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Jueves, 19 Febrero 2015 23:19

Capítulo II-4

CÓMO DEBE SER EL ABAD

(RB 2-04) 11.12.11

En este capítulo hay un pasaje que no sé muy bien si debe tomarse en broma o en serio. Tomarlo a broma parece irrespetuoso, pero tomarlo en serio es motivo más que suficiente para que el abad presente la dimisión de una forma inmediata e irrevocable: Recuerde siempre el abad –nos dice la Regla- que de su doctrina y de la obediencia de los discípulos, de ambas cosas, se ha de hacer examen en el tremendo juicio de Dios. Y sepa el abad que el pastor será plenamente responsable de todas las deficiencias que el padre de familia encuentre en sus ovejas. Con este aviso no sé qué escapatoria puede haber. Vale que uno tenga que dar cuenta de sus obras y afrontar las consecuencias de sus debilidades, ¿pero que tenga que cargar también con las de los demás? A cualquiera le parecería excesivo.

La Regla del Maestro va todavía más lejos, insistiendo en que los monjes pueden estar tranquilos, ellos no van a padecer ningún juicio final, todo cargará sobre las espaldas del abad. ¿Por qué? Su razonamiento es elemental: si los monjes no hacen más que obedecer al abad, recae sobre éste toda la responsabilidad de sus actos. Bueno, ya vemos que no todo es tan sencillo, se pone como condición una obediencia sincera, y eso no siempre se da. En derecho podemos hablar del eximente de la obediencia debida. Si lo que me mandan no es correcto, el que tiene la culpa es el que manda. Eso es verdad, pero hasta un punto, pues nunca perdemos totalmente la  responsabilidad de nuestros actos. En cualquier caso San Benito no concibe que el abad pueda mandar algo en contra de la ley divina, por lo que no introduce los casos de conciencia, si bien es cierto que no se olvida de su debilidad cuando le avisa en otro lugar que no se deje llevar por preferencias, envidias, celos, etc.

Ante eso hay alguno que podría buscar una solución más completa: negar el juicio futuro de Dios, pues Dios es “tan bondadoso”…,  y así pueden estar tranquilos no sólo los monjes, sino también el abad. Bastaría con suprimir ciertos pasajes del evangelio y reinterpretar otros, y todos tranquilos. Aunque también es cierto que eso podría llenar de gran frustración a los que sufren la injusticia en sus carnes sin que nadie los escuche, pues no sólo tendrán que quejarse que en este mundo no hay justicia, sino que tampoco podrían esperarla en el venidero.

La Regla encuentra un atenuante para el abad: Pero, a su vez, puede tener igualmente por cierto que, si ha agotado todo la diligencia de pastor con su rebaño inquieto y desobediente y ha aplicado toda suerte de remedios para sus enfermedades, en ese juicio de Dios será absuelto como pastor, porque podrá decirle al Señor con el profeta: “No he guardado tu justicia en mi corazón, he manifestado tu verdad y tu salvación; pero ellos me desdeñaron y despreciaron”. Y entonces, finalmente, que la muerte misma triunfe como castigo sobre las ovejas rebeldes a sus cuidados.

El mensaje para el abad es claro. Él es responsable de la misión que le han encomendado. Si es abad debe ejercer como abad. No puede callar cuando ha de hablar. No se puede escudar en que los hermanos son mayores de edad y libres. Ciertamente que lo son y deben responder, pero él tiene la misión de orientar, de avisar, de animar, de enseñar. Dos son las misiones del abad: debe ejercer como abad y debe hacerlo con acierto. Si no actúa, mal. Si actúa mal, de él es la responsabilidad de las consecuencias negativas que sus actos tengan en su comunidad. En este sentido sí que tiene, al menos, cierta responsabilidad de la marcha de los hermanos y de la comunidad en su conjunto.

Y no le basta con “cumplir” hablando y actuando de vez en cuando, sino que “ha de agotar todas las posibilidades que estén a su alcance, aplicando toda suerte de remedios”. Este mensaje recuerda el aviso evangélico sobre la sal sosa o la luz que se oculta, o la imagen clásica utilizada por San Bernardo de los perros mudos que no realizan su misión. El abad tiene una responsabilidad clara y no puede disimularla. Pero al mismo tiempo su responsabilidad no oculta la de los hermanos, pues la misma actitud de obediencia que tiene que tener el abad para seguir los mandatos del Maestro y enseñar su doctrina, es la actitud de obediencia que se pide a los hermanos. Ninguno somos plenamente autónomos, señores absolutos con la potestad de decidir según nuestra conveniencia. Todos tenemos una obediencia debida. Pero todos juntos debemos descubrir que esa obediencia sea a la verdad de Cristo, pues todos estamos llamados a buscar la única “voluntad de Dios”, no siempre fácil de descifrar. Por eso la obediencia siempre debe ir acompañada de la actitud de escucha, tanto por parte del abad como de los hermanos, aunque al final el abad asuma el riesgo de la última palabra.

Se nos presenta el reto de armonizar la obediencia religiosa y la responsabilidad personal. Somos libres al tomar la opción religiosa de obedecer, haciendo incluso un voto, pero eso no nos dispensa de tener que hacer una opción libre en cada momento concreto. Es lo que hoy se denomina obediencia responsable. Hemos elegido obedecer, pero de forma adulta, esto es, tomando conciencia de lo que se nos pide y asumiéndolo con responsabilidad y con espíritu de fe. El monasterio no es un cuartel ni una escuela de niños, pero tampoco una comunidad de vecinos sin espíritu de fe. No se busca tener a los hermanos bajo un férreo control que los anule, sino guiarlos y estimularlos para que escuchen y respondan.

En definitiva, todos somos responsables de nuestros actos y el juicio que vamos a tener no será sólo tras la muerte, donde seguro que la misericordia divina vendrá en nuestra ayuda. Hay un juicio sobre nuestros actos más inmediato: sus consecuencias en nuestra vida. Con razón se dice que en el pecado está la penitencia. Por eso mismo afrontar las consecuencias y el dolor de nuestro pecado es afrontar responsablemente nuestros actos. Cuando no damos amor, ¿cómo esperar recibir amor? Así sucede con todo. Aceptar con madurez la consecuencias de nuestros actos nos hace más responsables y nos ayuda a tomar conciencia de lo que hacemos.

Pero para aceptar las consecuencias hay que tener capacidad de reconocer lo que hacemos, asumir la responsabilidad que hemos tenido en ello sin descargarla sobre los demás. Es tratar de vivir en la verdad de nuestra vida, esa que un día quedará patente como un libro abierto ante los ojos de Dios y de todos. Si tratamos de vivir en la verdad seremos capaces de asumir nuestro pecado y de buscar la defensa no en nuestras obras, sino en la misericordia de Dios. Es lo único que le queda hacer al abad ante semejantes exigencias de la Regla.

Esto que puede resultar exagerado tiene, sin embargo, un papel pedagógico importante: evita la arrogancia y deja abierta una puerta a la esperanza. Quien se ve con autoridad puede ejercerla arrogantemente en su propio provecho, pero no lo hará así si sabe las consecuencias que conlleva esa autoridad. Al ejercer la autoridad uno se ve frágil y con la posibilidad de equivocarse o no hacer lo suficiente, en cuyo caso siempre queda la esperanza de ser juzgado no según sus aciertos, sino según la misericordia divina. Eso mantendrá al abad sobre aviso al ejercer su autoridad, siendo consciente de su responsabilidad, y le mantendrá humilde ante su debilidad. Los hermanos, por su parte, deben evitar tanto una visión excesivamente “natural” de la autoridad abacial –juzgándolo por sus meras cualidades humanas y aciertos- como excesivamente “sobrenatural”, atribuyéndole una representación de Cristo exagerada que no tenga en cuenta sus acciones, ejemplo y cualidades.

 

Verdaderamente la ecuanimidad de San Benito es notoria cuando habla de la autoridad religiosa y de muchas otras cosas, por lo que no es de extrañar los muchos siglos que lleva vigente.