de la responsabilidad que se les ha encomendado. Parapetarse en el hecho de ser el encargado para hacer lo que se quiera, es una falacia. Cuando nos enfadamos por la supervisión o corrección es que nos estamos apropiando de lo que no es nuestro. Cuando vivimos esta realidad con naturalidad, es que estamos siendo verdaderos servidores de los hermanos.