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Sábado, 04 Enero 2020 20:43

SE 9 - Dirigirnos a Dios como Padre nuestro nos recuerda nuestra fraternidad

El Señor Jesús nos enseña a orar pidiendo que nos orientemos hacia el Padre. La primera enseñanza es que en la oración no podemos ser el centro, hemos de olvidarnos de nosotros mismos, no podemos utilizarla para sacar provecho alguno, aunque lo obtengamos. Al comenzar nuestra oración diciendo “Padre” surgen en nosotros diversas sensaciones. Decir “Padre” es sentirse hijo, saberse amado, protegido, sostenido, lo que nos impulsa a la confianza. Decir “Padre” nos cambia el punto de mira, invitándonos al abandono en el Padre, a escuchar y a dejarnos enseñar por él.

Decir Padre “nuestro” nos amplía esa relación filial. No solo se trata de mi Padre, sino de nuestro Padre. Experimentamos nuestro ser de hijo sin atrapar al padre solo para mí. Cuando uno tiene hermanos, y más todavía si ha sido de familia numerosa, entiende bien eso, especialmente cuando habla con sus hermanos del padre. No dice “mi padre”, sino un genérico papá o padre, al ser consciente de que lo es de todos los hermanos al mismo tiempo que lo es de mí. Comenzar la oración diciendo “Padrenuestro” nos hace tomar conciencia simultáneamente de la paternidad de Dios y de nuestra fraternidad en él, nos enseña a dirigirnos al Padre como parte de un cuerpo y a encontrar en el Padre a ese cuerpo del que formo parte. Eso facilita una oración más universal, menos cerrada en la propia necesidad, una oración más contemplativa que nos adentra en el Dios que todo lo abarca y en quien todo es y todos somos. Una oración en la que presentamos no solo mi necesidad, sino nuestras necesidades.

Al decir que “estás en el cielo” podemos sentirlo como algo distante, lejos de nosotros, porque estamos acostumbrados a llamar cielo a las nubes y todo lo que está por encima de nuestras cabezas. El “cielo” designa lo que no es la tierra y también se refiere a la morada de Dios. Dos conceptos bien distintos que pudieran llevar a equívocos cuando la experiencia religiosa se expresa de una forma un tanto infantil y sensible, pues parece que la inmensidad y grandeza de Dios la intuimos mejor cuando miramos hacia arriba, a la inmensidad del cosmos que nos rodea, como el niño mira hacia arriba buscando el rostro de su padre.

Sin embargo, Jesús vino a instaurar en nosotros el reino de los cielos, sin que por ello nos viniera a preparar para subir en una nave espacial por encima de las nubes. Él trataba de decirnos que mirar al cielo no es mirar arriba, sino al lugar donde él habita, a su morada que es nuestro propio corazón, el lugar donde brotan los pensamientos buenos y malos que nos hacen puros o impuros. Mirar al propio corazón para hacer de él una morada digna de Dios. Muchas son las parábolas con las que nos lo representa. Nunca nos dice que el reino de los cielos esté o se asemeje a las nubes, sino que el reino de los cielos es algo que va creciendo en nuestro interior cuando escuchamos la palabra de Dios y dejamos que ella reine dentro de nosotros. Por eso las parábolas que utiliza Jesús para referirse a ese reino son todas imágenes que nos hablan de algo pequeño que va creciendo hasta abarcarlo todo. Así, el reino de los cielos se asemeja:

  • a una semilla que se deposita en la tierra y va creciendo imperceptiblemente
  • al grano de mostaza, que siendo la semilla más pequeña, cuando crece se hace mayor que las hortalizas, llegando a ser un árbol donde las aves se pueden posar y anidar
  • a la levadura que se hecha en la masa y la va fermentando completamente
  • etc.

A veces, equivocadamente, se ha entendido eso en clave muy poco evangélica, como si esa semilla que crece fuera el poder y la expansión de la Iglesia en el mundo, por lo que estaríamos llamados a trabajar en el desarrollo numérico y geográfico de una Iglesia que debiera instalarse en el mundo con un poder también terrenal y omnímodo. Sin duda que Jesús nos pidió anunciar la buena noticia del reino de los cielos, pero para que el reinado de Dios se instalase en el corazón de cada uno, no para lograr un poder terrenal. Jesús no vino a reinar sobre el mundo -y así se lo hizo saber a Pilato cuando afirmó que su reino no es de este mundo-, sino que desea reinar en los corazones de cada uno de nosotros. Ese es el evangelio que estamos llamados a anunciar.

Por eso, la oración de Jesús comienza con la petición de que el nombre de Dios sea santificado: Santificado sea tu nombre, decimos, sabiendo que hablar de nombre en la Biblia es hablar de lo que significa: que Dios mismo sea santificado. Es la primera de las siete peticiones que se hacen en esta oración. Ya sabemos que el evangelista Mateo tiene una gran predilección por el número siete, como lo vemos cuando habla de la genealogía de Jesús con dos tandas de siete generaciones, o de las siete bienaventuranzas, o de las siete parábolas, o de perdonar no siete veces sino setenta veces siete, o de las siete maldiciones contra los fariseos, etc.

Lo primero que desea Jesús es que Dios sea santificado. Es lo primero y es lo más importante. Nos pide que en nuestra oración pidamos eso y hagamos lo posible por ponerlo en práctica, pues, como nos recuerda la carta de Santiago, de nada vale desearle a alguien que mejore su situación y no colaborar nosotros en ello.

Desear que el nombre de Dios sea santificado es reconocer la santidad de Dios. Como bien sabemos, los términos “santo” y “santidad” derivan de una raíz semita que significa cortar o separar, haciendo alusión a algo que está separado de lo profano por encontrarse en el ámbito de lo sobrenatural, algo a lo que solo podemos acercarnos purificados. Reconocer la santidad de Dios es reconocer su divinidad, su inaccesibilidad para nosotros si él no se nos manifiesta.

Santificar el nombre de Dios es reconocerlo como único Dios. Un reconocimiento en todos los aspectos de nuestra vida. Santificar el nombre de Dios es creer en su presencia en la eucaristía y en la liturgia, pero también en nuestra oración, en todos los acontecimientos de nuestra vida, en los hermanos con los que convivimos y en todas las personas, nos caigan bien o no. Santificar el nombre de Dios es vivir desde la fe en él en todo momento, sabiendo que su providencia amorosa lo abarca todo y todo tiene un sentido desde él. Desear que su nombre sea santificado es desear que todos los hombres participen de esa fe que puede dar sentido a sus vidas. Denigrar el nombre de Dios es vivir de espaldas a él y ser causa de escándalo para otros, provocando que se alejen de Dios a causa de nuestra incoherencia de vida y nuestra falta de fe a la hora de afrontar los acontecimientos y dificultades.

He manifestado tu Nombre a los hombres, exclamó Jesús en su oración antes de la pasión, es decir, nos reveló la persona del Padre y lo que es más propio del Padre: el amor hasta el extremo. Un buen padre lo da todo por sus hijos. Por eso continúa diciendo: Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos. Conocer y santificar el nombre de Dios no es mero conocimiento ni ritual, sino transformación del propio corazón según el corazón del Padre.

Al hablarnos de la oración, Jesús nos dice: Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará (Mt 6, 6). La oración es una experiencia porque es una relación. Una relación espiritual que va más allá de los sentidos corporales. Una experiencia que requiere el silencio interior de ruidos, pensamientos, recuerdos, sentimientos. Algo que casi nunca alcanzaremos del todo, pero hacia donde debemos orientarnos. Sí es posible que se dé brevemente, pero esos instantes son como el todo. El tiempo lo necesitamos mientras vivimos en nuestro mundo material. El espíritu se adentra en una realidad que va más allá, donde el tiempo y el hacer ya no cuentan. Por eso, adentrarnos por un instante en ese silencio de Dios, silencio espiritual, es como rozar la inmensidad de Dios que nos transforma en nuestro ser más profundo. Quizá parezca que todo sigue igual, pero bien sabemos que en lo profundo de nosotros ha sucedido algo transformante que lo podemos ver en nuestro abandono en Dios, en nuestro desapego de tesoros que descubrimos no son tales, en una relación amorosa y gratuita no dependiente de nadie porque sabemos quién nos sostiene. Entrar en el silencio del propio corazón Dios lo recompensa, pero no con bienes humanos ni futuros, sino con la transformación del corazón que da su experiencia. Es entonces cuando santificamos el nombre de Dios con nuestras vidas y dejamos que el reino de Dios se vaya instalando en nuestros corazones.