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Sábado, 23 Mayo 2020 16:08

SE 23 - El verdadero discípulo

Si primero desenmascara al falso profeta, a continuación, Jesús, nos habla del verdadero discípulo: No todo el que diga: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). El evangelista Lucas es más explícito dirigiéndose a nosotros: ¿Por qué me llamáis: “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo? (Lc 6, 46).

Una y otra vez Jesús nos recuerda que el auténtico discípulo lo ha de ser en verdad, de corazón. El discipulado no surge al colgarnos un cartel que diga “soy discípulo”, o por haber recibido por tradición familiar tal apelativo o haber sido bautizado. Todo eso de poco sirve si no hacemos la voluntad de nuestro Padre. Como de nada nos sirve llamarnos monjes o hablar a la gente sobre lo hermoso de la vida monástica si no vivimos como monjes cuando nos ven y cuando no nos ven. Es lo que también nos viene a decir San Pablo cuando nos habla del amor: Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles y no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde (1Cor 13, 1), es decir, mucho ruido y pocas nueces.

No basta con saber que somos hijos de Abraham, pues Dios puede de las piedras dar hijos a Abraham, nos recordaba Jesús. Ya se lamentaba el Señor por el profeta: Este pueblo me alaba con la boca, y me honra con los labios, mientras su corazón está lejos de mí, y el culto que me rinde se ha vuelto precepto aprendido de otros hombres (Is 29, 13). Y también: Estoy harto de holocaustos de carneros y de grasa de cebones… No sigáis trayendo ofrendas inútiles: el humo del incienso me resulta detestable… Cuando extendéis las manos me tapo los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé… Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones… Buscad la justicia, socorred al oprimido… Venid entonces, dice el Señor (Is 1, 11-18).

Lo que debiera caracterizar al discípulo de Jesús es claro, pero resulta tan exigente que solemos quedarnos en las apariencias. Esto puede resultar frustrante al final, y nos desconcierta. Pero el Señor ya nos avisó: Muchos me dirán aquel Día: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros? Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”. Esto me recuerda a aquel que no se siente reconocido por todo lo que ha hecho por los demás y comienza a echárselo en cara: “He hecho esto y esto y esto por vosotros y no me lo habéis agradecido”. ¿Por qué sucede esto? Muy sencillo, porque lo que damos a los demás no es lo que los demás necesitan de nosotros ni nos piden, si no lo que a nosotros nos gusta darles. Como el que va a hacer un regalo y entrega algo que a él le gusta mucho, sin pararse a pensar si también le gusta al receptor del don. Si alguien está en necesidad y otro le ayuda en esa necesidad que tiene, no se olvidará fácilmente de tal ayuda. Pero de los dones que recibimos sin necesitarlos nos olvidamos con rapidez. Algo así parece que le sucede al Señor cuando le servimos a nuestra manera sin escuchar lo que realmente él nos pide. Por eso Jesús, cuando le preguntaron si serán muchos o pocos los que se salven, nos invita a entrar por la puerta estrecha y nos recuerda que en aquellos momentos algunos dirán: ¡Señor, ábrenos! Y les responderá: “No sé de dónde sois”. Entonces empezarán a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas”; y les volverá a decir: “No sé de dónde sois” (Lc 13, 23-27).

Lo semejante reconoce a lo semejante. Reconocer algo como propio es sentirse en sintonía con él, tener un sentido de pertenencia. Para eso no basta con estar “junto a”, sino que se necesita saberse “parte de”. Algo de eso nos viene a decir el Señor cuando exclama: “No os conozco” o “no sé de dónde sois” a pesar de haber comido y bebido con él. Bien sabemos que Dios no necesita nada de nosotros, que lo único que nos pide es que llevemos a buen fin la obra que comenzó en nosotros. Si nos ha hecho a su imagen es para que reflejemos su rostro y su corazón en nosotros, obedientes a sus designios y siendo imagen clara de su amor, especialmente con los oprimidos por la vida, los marginados, los que sufren la injusticia, los pobres en todos los sentidos. Quien aparta de su vista al pobre, quien empuja al que se tambalea denigrando al que ha tropezado, quien desnuda al que apenas se puede vestir, ¿cómo va a ser grato al Creador de todos?

¿Qué tengo que hacer para ser un buen cristiano y un buen monje? Puedes imitar las obras que han hecho todos los santos, puedes seguir al pie de la letra todas las normas y usos prescritos, pero lo que nos pide el Señor de la vida es que primero tengamos vida en nosotros, la vida de su Espíritu que nos modela en el amor. Es la imagen de la casa construida sobre roca y no sobre arena. Esta imagen la emplea Jesús como colofón al sermón de la montaña comenzado con las bienaventuranzas. Quien cumple lo que dice en él está edificando sobre roca, algo más costoso, pero más sólido. Quien sabe lo que dice el sermón de la montaña y no lo cumple, está edificando sobre arena, de modo que cuando viene la corriente de agua tras la lluvia torrencial va arrastrando la arena que hay en los cimientos y derriba la casa. Arena que no supuso mucho esfuerzo y que desaparece con la misma facilidad. La roca en el AT representa al Espíritu (icono de Rublev: Padre-casa, Hijo-árbol, Espíritu-roca), así como a Cristo en el NT, pues él es la piedra angular sobre la que se construye el edificio. La casa puede tener formas muy diversas, pero si no se sostiene sobre la roca del espíritu de Cristo se caerá por carecer de fundamento, de la vida del Espíritu.

Llama finalmente la atención lo que dicen los tres evangelios sinópticos al comentar cómo hablaba Jesús: La gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Más que lo que dice Jesús, les impresiona cómo lo dice, la autoridad con la que habla, no limitándose a repetir una tradición sin vida, sino dando nueva vida a la tradición recibida. Es la gran diferencia entre el que repite lo que ha leído o le han enseñado y el que habla desde la propia experiencia. El primero suele ser rígido, repetitivo, incapaz de desviarse lo más mínimo de la norma escrita, mientras que el segundo llega a desconcertarnos por su libertad. El primero se aferra a la letra pues se siente inseguro fuera de ella, mientras que en el segundo se percibe cómo habla desde la vida y produce vida a su alrededor. No se trata de ser original ni contestatario, sino hablar desde la vida y suscitar vida. Y ya sabemos lo que dijo Jesús a Nicodemo: El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios… El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu (Jn 3, 5.8).