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Jueves, 19 Febrero 2015 23:20

Capítulo II-6

CÓMO DEBE SER EL ABAD

(RB 2-06) 22.01.12

Vemos cómo San Benito dice que el magisterio del abad no puede apartarse de la enseñanza de nuestro único Maestro y Señor, pero al mismo tiempo toda enseñanza no deja de tener algo personal, pues Dios siempre respeta la peculiaridad de las mediaciones, como respetó la cultura y forma de expresarse de los hagiógrafos y respeta a cada cultura y grupo humano en general que le busca desde el fondo de su ser.

Lo importante de ese magisterio, aún más que el contenido de las enseñanzas en sí mismas, es saber sembrar la actitud de acogida en el corazón, provocando el deseo de responder. Lo importante es la concreción en la vida. A modo de ejemplo, vemos cómo la Biblia no teoriza sobre las virtudes o los vicios, sino que nos habla de las virtudes y vicios concretos como aquellos hábitos cuya adquisición enaltece al hombre o lo degrada. Lo importante no es el vicio o la virtud, sino el hombre afectado por el vicio o la virtud, el que vive arrastrado por el vicio o la virtud. Las especulaciones eran más propias del humanismo griego, que buscaba la perfección del hombre, de los valores, etc. La Biblia prefiere referirse a la actitud del hombre respecto al designio que Dios tiene sobre él. Por eso la enseñanza que recibimos es mucho más que conceptos o valores, es una actitud vital por la que aprendemos a intuir la presencia divina en nuestras vidas y nos esforzamos en responder a ella con coherencia y honestidad.

Continúa la Regla recordando al abad su necesaria equidad, evitando caer en la acepción o discriminación de personas que supondría anteponer el libre al esclavo, el rico al pobre, el sabio al ignorante: No haga (el abad) en el monasterio discriminación de personas. No ame más a uno que a otro, de no ser al que hallare mejor en las buenas obras y en la obediencia. Si un esclavo se hace monje, no se le anteponga el que ha sido libre, de no mediar una causa razonable. Pero si, por un motivo justo, así lo juzga el abad, que lo haga, sea cual fuere su condición; si no, que cada cual conserve su puesto, porque todos, “tanto el esclavo como el libre, somos en Cristo una sola cosa” y prestamos bajo el único Señor el mismo servicio, pues “Dios no tiene favoritismos”. Lo único que ante él nos diferencia es que nos encuentre mejores que los demás en buenas obras y en humildad. Tenga, por tanto, la misma caridad con todos y a todos aplique la misma norma según los méritos de cada cual.

Postura sabia y prudente la de San Benito, sensible al mandato de Dios y capaz de sembrar paz en la comunidad. ¿Alguien quiere destruir un grupo humano? Es fácil, basta con sembrar cizaña, sembrar la envidia y los celos prefiriendo arbitrariamente a unos sobre los otros, ensalzando a unos y rebajando a los otros, comparando a los hermanos entre sí. Eso terminará por emponzoñarlo todo, hará que todos estén más preocupados por defenderse que por vivir el evangelio. Por eso se nos pide que nos sobrellevemos mutuamente, que nos olvidemos de nosotros mismos y estemos prontos a arrimar el hombro a la carga de los demás, que reconozcamos nuestros dones como algo recibido para el bien común y el don de los demás como algo propio al formar un solo cuerpo (el ojo posibilita que el pie no tropiece cuando camina; la mano no deja de acudir en defensa del ojo cuando algo lo va a golpear, pensando que el tema no va con ella). Una comunidad que se alegra con las cualidades de los demás hermanos, viéndolas como propias, y se goza del crecimiento de los demás, es una comunidad unida que ha sabido extirpar de raíz el origen de la división: la envidia en sus múltiples formas.

El abad debe de estar muy atento para no provocar situaciones dañinas por falta de equidad, dejándose llevar de sus gustos personales, simpatías o de la “presión” de los que se creen más capacitados o con más derechos. Esta enseñanza es muy actual y profética para nuestro mundo. En el monasterio no debe prevalecer el poder personal, el atractivo humano, la cultura o inteligencia que se tenga. En el monasterio el único orden es el de la entrada en él, toda otra alteración de ese orden debe estar motivada por razones evangélicas. ¿Nos podemos hacer idea lo que podía suponer en tiempos de San Benito que uno venido de la nobleza tuviera que ir en la fila detrás de otro venido de la esclavitud? ¿Con qué lo compararíamos hoy? Hoy no hay esclavos oficialmente hablando, pero sí hay mucha diversidad de clases. Unas veces por motivos económicos, otras por motivos sociológicos o culturales, otras por el lugar de nacimiento, otras por la familia de que se viene, y otras muchas por situaciones generadas por nosotros mismos en el trabajo, la política, la imagen, etc., donde a veces resulta vergonzoso el servilismo pedido y ofrecido para medrar. Pues en el monasterio no cabe nada de eso, y el servicio mutuo debe ser fruto del amor con que los hermanos se han de obedecer los unos a los otros.

No obstante, San Benito va más allá de soluciones milimétricamente equitativas (50% de hombres y de mujeres, de nativos y de extranjeros, de blancos y de negros, de nobles y de pobres), pues éstas pueden ser injustas, ya que sólo se fijan en un aspecto de la realidad. La verdadera equidad no sólo tiene en cuenta un aspecto, sino el conjunto de aspectos que conforman la realidad. Y así como hay que dar de comer a todos, pero no todos pueden comer la misma cantidad, así sucede con todo lo demás. Él sabe que no todos somos iguales ni tenemos las mismas cualidades y necesidades. Sin duda que desea se coloque a cada cual ahí donde mejor puede servir a la comunidad. Ahora bien, sus criterios últimos son otros diferentes a los de la eficacia y el pragmatismo o la rentabilidad. Por eso no duda en quitar de su oficio a los artistas del monasterio si se vanaglorian, aunque se pierda dinero, lo que equivaldría a quitar de su cargo a aquel que se cree indispensable y menosprecia a los demás por no ser tan habilidosos como él. Los méritos que interesan a San Benito son los que brotan de una autenticidad de vida. Más valdría no tener cualidades que tenerlas y no ponerlas humilde e incondicionalmente al servicio de los hermanos. Si uno es ciego y se tropieza, merece compasión. Pero si uno se tropieza porque sus ojos perezosos no quieren molestarse en abrir los párpados, eso tiene delito. Eso pasa con la comunidad y las cualidades de sus miembros. No podemos olvidar que no somos dueños de lo que se nos ha dado, ni podemos justificar nuestra pasividad por el temor a no tener éxito. Los dones recibidos no dependen de nosotros, pero su desarrollo y el uso que hagamos de ellos sí dependen de nosotros. Esta actitud del corazón es la que le interesa a San Benito.

En este sentido San Benito se fijará en los méritos de cada uno y seguirá las palabras del Señor: al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener. Y es que los dones de Dios necesitan ejercitarse para no anquilosarse. ¡Cuántas veces nos viene la tristeza porque vemos que otros son más reconocidos que nosotros, sin darnos cuenta que la gente acude a aquél que está disponible y no al que más tiene! Si han venido a nosotros y hemos escurrido el bulto, si nos han encomendado una cosa y la hemos hecho mal y de mala gana, si han pedido nuestra colaboración y hemos resultado una carga para los demás poniendo toda clase de pegas en lugar de trabajar, ¿cómo nos sorprende que poco a poco nos vayan dejando de lado y cuenten menos con nosotros? Cada uno cosecha lo que siembra. Es normal también que el abad recompense de alguna manera a los hermanos que se entregan con generosidad, que tienen buen espíritu, que son constructores de la comunidad creando paz y unidad, que ayudan a los demás viviendo con entusiasmo su vida de oración y de servicio. Y la misma comunidad es la que los recompensa confiando más en ellos y sintiéndose a gusto cuando tienen cargos de responsabilidad. Esto sucede en todo grupo humano. Y es bueno que no perdamos de vista eso para no dormirnos confiados en una supuesta superioridad por las cualidades recibidas, pues en ese momento estaremos minando la razón por la que se nos ha puesto en un lugar más relevante.

Es humano que el abad sienta cierta predilección por los más entregados, por los sencillos, por los que responden en aquello que se les encomienda, sea cosa grande o pequeña. Esta predilección es diferente a la que debe tener por los más débiles. El celo pastoral impulsa a dedicar mayor atención a los que más lo necesitan, por su fragilidad o incluso por su pecado. Hay una predisposición humana natural hacia el enfermo, el anciano, el pobre, el débil, como hay también una predilección que surge de los afectos personales o simpatías naturales, pero San Benito se refiere aquí a otro tipo de predilección, a la que es fruto de la respuesta positiva y evangélica del individuo. Yo creo que todos comprendemos fácilmente esa predilección y ello no rompe la unidad en la comunidad, aunque siempre pueda suscitar celos en los envidiosos, mientras que son causa de estímulo para los que desean entregarse.

 

Todo esto es aplicable también a la comunidad en su responsabilidad sobre todos y cada uno de los hermanos. La comunidad misma suele ensalzar a los que más se entregan y viven desde el Espíritu, y no les resulta molesto si el abad les encomienda misiones representativas, pues ellos se sienten representados. La equidad, consiguientemente no es mera igualdad matemática, sino que está en función de la respuesta de cada cual.