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Jueves, 19 Febrero 2015 15:04

Capítulo I-3

LAS CLASES DE MONJES

(RB 1-03) 23.10.11

El tercer género de monjes, y pésimo por cierto, es el de los sarabaítas. Así es como se refiere San Benito a esta clase de monjes. La palabra “sarabaíta” parece que viene de un término copto compuesto (sar-abet) que viene a significar algo así como disperso en el monasterio o en relación con el monasterio, esto es, el que vive en una cabaña propia o, como diríamos ahora, “el que va a su bola”, “por libre”.

Casiano se refiere a ellos como los que se apartan de la vida común preocupados sólo del cuidado de sí mismos. Para él son “los peores de todos los monjes”, infieles, vástagos de Ananías y Safira, farsantes, cismáticos, herejes, faltos de disciplina, de humildad y de obediencia; e inferiores en todo a los auténticos cenobitas (cf. Colaciones 18, 7). En realidad, Casiano no hace sino seguir a San Jerónimo que, con su pluma afilada, describe a algunos pseudomonjes de la época -como también hará con ciertos sacerdotes- en su famosa carta 22, y por lo que fue perseguido cuando murió su protector el papa. Esto es lo que dice de ellos Jerónimo: “Es el género de monjes más detestable y despreciado (…). Estos habitan de dos en dos, o de tres en tres, o pocos más; viven a su albedrío y libertad, y parte de lo que trabajan lo depositan en común para tener alimentos comunes. Por lo general, habitan en ciudades y villas, y, como si fuera santo el oficio y no la vida, ponen a mayor precio lo que venden (…). Viviendo de su propia comida, no sufren sujetarse a nadie. Suelen tener competición de ayunos, y lo que debiera ser cosa secreta, lo convierten en campeonatos. Todo es entre ellos afectado: anchas mangas, sandalias mal ajustadas, hábito demasiado grosero, frecuentes suspiros, visitas de vírgenes, murmuración contra los clérigos y, cuando llega una fiesta algo más solemne, comilona hasta vomitar (Ep. 22, 34).

A juicio de Colombás, Jerónimo y Casiano exageran un poco, y con ellos la RB aunque en menor medida, al no aceptar otro tipo de vida monástica diferente al cenobítico. De hecho, son conocidas algunas comunidades que llevaban ese estilo de vida y a las que nada se les puede reprochar. Según Steidle, se trataba de monjes urbanos, establecidos junto a las basílicas, que no rompían sus contactos con el mundo y se rapaban el pelo para aparecer como esclavos de Cristo.

Sea como fuere, San Benito nos pone sobre aviso de una realidad que se puede deslizar sutilmente en una vida consagrada o comprometida. Un estilo de vida bastante cuestionable aunque tenga apariencia de virtud. San Benito continúa refiriéndose a ellos diciendo: sin haber sido probados por ninguna regla maestra de vida como el oro en el crisol, sino blandos como el plomo, guardando todavía fidelidad al mundo con sus obras, manifiestan con su tonsura que están mintiendo a Dios. De dos en dos o de tres en tres, e incluso solos, sin pastor, encerrados no en los apriscos del Señor, sino en los suyos propios, tienen por ley la satisfacción de sus deseos, pues todo lo que piensan o deciden, dicen que es santo, y lo que no les agrada, lo consideran ilícito.

Estas son las cosas que les caracterizan:

·         No han sido probados, por lo que se mantienen blandos como el plomo

·         Sus obras delatan que se mantienen fieles al espíritu mundano, con lo que están engañando a todos, pues viven así mientras llevan alguno de los signos propios de los monjes (tonsura, hábito, se atribuyen el nombre de monje).

·         Se juntan en grupos pequeños sin someterse a un superior ni a una regla de vida, dejándose llevar por lo que les apetece.

Podemos ver aquí reflejados diversos momentos en el camino espiritual. Cuando uno comienza, desea aprender, manifiesta su deseo de alejarse de los vicios que le esclavizan y se abre a la obediencia como guía segura. Pero si no pasa por la prueba, ese impulso inicial se apaga pronto. Todos tenemos muchas y diversas pruebas a lo largo de la vida. Algunas las superamos con entereza, mientras que otras nos hacen caer. Pero las más peligrosas no son éstas, que a fin de cuentas nos pueden hacer crecer en humildad si las reconocemos. Las más peligrosas son las que se enquistan, aquellas que no nos decidimos a afrontar y que van quedando ahí como una enfermedad crónica que debilita nuestro ser, siendo un lastre en nuestro camino. En estos casos, como eso puede resultar una carga demasiado grande para la propia conciencia, pronto aparece la necesidad de justificarse, echando la carga de la culpa sobre los demás, sin desprendernos de lo que nos frena ni reconocer la propia debilidad.

El paso por el crisol que robustece suele ser lento, como también lo es el que nos ablanda como el plomo. Nadie se purifica en un instante y nadie se echa a perder en un instante. Es todo un proceso lento formado por las diversas respuestas que vamos damos ante las pruebas de cada día. Un proceso en el que nos fortalecemos o nos debilitamos según sean nuestras opciones. Si el que se deja acrisolar termina corriendo sin tanto esfuerzo –como nos dice San Benito-, el que se deja “ablandar” por la comodidad entra poco a poco en una maraña de lazos que primero le hacen disimular ante los demás, para terminar pensando de la misma forma que actúa, defendiendo ya abiertamente sus postulados, llamando bueno lo que le apetece y juntándose con otros de su misma condición.

Este es un pecado de idolatría en el que nos construimos un dios a nuestra imagen. Es lo que hizo el pueblo de Israel en el desierto, desconfiando del Dios de Moisés que, subido en el monte tardaba en bajar, por lo que decide hacerse un becerro de oro, común en aquel entonces, esto es, un dios a su medida. También el monje afronta el desierto con el mismo deseo de buscar a Dios, pero no pocas veces la impaciencia, la tardanza, la inseguridad, le llevan a endiosar su imaginación, sirviéndola dócilmente. Es entonces cuando viene la tentación de acomodarse, de vivir una religiosidad sin compromiso, cumpliendo con las obligaciones litúrgicas e incluso haciendo limosna, pero habiéndose enfriado la escucha del corazón y la entrega personal al Dios que llama en lo profundo de cada uno. Lo que les falta a los sarabaítas es escuchar la llamada divina que resuena en su interior en el momento de la prueba. A veces resulta difícil discernir entre el deseo de las propias ilusiones o el capricho de la propia voluntad y el impulso del Espíritu que habla en un corazón abierto y dócil. La prueba, y sólo la prueba que acrisola, es la que muestra la dureza y calidad de los metales, y eso lleva su tiempo. Necesitamos la prueba para conocernos y para hacer un camino espiritual auténtico que no sea mera ilusión.

La instalación en la flacidez del acomodamiento es muy doloroso para los demás. Instalarse en los propios caprichos, en la defensa a ultranza de las propias posturas, razones o deseos, termina enfriando las relaciones fraternas. Quizá se mantengan los buenos modos, pero de poco valen si se sabe que no hay verdadera comunión y apertura al otro. Es entonces cuando dejamos a tal o cual hermano “por imposible”, lo que aparentemente él desea, pero que tiene consecuencias nefastas, pues si no hay mayor desprecio que el no hacer aprecio, ¿cómo podremos sentirnos amados cuando ya no somos tomados en cuenta ni siquiera para ser corregidos? Con razón, entonces, el sarabaíta se va alejando de la comunidad física o afectivamente, buscando hacer grupo con otros, de dentro o de fuera, que le halaguen el oído.

 

Tanto los anacoretas como los sarabaítas se alejan de la comunidad, pero sus motivaciones son muy diferentes, como también lo son sus lazos afectivos y espirituales con los hermanos. Los primeros buscan de corazón a Dios y han tenido la paciencia de dejarse forjar en la comunidad. Los segundos comienzan con ilusión, pero no tienen raíces, y pronto dan los frutos de la impaciencia y la poca consistencia, buscando más sus propios deseos que el trabajo lento de ir construyendo su edificio. La definición más incisiva es la que les da la Regla: son “blandos” como el plomo. Una blandura que, no obstante, no debemos confundir con los momentos de desánimo, cansancio o sentimiento de inutilidad que aparecen en el camino espiritual durante alguna etapa de la vida.