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Viernes, 20 Febrero 2015 10:52

Capítulo 27 (2)

LA SOLICITUD QUE DEBE TENER EL ABAD CON LOS EXCOMULGADOS

(RB 27-02)

Apartar a un hermano de la comunidad es algo doloroso pero está llamado a dar fruto. No se trata de humillar simplemente, lo que genera odio. Por ese motivo San Benito advierte muy severamente al abad no se olvide de su responsabilidad en el proceso sanador de la corrección. En efecto, -dice- el abad debe tener la mayor solicitud y afanarse con toda destreza e ingenio por no perder ninguna de las ovejas que le han sido confiadas. Ciertamente que la respuesta es personal, pero a él se le exige que ponga toda la solicitud posible. Y si experimenta el cansancio o el dolor por algunas actitudes negativas, sigue insistiendo San Benito: No se olvide de que aceptó la misión de cuidar espíritus enfermizos, no la de dominar tiránicamente a las almas sanas. Y tema aquella amenaza del profeta en la que dice Dios: “Tomabais para vosotros lo que os parecía gordo y lo flaco lo desechabais”. Se mire por donde se mire, no hay escapatoria. Y uno se pregunta: ¿quién me ha metido a mí en esta historia? Pero a cada uno se nos tiene reservado un camino y encomendada una misión, una invitación de la Providencia que espera obtener una respuesta. Una invitación exigente, no cabe duda, pero hermosa cuando se trata de responder libremente al que sabemos nos ama y se fija en nosotros. Y cuando se tiene responsabilidad sobre los demás y viene la tentación de no actuar, de no complicarse la vida, pensando que cada uno ya es mayor de edad y responsable de sus actos, San Benito continúa insistiendo: Imite el abad el ejemplo de ternura del buen pastor, quien, dejando en los montes las noventa y nueve ovejas, se va en busca de una sola que se había extraviado; su flaqueza le dio tanta lástima, que se dignó colocarla sobre sus sagrados hombros y llevarla así consigo otra vez al rebaño.

Esto parece el colmo y más de uno lo considerará injusto. El que el abad busque insistentemente incluso a aquél que va a su bola y se aparta por propia iniciativa, pase. Que encima cargue a sus hombros a aquél que va por libre, parece demasiado, pero allá él. Pero que se atreva a dejar al resto, a desatender de alguna manera los derechos del resto de la comunidad en beneficio del que no se merece tantos cuidados por haberse auto-excomulgado, es algo que clama justicia. Parece una forma de premiar al malo o su mala acción. Pero el evangelio es así de desconcertante y San Benito no sabe seguir ni aconsejar otro camino.

La familia es la institución más valorada porque es el único lugar donde podemos fracasar sin temor a ser abandonados, pues sabemos que somos queridos. Algo parecido debe pasar con la comunidad cristiana y monástica. No somos competidores ni buscamos excluir a nadie, como una parte del cuerpo no busca excluir a otra cuando está enferma y es un incordio para todo el cuerpo. Ese misterio de comunión nos da seguridad y vida.

Esa responsabilidad que ha de mostrar el abad frente a los hermanos que se le han confiado, es algo que nos afecta también a todos y cada uno de nosotros. A todos se nos pide ser responsables en aquello que se nos ha encomendado. Responsables de nuestra propia vida, de los dones que se nos dan para el servicio de los demás. Responsables de nuestra vocación monástica, que hemos de cuidar con esmero por ser algo bastante delicado que se puede diluir fácilmente si no estamos atentos; ¡que nadie esté tan seguro de sí, pensando que siempre está a tiempo para retirarse del peligro o que tendrá fortaleza suficiente para mantenerse de pie! Responsables también ante los hermanos, aplicándonos cada uno lo que se dice del abad, pues de nada valió a Caín su pueril excusa cuando dijo: Acaso soy yo guardián de mi hermano (Gn 4, 9).

La comunidad es algo muy valioso que debemos cuidar con esmero, mediante la delicadeza mutua en acogernos los unos a los otros, confiando en los demás y siendo conscientes que los hermanos desean confiar en nosotros. Eso supone una continua muerte a nosotros mismos que nos va abriendo el corazón más y más hasta ser un receptáculo en el que ninguno se siente excluido.

Es bueno mantener la humildad necesaria para tomar conciencia de lo que somos cada uno de nosotros y ayudarnos continuamente a levantarnos. Una vez un visitante preguntó a un monje: “¿Qué hacéis en el monasterio?”, a lo que el monje respondió: “Nos caemos y nos levantamos; nos volvemos a caer y nos volvemos a levantar; y nos volvemos a caer y nos volvemos a levantar”. ¡Y qué gran cosa es la ayuda mutua para poder llevar esto a cabo!

Ya os he hablado de cierta decepción que yo personalmente he vivido –como tantos otros, sin duda alguna-, ante lo que pensaba que eran los monjes y las monjas y lo que después he ido conociendo. Es cierto que eso me ha producido cierta tristeza. Pero también me provoca dos grandes alegrías. Por un lado el ver cómo resplandece la presencia del Señor en medio de nosotros, que es quien nos sostiene, siendo el verdadero destinatario de toda acción de gracias. Por otro lado me produce gran gozo y profundo agradecimiento el ver que la vida monástica, según la entiende San Benito, no es para una élite espiritual, sino para seres humanos corrientes, necesitados de escuela y apoyo, de corrección y ánimo, de amor y estímulo. Si el abad ha de ser solícito con los débiles, buscarlos y cargar con ellos, si ha de ser médico para los enfermos y maestro para los principiantes, es porque no abundan los que deslumbran de perfección. Asumir esto todos es algo que nos hace humildes y nos da nueva energía.

Produce vida el hecho de reconocer, asumir y abrazar la propia pobreza, pacificando los corazones y motivando a todos a una mayor entrega personal. Además, no pocos ven esa pobreza como un “espacio” donde se sienten acogidos tal y como son. Ciertamente que la riqueza es arrogancia y produce cerrazón en quien la tiene y lejanía en los demás. Ese reconocimiento en nosotros y en los hermanos, así como en la propia comunidad, quizá nos abra a una nueva visión de las cosas.

La mayor parte de la gente vive con ideales que no logra cumplir, y muchos tiran la toalla sintiéndose desalentados al ver su limitación. Eso mismo nos puede suceder a nosotros, apareciendo entonces el gran don que es la comunidad y su papel a la hora de animar a todos, de sostener, de enseñar, de curar. Nuestra vida es un proceso, no un dormitar en el éxito. Creernos demasiado seguros es más peligroso que vernos necesitados. Toda experiencia de despojo es un don de Dios que termina uniendo a los pobres.

Es curioso lo parecido que somos todos. Os pongo aquí lo que una vez me dijo una madre de familia al compartirme la experiencia que tenía con sus hijos en relación con el código penitencial de San Benito y el papel de la excomunión:

 

Me recuerda cuando tienes hijos pequeños y uno de ellos está especialmente paliza, no deja a nadie en paz, incordia a sus hermanos y molesta y reta de continuo a sus padres. En determinado momento se le manda a su habitación o al rincón, para que se quede un rato en silencio y sin relacionarse, mientras el resto de la familia sigue en sus cosas como si aquél no estuviera presente en la casa. Normalmente, el niño empieza a sentirse primero rabioso, luego llora, más tarde se calma y se pone muy triste, luego... empieza a llamar la atención para que el papá o la mamá se le acerquen y le consuelen y pueda entablar de nuevo comunicación con el grupo familiar. Mientras, los hermanos tienen diferentes actitudes: uno se pone tierno e intercede por el “aislado”; otro (quizás el que más sufrió su actitud) se alegra de lo que le está pasando... También el papá o la mamá mandan a algún hermano para que suavemente eche una ojeada...