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Viernes, 10 Julio 2015 16:40

Capítulo 30

CORRECCIÓN DE LOS MENORES

(RB 30)

El capítulo 30 se refiere a algo que hoy día no existe y a lo que se ha aludido en capítulos precedentes: los niños dentro del monasterio, si bien los monjes que tienen poco juicio son equiparados a ellos en la Regla. A los niños, adolescentes y adultos poco juiciosos se les reserva una corrección que puedan comprender fácilmente y que suele ser corporal. Es la forma de concretizar lo que dice nada más comenzar el texto: Cada edad y cada inteligencia debe ser tratada de una manera apropiada. Por eso, siempre que los niños y los más jóvenes, o aquellos que no llegan a comprender cuán grave es el castigo de la excomunión, cometan una falta, serán escarmentados con rigurosos ayunos o corregidos con ásperos azotes, para que se enmienden.

Dado que este capítulo nos habla de algo que ya no existe (los niños en el monasterio) y de un tipo de corrección caduca (los azotes), bien pudiéramos pensar que por qué no lo borramos. Sin embargo, siempre hay una enseñanza subyacente que nos puede iluminar si hacemos la transposición adecuada. A fin de cuentas, si nos limitásemos a meter la tijera a todo aquello que no corresponde con nuestra cultura por pertenecer a otro tiempo, a otro lugar o a una lengua desconocida, lo mismo nos quedábamos solos, sin raíces ni referencias donde mirar, pues lo que no ha sido rebatido por la ciencia, lo ha sido por la historia o ha cambiado por las costumbres o simplemente se expresa en un lenguaje o simbolismo inaccesibles. Intentemos, pues, sacarle una enseñanza.

En primer lugar vemos que la comunidad monástica es como una familia. Y en tiempos de San Benito eso quedaba todavía más claro con la presencia de niños en el monasterio, niños que vivían con y como los monjes. Como en toda familia, los adultos asumen una responsabilidad educativa sobre los niños, aunque la responsabilidad principal recaiga sobre los padres. Toda corrección oportuna sobre los niños es bien recibida, rechazando sólo las correcciones fuera de tono. ¿Y por qué? Pues porque el niño tiene una percepción de las cosas a corto plazo, lo que hace que la corrección que viene tras la falta cometida sea más comprensible para él, además de buscarse una corrección no muy teórica, sino más cercana a su comprensión. La corrección es algo que debemos integrar de una forma natural en nuestra vida, pues es propia del aprendizaje y necesaria por nuestra debilidad. No una corrección vengativa como he dicho otras veces, sino en la línea de la conversatio, que nos ayude a reorientar continuamente nuestros pasos.

Esta adaptación que busca San Benito es una invitación también a saber adaptarnos a los distintos hermanos, buscando el buen fin de lo que pretendemos sabiendo tratar a cada cual según sus peculiaridades. Hoy se rechaza la violencia en la educación de los niños, también lo hemos dicho, pues es sabido que mucha de la violencia que tienen los adultos es reflejo de la violencia vivida en su infancia. Igualmente entre los adultos la violencia conduce a la violencia. La corrección violenta es la más primaria, pues da rienda suelta a nuestra ira, la necesidad que tenemos de mostrar nuestro enfado e imponernos al otro haciéndole callar. Pero eso no es corrección ni nada que se le parezca. Estoy convencido que San Benito tampoco se refería a un correctivo físico “en caliente”. Nosotros no lo solemos hacer ni en caliente ni en frío, pero sí que mostramos a veces una violencia no física, sino verbal o gestual.

La lección principal de todo el código penal es resaltar la necesidad que tenemos de corrección, una corrección justa y adaptada a cada uno para vivir en la verdad.