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Viernes, 17 Julio 2015 18:36

Capítulo 31 (1)

CÓMO HA DE SER EL CILLERERO (mayordomo) DEL MONASTERIO

(RB 31-01)

El capítulo 31 de la Regla es, sin duda, uno de los más hermoso y lúcidos. Nos habla del mayordomo o cillerero del monasterio. Es sabido que la palabra “cillerero” (cellararius), viene de cella, un término que, en la RB, se aplica a diversas dependencias (dormitorio, enfermería, hospedería, noviciado, habitación del portero, etc.), pero que cuando está en relación con el cillerero se refiere a la despensa o bodega donde se guardan los alimentos. Consiguientemente, el cillerero es el encargado de administrar los bienes materiales del monasterio y, de forma especial, atender a las necesidades de los monjes y de aquellos que se benefician del monasterio, como son los pobres, los huéspedes, etc. En este sentido es correcto definirle como el “mayordomo” (maior-domus), el hermano mayor de la casa o, como indica San Benito, el padre material de la comunidad.

El papel del cillerero es muy relevante no sólo para la buena marcha de todo lo material, sino por la relación que implica con los hermanos. Debe ser un modelo de vida para sus hermanos, frugal y sobrio, capaz de distinguir entre las necesidades y los gustos o meros deseos, cuidando de todos los monjes sin favoritismos y con humildad, sometiéndose siempre a las directrices del abad.

Es en la vida cotidiana donde cada uno expresa lo que es, sus virtudes y defectos, sus logros y sus carencias, sus dones y sus heridas. Es importante conocer el corazón humano para facilitar unas relaciones fraternas desde el amor. Muchas veces nos hacemos daño tontamente por no prestar la debida atención a nosotros mismos y a los demás. En este sentido, podemos considerar el presente capítulo sobre el cillerero como uno de los más bellos e interesantes de la Regla. Algunos ven en él un pequeño tratado espiritual. No sé si será exactamente eso, pero lo que sí revela enseguida es un gran conocimiento del corazón humano, un hablar desde la experiencia de vida, algo que queda reflejado en los consejos que da de tipo psicológico y moral en la gestión de las cosas materiales. Rebosa a un mismo tiempo de sentido común, amor a los hermanos y motivación hondamente espiritual.

Dice la Regla: Para mayordomo del monasterio, se elegirá de entre la comunidad uno que sea sensato, de buenas costumbres, sobrio, de no mucho comer, ni altivo, ni perturbador, ni injusto, ni torpe, ni derrochador, sino temeroso de Dios, que sea como un padre para toda la comunidad. Estará al cuidado de todo. No hará nada sin orden del abad. Cumplirá lo mandado. No contristará a los hermanos; si por ventura algún hermano le pide una cosa poco razonable, no le contriste despreciándole, sino que dándole razón de ello con humildad, la niegue a quien se la pide indebidamente.

San Benito quiere liberar al abad, en lo posible, de las complicaciones materiales para que se dedique a velar por el progreso espiritual de la comunidad. Es para él una gran ayuda el poder descargarse de toda preocupación material en un hermano competente, responsable, justo y atento a las necesidades de todos, además de ser querido, aceptado y reconocido como tal por los hermanos, capaz de crear paz y armonía en la comunidad, sin que nadie se sienta injustamente desatendido. Desde luego, que si alguien encuentra un cillerero como nos describe la Regla ya podemos dormir tranquilos. Pero aunque no lo encontremos fácilmente, convendría que todos leyésemos de vez en cuando este capítulo para aplicárnoslo personalmente. El cargo de cillerero supone una gran responsabilidad y una autoridad sobre los hermanos que se debe ejercitar con caridad evangélica. A todos nosotros se nos ha encomendado alguna responsabilidad de la que debemos dar cuentas ante los hermanos y ante Dios. Y todos tenemos algún tipo de autoridad que hemos de saber ejercitar para el bien de los demás y nuestra maduración personal. En este sentido, el capítulo sobre el cillerero es aplicable a todos en mayor o menor medida.

El cargo que se nos encomienda no es sólo un poder y una carga. Esa mentalidad mundana está muy lejos del pensamiento de San Benito, por mucho que todo cargo suponga una autoridad y una fatiga. Mirarlo así nos llevaría a aprovecharnos de él en beneficio propio, considerando inferiores o subalternos a los demás y buscando escaquearnos como si fuéramos funcionarios desmotivados. El cargo no es un “premio”, sino una oportunidad más en la vida para profundizar en nuestro propio conocimiento, trabajarnos interiormente y saber entregarnos a los otros. Para ejercer bien un cargo hemos de saber situarnos desde una dimensión espiritual, psicológica, moral y relacional. Debemos preguntarnos qué es lo que me mueve a hacer lo que hago, por qué lo hago, cómo lo hago, qué pretendo. Si actuamos así podremos beneficiarnos mucho de aquello que se nos ha encomendado y podremos hacer mucho bien a nuestro alrededor.

La dimensión espiritual nos lleva a pensar que es una oportunidad, un paso de Dios en nuestra vida. Quizá nos desconcierte porque “yo esperaba otra cosa”, pero es eso lo que se me ofrece y es ahí donde debo dar todo lo mejor de mí, sabiendo que la Providencia siempre nos tiene algo reservado.

La dimensión psicológica nos ayuda a profundizar en nuestro propio yo, a observar lo qué brota en mí ante esa nueva realidad, a descubrir mis cualidades que desarrollar y mis lagunas que trabajar, percatándome también de cómo me las juega mi propio yo y cómo puedo ponerlo al servicio de los demás, abriéndome a un horizonte más amplio.

La dimensión moral pone a prueba mis pasiones, me invita a vencer con el bien el mal que pueda tentarme, a descubrir mis miserias en aquello que desearía que los demás no hiciesen. Toda relación de autoridad y toda relación con los demás son una escuela privilegiada para el conocimiento personal y el trabajo de poner luz en nuestro mundo oscuro.

La dimensión relacional nos hace aprender de la vida, descubrir el corazón humano, aprender a ver más allá de las apariencias y de los propios arrebatos. Nuestra precariedad personal, nuestras necesidades afectivas, nuestra necesidad de reconocimiento y realización, nuestras envidias, celos, comparaciones, ansias de poder, nuestro deseo y necesidad de darnos generosamente, hay todo un mundo que actúa en interrelación de forma sutil. Tener un cargo de responsabilidad sobre los demás nos permite activar la sensibilidad y tomar conciencia de todo ello, lo que es muy necesario para unas relaciones justas, profundas, no primarias.

Pero para todo buen ejercicio de la autoridad hemos de hacer un camino personal, como ese nacer de nuevo del que nos habla Jesús. Todos nacemos con una lección aprendida, el resto lo debemos aprender. Incluso esa lección pronto se nos olvida y la hemos de volver a aprender de una forma nueva. ¿Qué lección es esa?, la infancia. El niño no aprende a ser niño, sino que lo es, sabiendo pedir y dependiendo naturalmente de los demás desde el inicio, sin saber hacer otra cosa más que jugar. Una vez que aprende a ser adulto se olvida de ser niño. Por eso nos cuesta tanto a los adultos el pedir y depender de los demás. Por eso Jesús nos dice que tenemos que aprender a ser como los niños, a nacer de nuevo. Y sólo si aprendemos a pedir y reconocer la autoridad de otros seremos buenos mayordomos en nuestros cargos que atienden con humildad y delicadeza las necesidades de los que nos piden. En caso contrario, nuestro ego engreído hará daño aún sin quererlo, como hace daño un puercoespín, sin que él lo pretenda, cuando alguien se le arrima.