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Jueves, 19 Febrero 2015 23:18

Capítulo II-3

CÓMO DEBE SER EL ABAD

(RB 2-03) 04.12.11

                La enseñanza del abad según la RB no se ha de basar en sus opiniones, sino en la figura de Cristo y en su doctrina, dando lugar a un ejercicio adulto de la paternidad que busca el crecimiento de los discípulos antes que el propio reconocimiento. Nos dice: El abad no ha de enseñar, establecer o mandar cosa alguna que se desvíe de los preceptos del Señor, sino que tanto sus mandatos como su doctrina deben extender en los corazones de los discípulos la levadura de la justicia divina. Extender en los corazones la levadura para que ella misma fermente la nueva vida. Acción del abad y acción de los hermanos, pues la acción de una parte de nada vale sin la receptividad de la otra.

Dice un autor: “Para cumplir su misión, el abad debería estar tan penetrado de la Palabra de Dios, que llegara a ser él mismo palabra viva y dispensador del Espíritu. Pero los monjes, a su vez, deberían tener un espíritu de fe tan arraigado que incluso penetrara hasta las debilidades e imperfecciones de su abad”. Yo creo que si los monjes tienen que tener ese espíritu de fe grande, no es menor el que tiene que tener el mismo abad, pues conociéndose a sí mismo, sabiendo sus limitaciones y carencias, se pregunta más de una vez: ¿por qué le han cargado a él con ese compromiso?, deseoso de vivir su vida sin tener porqué estar encima de la vida de los demás. Sin embargo, tiene que realizar su misión desde la fe, se le haga caso o no, se le acepte o no, y además teniendo que adaptarse a la mentalidad y sensibilidad de cada uno, sin poder escudarse en la actitud de los hermanos para con él. Pero todo ello hemos de verlo creyendo en la presencia de Dios en nuestras vidas, sabiendo que es él el que va generando la vida en nosotros y nos va moldeando según su imagen.

Y si profundizamos en esta figura de la autoridad, quizá descubramos que tiene algo que decir en un mundo en el que sabemos se persigue el poder alocadamente, y cuando se alcanza se ejerce imponiendo los propios principios y valores a los demás.

Cuando la RB se refiere al abad como padre, está situando el concepto de autoridad en un lugar muy concreto, lo une a la actitud de Cristo y de Dios en toda la Escritura. En la Biblia se asemeja a Dios con un padre o una madre que engendra vida sin dejar de respetar la libertad de sus hijos. Es un concepto de autoridad que nada tiene que ver con el concepto de poder que solemos tener. Además, el abad debe centrarse en ser transmisor del mensaje de amor de Dios hasta hacer que prenda en cada uno de sus hermanos. Nada tiene que ver con la imagen de un señor feudal, y sí con la de un Cristo maestro que muestra el camino y siente predilección por los más débiles. Nuestra tendencia a rebotarnos nos lleva a los extremos, perdiendo el sentido genuino de las cosas. El Evangelio propugna una autoridad sin autoritarismos y sin diluirse en complejos, sino más bien una autoridad moral que surge del acto de dar vida, que es un amor maduro capaz de servir a quienes se preside.

Si trabajamos el concepto de autoridad en este sentido, haremos de la autoridad benedictina un signo profético ante la prepotencia de los que sumidos en el materialismo dejan poco espacio a los más débiles. Recibir el ministerio de la autoridad no es malo, servirse de la autoridad es prostituirla, es pretender ocupar el lugar que sólo a Dios corresponde y atentar contra la dignidad del otro. Es difícil ser verdaderamente humilde en la adversidad, cuando faltan las cualidades o se experimenta la marginación, pero lo es todavía mucho más mantenerse humilde en la prosperidad. ¡Qué pronto se nos olvida que todo lo hemos recibido como un don para el servicio de los demás! Un superdotado puede maldecir su condición al ver el abismo que le separa de los demás, e incluso los puede llegar a despreciar. ¿Pero quién le ha dicho que no puede abajarse y poner todos sus talentos al servicio de los demás sin tener que juzgarlos? Esto le haría más feliz que maldecir los inconvenientes de estar en un nivel superior.

El que está investido de autoridad de cualquier tipo, debe saber que lo suyo es ayudar a que germine en los demás la semilla que recibieron –la levadura de la que nos habla San Benito-, sin estar obsesionado por cómo queda su propia imagen. Pero esto es difícil. Requiere madurez y no ensimismamiento. Solo es posible si se ama al otro por sí mismo en gratuidad, buscando más el crecimiento personal del hermano que la mera sumisión. Al final este camino da una autoridad moral que nunca proporcionará el autoritarismo.

Esa autoridad no sólo la ejerce el abad, sino toda la comunidad. Así como la comunidad es maestra con su forma de actuar, también es madre. Tomar conciencia de ello nos puede ayudar mucho. Con frecuencia nos puede desesperar el mal funcionamiento de tal o cual cargo y pedimos se quite a ese hermano o se le enseñe o corrija con energía. Os invito a que nos miremos de forma distinta, que busquemos sacar lo mejor del hermano con paciencia infinita. Esto supone además de paciencia mucho desprendimiento de uno mismo, no juzgando al otro según mi propia constitución y cualidades, sabiendo que otros tienen cualidades que yo no tengo y quizá también nosotros les pongamos nerviosos.

Si la comunidad trabaja en fomentar lo mejor de cada uno, en ayudarle a crecer en aquello que está realizando, sin fijarse tanto en su fallos, entonces será una comunidad capaz de generar vida, que ejerce una autoridad paternal sin paternalismos, exigente desde el amor al mismo tiempo que paciente, teniendo a raya el deseo de imponernos que todos llevamos dentro. Y a aquellos que se ponen más nerviosos ante la lenta evolución de los hermanos, les digo que tengan por seguro que actuando así al menos van a lograr un beneficio personal: su propio crecimiento en paciencia, acogida y gratuidad; y probablemente también contribuyan al crecimiento del hermano al saberse acogido, pues todos nos sentimos mejor cuando nos sabemos aceptados. Estos beneficios son mucho más importantes para la comunidad que el conseguir que las cosas resulten siempre bien hechas, lo que suele ser sinónimo con frecuencia de ser hechas como a mí me gustan. No siempre lo efectivo es el camino más corto.

 

Pero para poder acompañar debidamente a otros, en el respeto de su libertad, hemos tenido que hacer nosotros el camino previamente en ese desapego del corazón. Cuando la autoridad se consigue por las lisonjas y alabanzas para con otros de mayor autoridad, algo muy propio en ambientes laborales, políticos o eclesiales, difícilmente podremos ejercer una autoridad madura, pues la hemos obtenido desde nuestra propia necesidad. Y con esto no estoy invitando a tratar con menosprecio a los que están investidos en autoridad para hacer gala de una supuesta madurez que no busca medrar con alabanzas. Basta actuar desde el respeto y el propio trabajo personal, respondiendo a la exigencia interior que cada uno tiene.