Este sitio usa cookies y tecnologías similares. Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso.

Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso.

Acepto

Teléfono: +34 975 327 002 :: Email: huerta@planalfa.es

Sábado, 25 Abril 2020 16:59

SE 19 - Confiar en Dios Padre supone esperar que se porte como padre

La esperanza de lograr algo es lo que nos pone en movimiento. Si comenzamos una acción es porque esperamos obtener unos resultados. Nadie gasta sus energías sin esperar conseguir algo. Incluso los que llamamos abogados de causas perdidas tienen en su interior un atisbo de esperanza de conseguir algo. La esperanza debe sustentarse sobre algo cierto, no imaginario. Hay una falsa esperanza que no es más que la expresión de un deseo que podemos manifestar diciendo “espero que me toque la lotería”, o, “espero que te cures de tu cáncer terminal”, es un deseo más que una esperanza. La esperanza ha de tener un fondo real, como cuando decimos: “espero que en verano haga calor” (me lo dice la experiencia), “espero conseguir sacar las oposiciones” (confío en mi esfuerzo), “espero que mi hijo me acompañe en la enfermedad” (me lo dice el amor).

Alimentando esa esperanza Jesús nos dice: Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. La esperanza a la que nos invita se sustenta en la fe en su palabra. Él nos lo promete y nosotros esperamos que cumpla su palabra. Para que entendamos a qué se refiere nos pone la imagen de la bondad del padre con su hijo en aquello que le pide, recordándonos así que Dios es nuestro Padre y, por eso, debemos confiar en que se comporte como tal con nosotros, como un padre con mayúsculas, pues, si nosotros, siendo malos, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, cuánto más nos las dará el que es la suma Bondad.

La esperanza que debe sustentar nuestra petición se basa, consiguientemente, en el amor. No es una esperanza basada en nuestro esfuerzo o en nuestro deseo, como el que espera que le salga bien alguna cosa concreta o que alcance aquello por lo que está luchando. La esperanza que debe sustentar nuestra petición es únicamente la confianza de sabernos hijos. Por eso mismo Jesús nos invita a que nos comportemos como hijos, a que nos dirijamos a Dios como hijos, a que confiemos en él como hijos.

Para la mayoría de las personas, la oración consiste en pedir. Nosotros mismos lo hacemos cuando aseguramos a unos y a otros que tendremos presente su necesidad en nuestra oración. Y aunque ese tipo de oración sea el más elemental, el que todos practicamos desde que nacemos, el que utilizan en los momentos difíciles incluso los que dicen no tener fe, el que se sustenta en el interés, no por ello deja de ser auténtico si sabemos abandonarnos confiadamente a los designios de la Providencia, si no exigimos que las cosas se resuelvan de una determinada manera y si nos cuidamos muy mucho de echar en cara a Dios los resultados obtenidos por nuestra oración cuando no nos gustan.

Pudiera parecer que esta llamada de Jesús a pedir se contradice con otros pasajes en los que nos invita a no hablar mucho en la oración como los fariseos (Mt 6, 8), o a no afanarnos por las cosas materiales, como los gentiles (Mt 3, 32). En realidad, lo que se nos pide aquí es ejercitar la confianza y mantener la actitud del hijo, pero sin exigencias. En este sentido, la petición que inicialmente resulta interesada puede llegar a transformarnos el corazón si la ejercitamos como hijos. Es decir, cuando pedimos al Señor ayuda ante una necesidad y vemos que esa necesidad no se resuelve como nosotros pensábamos, permanecemos confiados acogiendo la forma con la que la Providencia ha actuado. Es entonces cuando nuestra petición interesada, centrada en uno mismo, se transforma en un abandono filial que confía en la actuación de su padre, acogiendo los caminos que él disponga para su resolución.

Es curioso ver la semejanza que hay entre los elementos que compara Jesús. La hogaza de pan que pide el hijo bien se puede parecer a una piedra, o el fino pez a una serpiente. Esto nos pondría frente a un padre malvado, que no solo rechaza la petición del hijo, sino que trataría de engañarlo para hacerle daño. Dios no engaña, aunque nosotros pudiéramos pensar que nos está engañando, dándonos una cosa por otra. Un padre bueno quizá no pueda dar lo que le pide su hijo, pero nunca lo engañará. Cuánto menos el Señor. De ahí nuestro abandono confiado en la oración.

El final de este pasaje el evangelista Lucas lo concluye de forma diferente a como lo hace Mateo. En lugar de decir que Dios Padre dará cosas buenas a los que le piden, dice que dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan, pues el Espíritu Santo es la cosa buena por excelencia. Esto nos clarifica todavía más, mostrándonos que la oración debe ir más allá de las cosas de este mundo o de las situaciones que debemos afrontar. Lo principal es cómo vivimos todo lo que nos toca vivir, si lo hacemos desde el espíritu de Dios o desde las apetencias de nuestros deseos. Podemos desear lo que queramos, pero debemos anteponer el bien espiritual, el vivir desde el Espíritu. Ese Espíritu es el que Dios nos da cuando le pedimos algo.

Para que la petición sea oración es imprescindible la actitud del que sabe que tiene delante al mismo Dios, que no es lo mismo que tener delante a un tendero que me vende algo o a una farola. Es por lo que nuestra oración es algo más que estar delante de un mueble o una imagen. Estos días atrás hemos hablado de la dimensión contemplativa y orante de nuestra comunidad y de la importancia de hacer oración. No basta con esperar a “tener ganas” de hacer oración para hacerla, como el deportista no se limita a entrenarse solo los días que tiene ganas, si es que quiere llegar a ser algo como deportista. Pero en la oración tampoco basta con sentarse delante del crucifijo o el sagrario y echarse a dormir o estar como el que está delante de un mueble. Es verdad que muchas veces nos vendrá la distracción o el sueño, pero una cosa es que nos venga en el ejercicio de la oración y otra que nos venga porque simplemente estamos sentados como el que está en el banco de un parque.

Todas las tradiciones religiosas se sirven de algo para facilitar la atención de la mente durante la oración. Algunos mueven el cuerpo rítmicamente hacia adelante y hacia atrás mientras están sentados. Otros van desgranando las bolas de una especie de rosario recordando los 99 nombres de Dios. Hay quien se fija en la respiración o contempla un koan. También están los que utilizan una oración vocal o la repetición de una jaculatoria o la oración de Jesús. Incluso algunos, como los derviches sufíes giran sin parar. Siempre necesitamos algún tipo de ayuda para favorecer una verdadera oración y dejar que la gracia actúe en nosotros más allá del sueño. En la tradición monástica tenemos la contemplación de un texto bíblico, de una parábola de Jesús o alguna actuación, dicho o misterio suyo. Por ejemplo, hoy se nos leerán en la eucaristía las tres parábolas de la misericordia. Basta con que nos fijemos en una de ellas y la contemplemos, sin especular, dejando que el Espíritu que la sustenta y movió al escritor sagrado a relatarla hable a nuestro espíritu y le revele el misterio de Dios escondido ahí. Eso sí nos irá transformando interiormente hasta tener los mismos sentimientos de Cristo. No se trata de dedicar muchas horas, sino en que empleemos el tiempo adecuadamente para preparar el terreno donde el Espíritu pueda sembrar su semilla. El que se limita conscientemente a estar sentado en el banco durante la oración, no facilita la obra del Espíritu que debe transformar la mente y el corazón al que vive conscientemente. Por eso es imposible orar dejándose transformar y no ser transformado espiritualmente.