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Funeral del Hno. Marcelino

(11.NOV.2016)

Al final de la carrera los ciclistas sacan fuerzas de donde no las tienen y arremeten la meta al sprint. La meta aparece como un imán que les hace olvidarse de todo. Hace dos meses estábamos aquí despidiendo a nuestro Hno. Jaime. Hoy lo hacemos con nuestro Hno. Marcelino. Parece que la meta de su vida se haya presentado con mayor fuerza al haber visto partir a Jaime.

A Marcelino le atraía esa meta que esperaba con confianza. Por eso, aunque a nosotros nos entristezca, hoy es un día de gozo al saber que él ha llegado a la meta que pretendía, meta en su recorrido humano, cristiano y monástico.

A él le tocó nacer en medio del conflicto fratricida de la guerra civil española. Lo que significó un tiempo duro, de privaciones y trabajo, pero también tiempo de reconstrucción. Eso son cosas que marcan una vida abnegada, de entrega personal y de esperanza. Sin duda que las dificultades bien llevadas son los mejores cimientos para que un edificio se eleve y se mantenga resistiendo las inclemencias del tiempo. En sus años de infancia también los niños debían colaborar en las tareas agrícolas familiares de esta época, por lo que ya nunca el trabajo le sería una realidad desconocida.

Tenía 12 años cuando visitó su pueblo un monje, el Hno. Eleuterio –Hno. Trabajo le llamaban en casa-, y lo conquistó, trayéndolo al monasterio de Sta. Mª de Huerta junto con el P. Severino. Se orientó como hermano converso, una forma de vivir la vida monástica desde el trabajo. Trabajó en la sastrería y en la cocina, pero, sobre todo, en la granja. Tanto en nuestro monasterio de Monte Sión –donde estuvo los primeros años y posteriormente en otra etapa- como en Sta. Mª de Huerta la agricultura y la ganadería ocuparon el mayor tiempo de su jornada. ¡Cómo le costó el dejar la explotación lechera en 1992!, aunque no había otra solución. Quería a sus vacas, disfrutaba contando la historia de algunas de ellas, y ellas le dejaban su perfume del que no se podía zafar fácilmente cuando venía apresurado al oficio divino. ¡Cómo no echarlas de menos!

Su amor al oficio divino era otra de sus características. Él había sido hermano converso, por lo que no tenía obligación de participar en la liturgia, pero lo hizo siempre que pudo, cuando se le permitió después de la reforma del concilio Vaticano II.

Además de trabajador, era un hombre tranquilo y pacífico. No era persona de letras, pero sí de una fe sencilla y robusta. A veces demasiado robusta, pues como tuviese una idea fija, ya podías discutir con él que terminabas derrotado por aburrimiento, así era de testarudo. Su natural era optimista y solía estar disponible. Su cercanía hacía sentirse a gusto con él, pues también sabía dar conversación.

Pero por encima de todo eso yo resaltaría otras cualidades. Tenía un gran amor a la comunidad, por lo que la comunidad siempre lo sintió como algo muy suyo. Amaba a la comunidad en su entrega personal y la amaba procurando no criticar a los hermanos. Más todavía, trataba de hacer ver las cualidades positivas de los otros, y si criticaban de alguien en su presencia tendía a disculparlo y desdramatizar, pues todos tenemos defectos, decía él.

Otra de sus mejores cualidades era su capacidad de dar un sentido espiritual a todo. Esto animó a más de uno cuando se sentía abrumado y era una forma sencilla de evangelizar cuando alguien se le acercaba. Muchas veces te respondía con una palabra sencilla y espiritual que te desconcertaba y cuestionaba los razonamientos más complicados.

De sus 79 años 67 los pasó en el monasterio. Sin duda que fue toda la vida. Ayer, estando en Zaragoza a la espera de traer su cuerpo al monasterio, leí un lema de una entidad bancaria que me hizo reflexionar sobre la vida de nuestro Hno. Marcelino: “Hablar con hechos es nuestra forma de hablar”. Me quedé pensando. Efectivamente, la vida monástica no es glamurosa, no mete ruido, pero sí que puede ser desconcertante e interrogar cuando es coherente y somos perseverantes. Ningún discurso de constancia y perseverancia, de fe y confianza, es tan poderoso como el haber vivido 67 años intentando ser fiel a lo que se comenzó un día.

Y viendo su cuerpo yacente comenté a otro hermano que siempre me ha gustado contemplar el rostro de los difuntos, pues mirándolo me transportaba a lo esencial de la vida, a lo que no muere, a lo que nos acompañará para siempre. ¿Y qué es eso? Lo único que nos llevaremos de este mundo es el amor que hayamos dado. Ese amor nos habrá transformado el alma, nuestra alma, y habrá dado vida en aquellos que lo recibieron. El resto quedará aquí. Nuestro cuerpo desaparecerá. Nuestras obras terminarán cayéndose u olvidándose. Nuestras palabras ya no se recordarán. El amor que hayamos puesto en la vida es lo que se marchará con nosotros como una vida que no se acaba, la que pusimos en nosotros y en todos a los que ayudamos.

Orientar la vida desde Dios le ayudó enormemente a afrontar las dificultades, incluso cuando no le dejaban hacer lo que quería, pues tenía muy vivo el sentido religioso de la obediencia. Aunque era testarudo, sabía obedecer. Eso sí, repetía con frecuencia una frase que había escuchado hace mucho y que le gustó: “Nunca hay que estar demasiado lejos de los superiores para no enfriarse, pero tampoco demasiado cerca para no quemarse”. Y ciertamente él no era una persona que estuviese haciendo carantoñas al abad, pero siempre se manifestaba cercano, respetuoso con la autoridad y fácil de abordar.

El ser el encargado durante muchos años de la granja, le permitió tener más relación con la gente del pueblo. Muchos de vosotros le conocíais bien y os habéis acercado a darle el último adiós. Él también tenía un gran amor por nuestro pueblo y tuvo algunos grandes amigos que ya le han precedido o todavía viven.

Al final Dios le regaló con algo que deseaba ardientemente. Hoy tenemos aquí presente a su familia a la que tanto quería. Hace 10 días pudimos estar con ellos en su pueblo sin saber que sería la última despedida. También Dios hace sus regalos a los que confían en él. Ahora ellos y nosotros podemos alegrarnos por el descanso eterno de nuestro Hno. Marcelino, al que acompañaremos hasta el cementerio.