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Jueves, 19 Febrero 2015 14:46

Prólogo-16

PROLOGO DE LA RB

(Pról.16) 17.07.11

Si la actitud del monje se debe caracterizar por la escucha, eso significa que quien ha sido escuchado espera que dicha escucha obtenga una respuesta, se concrete en obras. Por eso San Benito continúa diciendo: Al terminar estas palabras, espera el Señor que cada día respondamos con obras a sus santas exhortaciones. Por eso se nos conceden como tregua los días de esta vida, para enmendarnos de nuestros males, según dice el Apóstol: “¿Acaso no sabes que la paciencia de Dios te está empujando a la penitencia?” En efecto, el Señor piadoso dice: “No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

Hermosas palabras, sin duda alguna, pero sobre todo nos interesa lo que subyace en ellas. Cuando el que tenemos delante es completamente extraño a nosotros, fácilmente exigimos pena para sus desmanes y reclamamos una justicia que no pasa de ser venganza. Cuando el que tenemos delante nos es ajeno, distante, no alcanzamos a ver más allá de sus obras, juzgándolas según la molestia y perjuicio que me ocasionan, arrastrando sin miramientos a la persona tras la maldad de sus obras. Pero cuando el que tenemos delante es un verdadero prójimo, alguien próximo a nosotros, cercano y hasta propio, entonces nos resulta imposible disociar sus obras, por muy malas que sean, de su persona. Al hacer esto en un primer momento, se nos mueven las entrañas y procuramos luego separar las malas obras de la persona misma, ahora para salvar a ésta. Si en el primer caso no encontramos nada para justificarla, en el segundo nos brotan las justificaciones que puedan servir siquiera de atenuante. Pero si, además, ese prójimo es fruto de mis entrañas, entonces no alcanzamos a encontrar otra salida que pedir para él una nueva oportunidad si es que no hay justificación posible.

Esta parece ser la mirada que tiene sobre nosotros el Señor piadoso que dice: “No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. Efectivamente, Dios no se ciega ante nuestro pecado, sino que busca nuestra recuperación. Es el tiempo de la paciencia de Dios, el tiempo de la propia existencia. No es cuestión de que lo veamos como el tiempo que dan los bancos para pagar la hipoteca adeudada. El creador de todo no necesita cosa alguna de su creatura. Incluso la deuda de su pecado ya está pagada. Sólo quiere lo que sólo nosotros podemos dar: volver de nuevo nuestros ojos a Él. Sólo nosotros lo podemos hacer porque nos hizo libres. En el fondo ese sería el reconocimiento pleno de su obra creadora, pues para eso nos creó, para vivir desde Él. Y si nos da el tiempo de gracia es porque está en ello nuestra propia “salvación”, la plenitud de nuestra vida.

Apropiarse de lo ajeno es un delito. Apropiarse o maltratar lo que se nos presta para que lo disfrutemos y acrecentemos, también es un delito. La vida no nos pertenece, sino que la hemos recibido. Por eso el quinto mandamiento nos recuerda: “no matarás”. La vida que ahora disfrutamos es una participación de la Vida en el tiempo, anticipo de la participación plena de la Vida que no se acaba. Somos responsables de lo que hacemos con nuestra vida. Dios no quiere nuestra muerte, por eso nos invita a vivir con esa sabiduría que nos encamina a la vida plena. Cuando miramos atrás son muchos los recuerdos y sentimientos que nos vienen, preguntándonos cómo hemos vivido y cómo podríamos haberlo hecho. Ahora nos queda mirar todavía el tiempo de vida que nos resta y decidir cómo queremos vivirla. Del anciano se espera la sabiduría, la profundidad, el equilibrio, la bondad, en resumen una vida más plena aunque haya perdido la fortaleza juvenil. Su carrera ya no es rápida, sino “de fondo”, duradera y resistente. De él esperamos que haya aprendido algo de la vida y que su experiencia nos pueda iluminar a nosotros en nuestro camino.

La vida es una ocasión de crecimiento, “para enmendarnos de nuestros males”. Solemos recurrir a la expresión “somos humanos” para dar a entender que somos limitados, que nos equivocamos, que tenemos debilidades y esclavitudes. Asumimos que padecemos males. Hasta ahí todos estamos en la misma situación. Lo importante es la respuesta libre que cada uno da ante esa realidad. Hay quien puede decir: tengo una vida por delante para seguir disfrutando de ella como quiera, sin apartarme de unos males que, aunque me esclavicen, me producen también cierta satisfacción –“a vivir, que son dos días”-. Otros pueden optar por estar lamentándose en un rincón de sus males y de la poca cosa que son. Es fácil que también perdamos el tiempo echando la culpa de nuestros males a los demás o a nuestra mala suerte. El Señor, sin embargo, nos invita a despertar de nuestro sueño y a contemplar la vida como una oportunidad para transformar los males en bienes. La vida es un precioso tiempo para que colaboremos con el Creador en la transformación de todo –comenzando por nosotros mismos-, en el sometimiento de todo mal, en la creación de cosas nuevas e insospechadas. Y en esta tarea no estamos solos. El Señor de la vida quiere que vivamos y ahí está sosteniendo a los que le escuchan y están prontos a responder a sus exhortaciones.

Es importante pasar por la vida aprendiendo algo de ella. ¡Qué triste es perderla adormecidos por tantos narcóticos que se nos ofrecen en este mundo de la comunicación! Si cierta información es importante, el exceso y una superficialidad acelerada de la misma embotan y confunden el entendimiento, necesitado de tiempo para la reflexión. Si las expresiones artísticas en cualquier modalidad audiovisual pueden ser provechosas, hay que estar atentos para no caer en una dependencia que justificamos mientras nos adormece y aleja de la realidad que pretendemos conocer a través de ellas. Si las relaciones interpersonales son importantes, hay que mirar con discernimiento la búsqueda obsesiva de “amistades” virtuales en unas redes sociales que permiten una relación superficial, placebo que alivia el temor a la soledad o al simple estar solos con nosotros mismos. La vida se vive no por lo que nos cuentan de ella, sino por nuestra respuesta ante ella.

Los sentidos los tenemos como puertas y ventanas donde fluye la vida de dentro a fuera y de fuera a dentro. Los sentidos necesitan estar liberados para que la vida fluya y aprendamos de ella. Cuando embotamos los sentidos con el mucho ruido, la mucha comida, la codicia ante los bienes, etc., nos cerramos al fluir de la vida y la pasamos sin aprender de ella, confundiendo la vida con la necesidad de alimentar esos sentidos cada vez más embotados.

El tiempo que nos da el Señor de la vida es para que gocemos de sus obras y afrontemos todo desde la vida que nos viene de Él. La vida está dentro de nosotros, porque dentro de nosotros está ese Maestro interior que nos enseña y nos hace participar de su espíritu, aliento de vida. No son las cosas las que nos dan vida, sino que nosotros damos vida a las cosas cuando la verdadera vida habita en nosotros. Quien vive desde el espíritu produce vida a su alrededor y disfruta de todo sin que nada le produzca la muerte verdadera, aunque la padezca. A quien da la vida, nadie se la puede quitar. Pero esa vida que damos es la prestada en el tiempo, que hace crecer en nosotros, a la vez que la ofrecemos, la vida que no tiene fin.

 

Dado que es tan hermoso el don que hemos recibido, aprovechemos este tiempo para alejarnos de la muerte en vida y disfrutemos de la verdadera vida que pasa por la muerte sin quedarse en ella. Nuestro arrepentimiento del mal uso que hacemos de la vida nos lleva a la conversión que, tras un penoso esfuerzo, nos abre la puerta a la vida que nos permite vivir días felices.