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Sábado, 28 Marzo 2020 15:45

SE 15 - Servimos a quien valoramos: Dios o el dinero

¿Qué le sucede a un miope sin gafas ni lentillas? Ve las cosas borrosas. ¿Significa eso que las cosas están borrosas? No, simplemente que él las ve así. El problema es que, si además de ser miope es necio, se imaginará que las cosas están efectivamente borrosas, que poseen la deformidad que él aprecia. Lo mismo le sucede a un daltónico. ¿Y qué decir de un medio sordo? Éste sufre mucho cuando le da por completar con su imaginación lo que no alcanza a escuchar con sus oídos, haciéndolo más suspicaz.

De esto nos habla Jesús cuando, tras invitarnos a procurar el verdadero tesoro que nadie nos puede quitar, nos avisa del engaño al que nos conduce el no tener una vista lo suficientemente graduada. Si entro en un salón completamente oscuro, y trato de iluminarme con una linterna, la potencia y color de su luz condicionará lo que yo vea, y lo que yo perciba condicionará mi actuar posterior. El movimiento del cuerpo está condicionado por lo que alcanzan a ver los ojos, por eso hay quien camina con decisión, quien va con miedo, quien lo hace palpando o quien se sienta para evitar males mayores y termina durmiendo. En la vida espiritual sucede algo parecido. Si nuestra alma se encuentra oscurecida, si nos hemos dejado atrapar por la acedia espiritual, si hemos dejado que se adormezca el deseo de Dios, nuestra ceguera será enorme, viviendo simplemente desde la inercia de seguir haciendo lo que siempre hemos hecho, pero sin alma, sin amor, sin decisión.

Por eso se nos invita a no quedarnos sentados llorando nuestra ceguera y sus consecuencias, sino a buscar la fuente de la luz que pueda hacer ver de nuevo a nuestro ojo para que ilumine a nuestro cuerpo. Si vemos que caemos y no hacemos lo que queríamos, procuremos acercarnos a la fuente de la luz para que ella nos permita ir percibiendo la realidad de otra manera hasta que nos transforme, pues no hay nada peor que quedarnos sentados en la zona oscura de nuestra existencia, frenados por nuestra falta de claridad. Para ello Jesús nos propone varias cosas.

En primer lugar, nos invita a tener un solo señor en nuestras vidas, advirtiéndonos que no podemos servir a dos señores al mismo tiempo, que hemos de decidirnos a servir a Dios y no al dinero. No podemos servir a esos dos señores al mismo tiempo porque son antagónicos. Nosotros podemos pensar: pues ese no es nuestro problema, eso no va con nosotros, pues hemos renunciado a todo y no tenemos ni cuenta corriente particular. Bien sabemos que se trata de mucho más, de lo que simboliza el dinero y la actitud del siervo. Quien pone su confianza en el dinero, la pone en el poder y la seguridad que da, no viendo necesario ponerla en Dios. Y cada uno debemos preguntarnos dónde ponemos realmente nuestra confianza.

Fácilmente nos podemos engañar tratando de armonizar el servicio a Dios y al dinero, diciendo que necesitamos lo segundo para ponerlo al servicio del primero. Es nuestra tendencia natural que busca tenerlo todo sin tener que renunciar a nada. De ahí el chiste malicioso que nos presenta a aquella persona piadosa que, al verse obligado a elegir entre la Biblia y el dinero, pidió los billetes para usarlos como estampitas separadoras de la Biblia.

Pero Jesús nos avisa que llevemos mucho cuidado, que el dinero no solo es un medio material, sino que se termina trasformando en un auténtico señor que nos exige la vida. Ciertamente que Jesús no nos dice expresamente que el dinero sea malo, pero su advertencia es clara. No podemos servir a Dios y al dinero al mismo tiempo. La fuerza de esa afirmación radica en nuestra elección libre a quién deseamos servir, a quién consideramos como nuestro señor.

El dinero no son solo monedas o billetes, sino que simboliza el poder y la seguridad que podemos encontrar de múltiples formas, tanto en el poder económico como en nuestras propias cualidades intelectuales o prácticas, en la autoridad que tengamos, etc. Para evitar el peligro que conlleva solo tenemos dos opciones: huir de él o vivir desprendidos de él. Huir de él nos lleva a tener una actitud temerosa, a la defensiva, que no creo que sea positiva, por lo que quizá sea más ventajoso tratar de vivir desprendidos de él, no dejar que sea nuestro señor, no rendirle pleitesía como siervos suyos.

No adorar el dinero en cualquiera de sus formas es ser capaces de disfrutar de su presencia y dejar que se marche como ha venido, o compartirlo con los demás con agrado. Dar gratis lo que hemos recibido gratis, no rehuir al que nos pide, compartir lo que tenemos, son cosas a las que nos invita el Señor. Quien no tiene, no puede compartir. Y todos sabemos que es más fácil no tener que poseer y desprenderse con generosidad de lo que se tiene. La tentación del que no tiene es el victimismo, que es una forma retorcida de hacer de su carencia su tesoro. Es lo que suele hacer el que no tiene o ha sido privado de algo, buscando suscitar la compasión de los que tienen. La tentación del que tiene es no compartirlo para no perder parte de su seguridad o porque cree que lo que tiene lo ha conseguido por sus propios méritos y no tiene por qué compartir con otros que -dice- pasan necesidad por su propia indolencia.

El aviso de Jesús es muy serio. Si servimos al dinero por el poder que nos ofrece, si adoramos a lo que nos da seguridad y a nuestro propio ego, nos alejamos de Dios. Vivir en el desprendimiento y la confianza en Dios es poner luz en nuestro camino. Pero para que sea cierto hay que pasar por la prueba. Necesitamos estar atentos a cómo reaccionamos cuando llega el momento, cuando un hermano nos pide algo de lo nuestro o de nuestro tiempo, cuando un pobre llama a nuestra puerta, cuando leemos noticias sobre la situación tan dramática que pasan muchos inmigrantes, refugiados, víctimas de la violencia o descartados de la sociedad. Qué estamos dispuestos a dar y hasta dónde. Como también debemos observar cómo reaccionamos ante la adversidad, cuando nos quitan algo a lo que creíamos tener derecho, cuando experimentamos la escasez material, personal o espiritual, etc. Todo eso nos ayuda a constatar realmente dónde tenemos asentada nuestra confianza y a qué señor servimos.

No olvidemos que ya no nos pertenecemos, que servir a Dios es servir a los hermanos, mientras servir al dinero es buscar ser servido por los demás.