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Sábado, 27 Junio 2020 14:47

SE 28 - Usar sin poseer es aprender a vivir en la confianza

Hay una tendencia innata en nosotros de apostar al caballo ganador. Solemos fijarnos en los mejores y nos ponemos bajo su sombra para recibir algún tipo de beneficio, sacando a la luz nuestro interés. Es lo que parece les sucedió a dos que seguían a Jesús y contemplaron sus milagros, todo lo contrario de cuando vino la adversidad.

Un escriba se le acercó y le dijo: “Maestro, te seguiré adondequiera que vayas”. Son simpáticos esos arrebatos que tenemos cuando nos da un subidón porque las cosas van bien. Es entonces cuando hacemos promesas que luego somos incapaces de cumplir por falta de perseverancia o porque nos sentimos aturdidos en el momento de la prueba. “¡Te seguiré adonde quiera que vayas!”. ¿Recordáis haber dicho alguna vez una fanfarronada por el estilo? Me temo que decimos demasiadas y con demasiada facilidad las incumplimos. En realidad, el escriba quería decir: “Maestro, te seguiré siempre y cuando sigas haciendo milagros, es decir, en la prosperidad que me da seguridad”. Por eso Jesús le baja el subidón y le recuerda: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. La pregunta ahora es: ¿estarías dispuesto también a seguirme sin tener un lugar donde descansar en este mundo? Es probable que en nuestra bravuconería siguiéramos diciendo lo mismo, pues somos un poco fantasmas, pero la realidad no tardaría en ponernos en nuestra verdad, y las lágrimas, en el mejor de los casos, servirían de redención ante el Padre.

Una de las cosas que todo ser humano necesita para vivir con dignidad es un techo bajo el que cobijarse. Sin duda alguna que Jesús también tuvo techo donde cobijarse, pero no techo propio, al menos durante su etapa evangelizadora, cuando se nos dice que dejó Nazaret para irse a residir a Cafarnaúm (Mt 4, 13), desde donde comenzó su predicación. La confianza en su Padre, capaz de vestir las plantas y alimentar los gorriones, le llevaba a confiar en que también a él le daría un techo mientras se preocupaba únicamente de anunciar la buena noticia. El alimento y el vestido es algo que nos puede acompañar allí donde vayamos, pero la casa nos obliga a estar fijos en un lugar. De alguna manera nos impide alejarnos. Eso es significativo en la vida de Jesús, que nos habla de la casa de su Padre a la que se dirige, sin tener aquí morada propia. Eso es también una enseñanza para nosotros a la hora de apropiarnos cosas que no nos dejan movernos, que nos anclan junto a ellas. Ciertamente que cada estilo de vida requiere cosas diferentes. No es lo mismo la vida de un misionero que la de un ermitaño o un monje. Pero la enseñanza de Jesús es para ambos. De ahí la importancia de convencernos que aquí no tenemos morada propia, que todo lo que nos apropiemos terminará siendo una rémora que no nos deje caminar, que lo que se nos permite es el “uso” y no la propiedad de los bienes, un uso dispuesto siempre a dejarlo en manos de otro al no ser propiedad nuestra. Una práctica un tanto olvidada y a la que San Benito daba tanta importancia al decir que el monje no tenga nada como propio, pues nada le pertenece.

Nuestra tendencia es a apropiarnos de las cosas porque nos dan seguridad. Y la pregunta de Jesús sigue siendo la misma: ¿estarías dispuesto también a seguirme sin tener un lugar donde descansar en este mundo, sin apropiaciones que te dan seguridad? Lo normal es que cuando nos quitan algo o nos dejan a la intemperie entremos en crisis. ¿Por qué somos tan poco perseverantes? ¿Por qué nos asustamos tan rápidamente cuando no hacemos pie? ¿Por qué nos empeñamos en seguir a Jesús diciendo que lo hemos dejado todo y nos inquietamos cuando nos falta o nos quitan algo y nos enfurecemos cuando atentan mínimamente contra nuestra honra? ¿Por qué clamamos justicia cuando creemos que nos hacen alguna pequeña injusticia? Al cantar ayer en vísperas la segunda antífona que decía “lo entregarán a los gentiles para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen” (Mt 20, 19), me cuestionaba sobre lo rápidamente que salimos en defensa de nuestros intereses, sin percatarnos del misterio pascual de Cristo en nosotros.

Seguir al Señor Jesús supone estar dispuestos a no buscar descanso en nada porque Él es nuestro descanso, a no buscar refugio en nada porque Él es nuestro refugio. Lo sabemos, pero nos olvidamos de ponerlo en práctica. “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón”, cantamos una y otra vez en cuaresma.

Y puestos a pedir, Jesús continúa exponiéndonos los “privilegios” de aquellos que deseen seguirle. Otro de los discípulos le dijo: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. A lo que Jesús responde: “Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos”. Está claro que no se trata de que su padre hubiera muerto y no pudiera enterrarlo, pues dar sepultura a los difuntos es una obra de misericordia. Si Jesús vive sin techo, tampoco se aferra a la seguridad que le da la familia (y bien recordamos lo que dijo cuando le avisaron que su familia estaba fuera buscándole). Es obvio que tampoco nos invita a olvidarnos de ellos, especialmente de nuestros padres, pues ahí tenemos el cuarto mandamiento. Lo que Jesús sí que nos pide es que renunciemos a pretender tener arreglado todos los asuntos familiares antes de responder a la vocación, pues nunca encontraríamos el momento para seguir su llamada. El momento de seguirle es aquel en el que sentimos la llamada, sin demorarlo.

Esta es otra invitación a vivir en la confianza. Quien pone toda su seguridad en manos de Dios, ¿cómo se va a sentir defraudado? Es una experiencia existencial que hay que tener. Son unos sentimientos profundos que solo afloran cuando se da el salto al vacío. No siente lo mismo el que baja al abismo por unas escaleras que el que se tira confiado en que será sostenido por aquel que ama y en quien ha puesto toda su confianza. Es una experiencia de amor espiritual. Una experiencia que solo podremos tener si antes nos hemos ejercitado en las pequeñas cosas diarias, sin apropiarnos de las cosas, sin buscar seguridades, sin hundirnos en la miseria cuando rozan nuestro honor.

La vida monástica es una escuela, un gimnasio para ejercitarse de menos a más. No basta con ir al gimnasio, hay que sudar. Para dar la vida primero hemos de dar nuestras cosas. Si no somos capaces de renunciarnos en algo, de una cierta autodisciplina para no dar rienda suelta a nuestros caprichos y ser fieles a nuestros compromisos, no soñemos en alcanzar meta alguna espiritual, como no se alcanza un gran físico solo por ir al gimnasio y sentarse en una silla a leer.

La meta a la que Jesús nos invita es la de ser discípulos suyos que siguen sus pasos y están dispuestos a acompañarle en el misterio pascual de muerte y resurrección.