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EN CASA SIN PERMISO

 

Me contaron que en el Capitulo General de Abades y Abadesas de la OCSO en Asís (2005), el día que dedicaron a comentar y compartir sobre el tema de los laicos cistercienses, una abadesa dijo:

 

“Con ellos el Espíritu se ha
metido en nuestra casa sin pedirnos permiso...”

 

            Ella debió explicarse más ampliamente ante sus compañeros de Capítulo, pero a mí me llegó solamente este breve y sabroso comentario y tengo que reconocer que me impresionó. En un primer instante, saboreando lo entrañable y bello de sus palabras, lo extrapolé a lo personal: “Si uno sólo de mis hermanos monjes pudiera expresarse así refiriéndose a mi persona en el monasterio;  si uno sólo hubiera sentido un pequeño soplo del Espíritu por mi presencia en su casa, entiendo que estaría siendo dócil, aún sin ser consciente, a la acción del Espíritu, pues Él es quien entra “sin pedir permiso”  en mi “dentro” y en su casa”.

 

Inmediatamente después miré la nueva vida que está creciendo dentro de la familia cisterciense. Laicos y fraternidades vinculadas a comunidades monásticas han iniciado un camino que, paso a paso, ha de recorrerse con calma, prudencia, respeto y, también, con confianza, alegría y esperanza. Es un Camino Común en el que los caminantes –monjes y laicos- vamos juntos pero no tenemos mapa, ni guía de albergues, ni las crónicas de experiencias anteriores, sencillamente porque el único que sabe a dónde va, cómo ha de ir, si entra, si sale o si permanece, es el Espíritu; a los demás nos toca ir viendo las pistas que va dejando y caminar tras ellas con confianza.

 

Como hablamos del ámbito cisterciense habremos de referirnos, sin duda, a lo que dice San Benito  (RB LIII, 1): “A todo el que se presente en el monasterio se le acogerá como a Cristo”. En principio, sabemos que forma parte de la regla monástica el acoger, que no es poco en los tiempos que corren, en donde el individualismo y el miedo a lo que viene de fuera pone en guardia, al menos en un primer momento, cuando “el otro” se acerca. Pero en el monasterio es diferente o debe serlo si se siguen las indicaciones de la Regla de San Benito.

 

Esta historia de encuentro comienza ante una puerta. De un lado tenemos al laico que llama y, del otro, al monje que abre. Debemos pararnos ahí y discernir en qué nos estamos metiendo y a qué estamos siendo llamados si nos dejamos llevar dócilmente, unos y otros, por el suave y libre movimiento del Espíritu. Porque hay muchas formas de llegar, entrar y estar, como las hay también de dejar pasar, recibir y acoger.

 

Llegar y dejar pasar

 

Desde el mundo exterior se llega al monasterio por los más diversos caminos. Hay quien busca un espacio de silencio y soledad donde reponer fuerzas; otro necesita un tiempo dedicado a la oración sin distracciones; se llega buscando a Dios porque fuera ya no sabe donde encontrarlo y quiere ver si se esconde por ahí. También los hay que aparecen ante el monasterio de formas mucho menos “espirituales”: un amigo les llevó porque no quería ir solo; les gusta el arte y las piedras antiguas; o sencillamente iban de viaje, pararon a tomar un café en el pueblo y era hora de visita.

 

Del otro lado, alguien abre la puerta y deja pasar. En la estética y los detalles de un primer momento, antes incluso de mediar palabra, se perciben muchos mensajes. El que llega puede verse hablando ante un telefonillo-portero automático o ante un torno sin acceso visible al rostro de su interlocutor; saludar a un monje o monja sonriente que le acaba de abrir la puerta; o bien entrar directamente a la tienda del monasterio y ver al atareado monje o monja intentando atender a todo el mundo con amabilidad y dejando ver su vida en el escaso tiempo que lleva vender una postal, un bote de mermelada o el ticket de entrada a la visita.

 

 

Entrar y recibir

 

En un segundo paso, después de la llegada y posible visita, algunas personas se sienten movidas a entrar un poco más adentro. ¿Interés? ¿Curiosidad? ¿Búsqueda?... los caminos de Dios son difíciles de determinar y en cada persona es único. Uno se interesará por la comunidad (cuántos son, si llevan muchos años allí, a qué se dedican,  etc.); otro por el horario de las oraciones y si se puede asistir a alguna de ellas... Muchos y variados interrogantes sobre la vida monástica bullen en la cabeza de quien quiere entrar un poco más adentro.

 

En ese preciso momento empieza el verdadero arte de recibir. Cada comunidad elige en libertad, asumiendo pros y contras, de qué forma quiere compartir su vida monástica con los que vienen de fuera. Puede dar por suficiente el contacto mínimo de entrar, visitar y comprar algún recuerdo, dejando para su exclusiva intimidad todo lo relativo a celebración litúrgica. Es una forma. Pero otra será compartir, desde la brevedad y el mínimo tiempo con el que se cuenta en el rato de saludo en la portería o atención en la tienda, con sencillez y no muchas palabras, lo que esa comunidad vive: si recibe desde la esencia de su vida monástica o asume resignadamente la relación con el “mundo exterior” como pesada carga o inminente peligro.

 

En caso de apertura, quien llega de fuera y se integra en la oración monástica con la comunidad, puede percibir muchas cosas diferentes. Hay quien cree haber atravesado un túnel en el tiempo y sentirse situado unos siglos antes; a otro le traerá un  recuerdo a su infancia, aquel día que su abuela le llevó a visitar un convento. Le sonará extraño el lenguaje de las oraciones, aunque se hagan en el idioma local; es posible que los monjes o monjas le parezcan muy serios, lejanos... Habrá también quien, desde el primer momento, se integre plenamente en esa forma de oración a la que no está acostumbrado, causándole verdadera sorpresa. La oración cantada de la comunidad (que no tienen porque ser angelical ni perfecta), las preces que conectan con la realidad del mundo, los tiempos de silencio, incluso la “gimnasia litúrgica”, le irán revelando  que la oración monástica  tiene sus raíces en la oración de los que buscan a Dios en todos los tiempos.

 

Dentro de la capilla o de la iglesia, se perciben de nuevo muchos datos de lo que esa comunidad  concreta entiende y asume en el hecho de recibir al que viene de fuera. En ocasiones, aún desde una posición de interés y cercanía en el compartir oración, hay signos y gestos que, en si mismos, producen separación. No es lo mismo entrar en un espacio de oración en donde el que llega se integra en el coro que forma la comunidad, que sentirse al otro lado de la reja, y no lo digo en sentido figurado. Hay demasiadas rejas que no permiten acercarse, desde la sencillez, al tesoro que es la vida monástica y al mensaje que esa vida tiene para el mundo exterior. Unas son rejas de forja y otras psicológicas. Por otro lado, esto no quiere decir que para orar juntos,  haya que intercalarse (¿colarse?) en el espacio de la comunidad. Hay que ser exquisitamente respetuosos con la intimidad de los que reciben y máxime cuando nos abren las puertas de su casa y de su vida. Compartir no es avasallar. Compartir oración es abrirse a la posibilidad del encuentro en la búsqueda de Dios. No es diferente a lo que sucede en el mundo exterior cuando eres invitado a una fiesta familiar o a participar en la mesa y conversación en casa de unos amigos, no se te está pidiendo que te instales en el dormitorio o pongas orden en su trastero. 

 

Compartir la oración es abrir compuertas a un espacio que es sagrado porque expone la intimidad al otro. A lo que estamos llamados es a encontrarnos en ese punto íntimo –personal y comunitario- en donde nos reconocemos hermanos. Ese es el lugar donde vive el que es Padre... de todos.

 

 

Estar y acoger

 

Quien llegó, pasó, entró un poco más adentro y fue, sincera y sencillamente,  recibido, descubre un nuevo deseo en su interior. Pasar y mira un poco se le ha quedado pequeño, quiere algo más, quiere estar unos días en el monasterio. Se anima a preguntar si tienen hospedería y si hay sitio en la agenda del hospedero (el fenómeno de prisas y ruido del mundo exterior cada día lleva a más gente a buscar el sosiego del espacio monástico) y así se inicia la experiencia de “estar”, es decir, adentrarse en la oración, el silencio, la soledad, el tiempo (que en el monasterio tiene su propia y peculiar medida), las luces, las sombras y los encuentros de la vida monástica. En definitiva, se inicia el tiempo de ir descubriendo que esa vida tiene un mensaje para las mujeres y los hombres de hoy, que no es el “eco-sistema” cerrado de otros tiempos, conservado en la actualidad como “parque temático”, sino un camino que lleva a los pilares donde, en el fondo, en lo más profundo, intuimos se asienta la vida íntegra, estable y plena del ser humano: oración, silencio y soledad en comunidad.

 

Para “estar” en el monasterio es absolutamente imprescindible ser acogido. Esa labor corresponde a los que habitan la casa y ya sabemos que lo que San Benito dejó escrito a sus  monjes será más vocación que trabajo, aunque no les quite ni una pizca de esto último.

 

La acogida es el punto clave en la relación “intra-extra muros” que dirían los antiguos. Y hoy, para entenderlo mejor, diríamos que la acogida es el espacio donde abrirse a la posibilidad de encuentro entre los que viven dentro y fuera de los monasterios. Aunque son los primeros los que acogen, ambas partes  asumen una gran responsabilidad. Acoger y ser acogido exige una especial finura, un respeto maduro, una paciencia humilde y grandes dosis de libertad, generosidad y agradecimiento. En definitiva, la exigencia no es otra que abrirse a ver al otro con los ojos que Dios le ve. La mirada fluye de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro hasta que se da el mutuo reconocimiento.

 

Metida en esta reflexión he recordado una sencilla charla con un monje dando vueltas al claustro. Me estaba despidiendo después de compartir con aquella comunidad unos días de oración y no quería irme sin hacerles llegar de alguna manera, que me sentía acogida y querida cuando llegaba al monasterio y eso me producía mucho agradecimiento. El monje, muy sonriente y con una pizca de guasa me dijo: ¿Por qué queréis venir al monasterio? Se refería a los laicos, los que vivimos en el mundo exterior. Le miré muy sorprendida: “¡Cómo no vamos a querer venir al monasterio! ¡Aquí recibimos mucho, recibimos de lo que afuera se echa de menos!”. El monje, adoptando una expresión más sería me dijo: “Claro, mujer, lo entiendo, lo entiendo, pero nosotros también recibimos de vosotros”. No le entendía, no entendía que yo pudiera aportar nada, me veía solamente como receptora. Y siguió aclarándome: “Nosotros también recibimos de vosotros cuando venís al monasterio. Además tenéis que hablarnos, es muy bueno que nos habléis”. Estaba realmente sorprendida de que aquel monje me dijera que los laicos teníamos que hablarles. No entendía qué podría yo aportar a una comunidad de monjes contemplativos.

 

Seguí yendo por el monasterio y poco tiempo después fui comprendiendo qué me quiso decir el monje.

 

El Espíritu fluye de dentro a fuera y de fuera a dentro cuando nos abrimos a compartir dones y carismas, es decir, cuando caminamos juntos. Desde esta dimensión puedo entender las palabras de la abadesa en el Capitulo General.

 

 

Mari Paz López Santos

Febrero 2006

Laica del monasterio cisterciense de Santa María de Huerta

 

 

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