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Jueves, 19 Febrero 2015 15:02

Capítulo 1 (1)

LAS CLASES DE MONJES

(RB 1-01) 21.08.11

Después de presentar en el Prólogo su “ideario” de vida monástica, San Benito especifica en el capítulo primero de la Regla a quiénes se quiere dirigir en primer lugar. Para ello nos expone también los diversos tipos de monjes que él conoce y el juicio que le merecen: Es manifiesto que hay cuatro géneros de monjes. El primero es el de los cenobitas, es decir, los que viven en un monasterio y militan bajo una regla y un abad.

Los cenobitas se caracterizan porque forman una comunidad, viven en un monasterio y se someten a una regla de vida y a una autoridad. La dimensión comunitaria que permite unas relaciones fraternas y el sometimiento libre de la propia voluntad son los elementos esenciales para ser un monje cenobita. Ciertamente que se podrían haber indicado otras características, pero se mencionan esas porque este capítulo sólo trata de ensalzar el estilo de vida monástico cenobítico frente a otras formas con las que San Benito parece que tuvo mala experiencia. En cualquier caso lo que aquí se resalta son aspectos verdaderamente esenciales.

No es tan importante el hecho de vivir en una “casa” cuanto el vivir en comunidad, aunque una cosa parece llevar a la otra. Esto se comprende fácilmente por el hecho de que los monjes son vistos muy pronto –y Casiano insiste en ello- como los que desean vivir como la primera comunidad cristiana, en contraste con una Iglesia del siglo IV que, gozando de un apoyo imperial, se va desvirtuando en sus relaciones sencillas y profundas de los primeros cristianos que lo compartían todo como hermanos. Esta idea de ser continuadores e imitadores de la primera comunidad cristiana será una constante en toda la historia del monacato, recobrándose con fuerza también en su gran desarrollo en los siglos XI y XII. El mandato de Jesús de amarnos mutuamente y su misma vida que compartió con la comunidad de los apóstoles, invitan claramente a la vivencia del evangelio en comunidad. Por eso Casiano, que tanto añoraba la vida anacorética que experimentó durante años en Egipto, se ve obligado a afirmar que incluso “cronológicamente” el cenobitismo es primero, como lo vemos en la “comunidad de Jerusalén”.

San Benito era una persona de mesura y discreción. No busca super monjes, sino llevar a todos a vivir una vida evangélica. Encuentra que la vida comunitaria es la más apta para la mayoría. No está reservada a una élite de privilegiados, sino que resulta la más apropiada para muy diversos tipos de personas, pues la comunidad enseña, sostiene, anima, corrige,… Vivir con otros supone también renunciar a constituirnos en nuestra propia ley, salir de nosotros mismos y buscar un yo comunitario más cercano a la revelación de Dios-Trinidad.

El vivir bajo una regla y un abad es la otra característica fundamental. El camino espiritual siempre se ha presentado en una actitud dialógica, la relación con un tú que me interpela, que me propone, con el que me relaciono. Es una especie de diálogo misterioso con el Dios que nos inquieta poniéndonos en movimiento, nos sostiene con la intangible presencia de su Espíritu y nos atrae hacia él. Pero eso que se realiza en lo profundo de uno mismo, exige una concreción que nos evite caer en ilusiones y nos permita contrastar y discernir. Sólo teniendo un interlocutor visible podemos concretar con garantías el diálogo interior que, de lo contrario, se podría convertir en un monólogo en forma de diálogo –donde uno mismo se cuestiona y se responde-, pero sin un verdadero otro que nos interpele. Ese sería el papel del anciano espiritual que enseña y acompaña y que siempre ha estado ligado a la vida monástica. Junto a él se encontraría la regla como el camino ya experimentado por otros que, aún necesitando una hermenéutica como todo lenguaje humano, revela los entresijos del corazón humano y de las relaciones comunitarias.

Comunidad, regla y abad revelan un camino de abnegación, de vaciamiento interior, de obediencia. Ya no será tan importante la concreción de ese vaciamiento, las cosas a las que se obedece, cuanto la actitud de vaciarse, de abrazar la profunda simplicidad donde podremos encontrar al Simplicísimo que todo lo abarca. Lo que nos transforma no es hacer o no hacer lo que se nos manda, sino la actitud decidida de acoger lo que se nos pide al habernos vaciado de nosotros mismos. Perderse en discusiones sobre el mayor o menor acierto de lo que se nos pide nos oculta el verdadero sentido del hecho en sí.

San Benito habla de “militar” y no sólo de vivir. Es decir, no se trata de una actitud pasiva, sino de algo activo, en relación con lo que se nos decía en el Prólogo. No se trata de un mero voluntarismo, sino más bien de una actitud del corazón que se asienta en la confianza. Por eso en el Prólogo se une el verbo “militar” a la obediencia que el monje asume libremente (militar con las armas de la obediencia siguiendo a Cristo). La obediencia pasiva nos despoja de una forma superficial, anulando a veces a la persona, acomplejándola y haciéndola dependiente. La obediencia activa, abrazada libremente y buscadora de un fin, supone un despojo interior que nos predispone a acoger al Dios simplicísimo cuando él quiera mostrarse. Algo así quiso expresar el anciano espiritual a su discípulo cuando le preguntó: “¿Hay algo que yo pueda hacer para alcanzar el conocimiento de Dios?” El anciano le responde: “lo mismo que puedes hacer para que el sol salga cada mañana” (nada). “Entonces -preguntó de nuevo el discípulo- ¿de qué sirven los ejercicios espirituales que me propones?”. “Para asegurarte –dijo el anciano-, de no estar dormido cuando el sol comience a salir”.

La santidad no es algo que brote de la nada, en el sentimiento o la imaginación. La santidad brota en lo concreto, en la vida cotidiana y comunitaria, en nuestras oportunidades y omisiones. Los hermanos que nos acompañan en el camino son una oportunidad y una prueba que nos descubren la autenticidad de nuestra búsqueda.

La Regla, por su parte, pone a prueba la arbitrariedad de nuestros caprichos y nuestra inestabilidad. Más que condicionar nuestra libertad purifica los volubles deseos y permite ejercitar un autocontrol y disciplina necesarios en toda empresa que se quiera afrontar. Nos protege frente al espejismo de estar preocupados por mostrar a los demás y a nosotros mismos una imagen espiritual adornada o satisfactoria, recordándonos que el camino que lleva a Dios pasa por asumir las propias responsabilidades concretas de la vida.

El abad tiene una misión eminentemente espiritual, siendo mediación en el propio camino. Más allá de esa dimensión espiritual tampoco nos debiera extrañar demasiado la obediencia, pues podemos observar cómo en cualquier ámbito de la vida toda persona está bajo la autoridad de otros o sometida a normas e instituciones. El adulto no se caracteriza por ser completamente independiente, sino por saber escuchar lo que viene del otro, creciendo en un diálogo que le interpela. Ese diálogo nos lo proporciona la comunidad, la misma regla y el abad.