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Jueves, 19 Febrero 2015 23:19

Capítulo II-5

CÓMO DEBE SER EL ABAD

(RB 2-05) 15.01.12

San Benito considera al abad como padre, pero también le atribuye el apelativo de maestro, un maestro de los antiguos, de los clásicos, de los que no sólo enseñan, sino que transmiten vida. Esa imagen es muy desconocida en la actualidad. Hoy el maestro es un profesor que transmite unos conocimientos durante unas horas de clase y después no se le vuelve a ver. En el mejor de los casos puede acompañar a algunos alumnos en estudios más profundos (tesis, investigación), pero no suele ir más allá del campo académico. Los chavales tampoco es que tengan muchas oportunidades de tener maestros de vida en la propia casa, pues principalmente el trabajo de los padres y las horas extras de los hijos (música, ballet, idiomas, etc.) lo impiden. Es cierto que para transmitir algo no se necesita estar juntos mucho tiempo, pero la convivencia prolongada provoca una enseñanza como por ósmosis y de forma profunda, especialmente en los niños.

Por eso la RB es bien clara: el abad tiene esa misión de maestro, que debe realizar de palabra y con el ejemplo de su vida, especialmente de esta segunda forma. Así nos dice: Por tanto, cuando alguien acepta el nombre de abad, debe preceder a los discípulos con una doble enseñanza, es decir, que muestre todo lo que es bueno y santo con hechos más bien que con palabras, de manera que, a los discípulos capaces, les proponga los mandamientos del Señor con palabras, a los duros de corazón, en cambio, y a los más rudos, les enseñe los preceptos divinos con sus obras. Y a la inversa, cuanto haya enseñado a los discípulos que no está bien, muéstreles con su conducta que no deben hacerlo, no sea que, predicando a los otros, resulte que él mismo sea reprobado, y que un día le diga Dios viéndolo en falta: “¿Por qué recitas mis preceptos y tiene siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi corrección y te echas a la espalda mis mandatos?” Y también: “Tú que veías la mota en el ojo de tu hermano, no has visto la viga en el tuyo”.

¿Por qué insiste San Benito en la importancia del ejemplo? Además de por la necesaria coherencia de vida del abad, la Regla nos da otra razón interesante: por la diversidad de los hermanos: “a los discípulos capaces les propondrá los preceptos del Señor con sus palabras, pero a los duros de corazón y a los simples, el abad les hará descubrir los mandamientos de Dios con su propia conducta”. Una vez más el abad debe estar en función de los hermanos, son éstos el centro y su razón de ser. De hecho, si se le llama “abad” es porque hay unos hermanos de los que es abad. Sólo se es padre si se tiene hijos. Es la figura de un abad que deja en segundo plano su dimensión de “representatividad protocolaria” hacia el exterior; el abad es ante todo para su comunidad, aglutinador de la misma e impulsor de sus valores. Un trabajo que debe realizar con el ejemplo.

El abad es un maestro que no puede enseñar otra cosa que lo que ha oído al único Maestro y Señor. Maestro que debe estar muy vigilante para no ponerse delante del auténtico Maestro que es el que enseña a los hermanos. De ahí la necesidad de que en su magisterio esté atento no sólo a lo que él puede aprender directamente en su formación o experiencia, sino a lo que el Espíritu puede estar manifestando en la comunidad y en cada uno de los hermanos. Ese trabajo es siempre muy difícil para todos, pues exige descentrarse de sí mismo, guiando a los demás a un centro que no es el propio centro. Fijaros que muchos de nuestros enfados vienen porque no alcanzamos a comprender esto, estamos tan seguros de nuestra verdad, de nuestro magisterio, que nos cuesta aprender de los demás y de lo que el Espíritu puede estar pidiendo más allá de nuestra propia sensibilidad. El abad es un maestro que debe enseñar a caminar, no a imitar. Y para enseñar el camino, también es cierto, él lo ha debido recorrer primero, o al menos conocer y vivir.

La Regla insiste en que el abad no puede ser un maestro que haga aquello que dice no se debe hacer. Esto es algo que nos puede hacer meditar a todos, y en primer lugar al abad, al que se dirige directamente este capítulo. Todos sabemos que el ejemplo atrae más que las palabras. Y todos sabemos que los consejos del que los da y no los vive son como el ruido que hace el viento, no se le hace ni caso. Sin embargo, no es infrecuente que actuemos así. Quizá no se haga tanto  por maldad cuanto por el reflejo del “padre” que todos llevamos dentro, que quiere que su hijo haga todo lo que él no supo o no pudo hacer. Por eso, se busca ejercitar ese magisterio falto de ejemplaridad con los que consideramos más débiles, especialmente con aquellos que todavía no nos conocen. Nos molestan los defectos de los aprendices y los colmamos de consejos, orientaciones, directrices, cuando no de correcciones inoportunas, mandatos, etc., y todo ello sin que nadie nos haya encomendado misión alguna. En esto solemos ser injustos, exigiendo a los otros lo que nosotros no hacemos, y tanto más exigimos cuanto menos hacemos. Ya Jesús recordaba con dolor que los letrados y fariseos ponían cargas muy pesadas sobre los demás y ellos no las sostenían ni con un dedo. Esta actitud no sólo es estéril, haciendo ineficaz la palabra dicha, sino que es contraproducente, pues genera crispación y deseos de hacer lo contrario.

Y yo, como abad, escucho esto y me echo a temblar. Vosotros, a fin de cuentas, podéis decir: como no soy ejemplar, no tengo porqué corregir a los demás, les dejaré vivir pidiéndoles que también ellos me dejen vivir. No creo que ésa sea una postura evangélica, pero aún parecería razonable. El abad, sin embargo, ¿qué escapatoria tiene? Si habla, mal, y si calla, peor. ¿Qué hacer entonces cuando no alcanza la rectitud de vida que debiera tener, siendo ejemplo y estímulo para los hermanos? Quizá la única salida sea el reconocimiento de la propia flaqueza cuando deba predicar lo que él no consigue vivir plenamente. Lo que resulta insoportable es la hipocresía, y aún más la hipocresía exigente, que ve la paja en el ojo ajeno y no ve la viga en el propio, o que pone pesadas cargas sobre los demás sin estar dispuesto a arrimar el hombro. Otra cosa es arrimar el hombro y caerse o reconocer la propia viga al intentar ayudar a otros. Creo que todos somos conscientes de nuestras debilidades y eso no nos echa atrás. Sí, debemos ser maestros los unos para con los otros, ofreciendo eso que la luz del Espíritu nos da a conocer, pero maestros moldeados por el sufrimiento que da la propia incoherencia; sufrimiento sincero y no sólo actitud justificadora. Cuando tomamos conciencia humilde de ello, nuestro magisterio se caracteriza por el reconocimiento de la propia flaqueza y por la mansedumbre y respeto al otro al enseñar, sin actitud arrogante, mostrando comprensión y compasión en la enseñanza y en la corrección.

 

La labor de la enseñanza, por lo demás, es también un don. Todos sabemos, hemos aprendido y tenemos nuestras propias ideas que podemos compartir. Pero en la comunidad cristiana el Espíritu distribuye sus dones según le parece. Y en el monasterio el carisma del magisterio le corresponde de forma especial al abad. No se trata de pretender un sometimiento acrítico de los hermanos, sino de vivir desde una dimensión de fe que es lo que sostiene a la comunidad. ¿Vosotros creéis que podemos mantenernos unidos en nuestras diferencias si no es por la presencia del Espíritu en medio de nosotros? La comunidad cristiana es un verdadero milagro. Pero como no hay que tentar a la gracia, debemos trabajar por construir esa comunidad. Para ello hay que empeñarse en tener una visión común, que no es un pensamiento único, pero sí una visión que nos une a todos, aun manteniendo nuestras sensibilidades particulares. Los Hechos de los Apóstoles nos hablaban de tener un mismo corazón, pensando y sintiendo lo mismo (Hch 4, 32). Y en esa visión común tiene mucho que ver el abad, abierto a escuchar a todos y a proponer un mensaje que aglutine a la comunidad en una búsqueda sincera de lo que el Espíritu nos puede estar pidiendo en cada momento.