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MÁRTIRES DE TIBHIRINE - BEATIFICACIÓN

(08.12.18)

Hace ahora tres años celebrábamos la beatificación de los monjes mártires de Viaceli, nuestra casa madre. Hoy la Iglesia beatifica a nuestros hermanos monjes de Tibhirine. Monjes mártires del siglo XX como lo fueron otros tantos como los del monasterio de la Consolación en China. Pudiera resultar extraño al vivir los monjes una vida escondida sin protagonismos, pero no lo es. A fin de cuentas el ideal cristiano siempre fue el del martirio, el de dar la propia vida por amor, imitando a nuestro Maestro, venciendo el mal a fuerza de bien, acallando la violencia con la mansedumbre, creyendo en que es posible un mundo mejor y estando dispuestos a dar la vida por él, sin hacer frente al violento con violencia. Escándalo para aquellos que viven una religión sustentada en el poder y la victoria mundana de su mesías. Necedad para los pragmáticos que solo creen lo que ven y les parece razonable, teniendo al bienestar como su dios. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo?... Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres… Dios ha escogido lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido lo débil del mundo para confundir lo fuerte (1Cor 1, 20-27).

Al celebrar hoy la beatificación de nuestros hermanos de Tibhirine, celebramos su pascua, su testimonio del Resucitado, de Aquél que llevó el amor hasta el extremo de la entrega de sí mismo. Hay cosas que no se improvisan, y ellos no lo hicieron. Su vida era una vida escondida, quizá más que otras, pues estaban como minoría en un país musulmán. Sin embargo, ese ocultamiento ha salido a la luz cuando llevaron su entrega hasta el final.

Lo más grande que tenemos las personas es nuestra capacidad de amar. Las grandes obras que realizamos pueden suscitar admiración o envidia. Pero la entrega en el amor -aunque menos llamativa- es algo que todos reconocemos como valioso, deseable, digno de ser reconocido. Esos son los modelos que merecen la pena. Pero nadie hace nada si no tiene una motivación. Y menos todavía nadie entrega su propia vida si no tiene un motivo muy profundo. Como San Pedro, todos podemos fanfarronear en un arrebato de euforia: “Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré”, pero salimos huyendo en el momento de la prueba.

Nuestros hermanos de Tibhirine sintieron miedo, por qué no decirlo. Cuando se presentaron por primera vez los terroristas en su casa algunos se escondieron. Pero supieron después madurar su opción de permanecer, dispuestos incluso a entregar lo más valioso, su propia vida. ¿Y qué les movió a quedarse? El amor. El amor al pueblo argelino que tanto estaba sufriendo en esos momentos. Es fácil amar cuando van bien las cosas, cuando todo es gratificante, cuando nos sentimos a gusto con lo que hacemos. Pero aquellos momentos eran muy difíciles. El mal se había adueñado de muchos en forma de violencia y odio. ¿Era el momento de abandonar al pueblo sufriente? Esa pregunta se hicieron nuestros hermanos. Y decidieron compartir el destino de los que amaban. Estaban dispuestos a todo y a ello se conjuraron. Es la prueba que también nosotros podemos pasar cuando palpamos la fragilidad o suciedad de nuestra Iglesia, nuestro pueblo, nuestra comunidad, nuestra familia. Es tentador el apartarse cuando se tienen motivos más que justificados.

En esos largos meses desde la primera visita en la navidad de 1993, donde la entereza del prior Christian desarmó literalmente a los que armados entraron en la casa de Dios en el día en que nacía el príncipe de la paz, hasta la primavera de 1996 cuando fueron secuestrados por el GIA, vivieron un intenso tiempo de prueba interior, personal y comunitaria. Un tiempo de discernimiento y de opciones. Podían marcharse, pero decidieron quedarse. “Vosotros sois la rama donde se apoya el pájaro tras su vuelo”, les dijo alguno de sus vecinos. No amaron tanto su vida que temieran la muerte. Les pudo más el amor al pueblo argelino con el que se habían comprometido. Y su decisión fue recibida como una ofrenda que ha dado y sigue dando sus frutos.

Ellos no eran monjes que sobresaliesen especialmente por nada. Pero al llegar la hora de la prueba se pudo ver que tantos años en el monasterio, en una vida de apertura a Dios y a los hermanos, les fue preparando para ese momento tan crucial en el que con total libertad supieron tomar una opción radical: anteponer el amor a su propia vida. No pretendían siquiera ser mártires, sino solidarizarse hasta el extremo con un pueblo que estaba sufriendo. Se preocuparon mucho de no hablar de martirio. Exculparon a los que quizá un día les hicieran lo que finalmente les hicieron, tal y como vemos en el testamento del P. Christian concluido tras la primer visita terrorista:

Yo no podría desear una muerte semejante.

Me parece importante proclamarlo.

En efecto, no veo cómo podría alegrarme

que este pueblo al que yo amo sea acusado, sin distinción, de mi asesinato.

Sería pagar muy caro lo que se llamará, quizás, la "gracia del martirio"

debérsela a un argelino, quienquiera que sea,

sobre todo si él dice actuar en fidelidad a lo que él cree ser el Islam.

Conozco el desprecio con que se ha podido rodear a los argelinos tomados globalmente.

Conozco también las caricaturas del Islam fomentadas por un cierto idealismo.

Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila

identificando este camino religioso con los integrismos de sus extremistas.

Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías.

Sí, para ti también quiero este GRACIAS, y este "A‑DIOS" en quien te veo.

Y que nos sea concedido rencontrarnos, ladrones bienaventurados,

en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío. AMEN!

Insha 'Allah !

Fáciles palabra en boca de un charlatán, pero profundo mensaje en labios de alguien que supo entregar la propia vida perdonando de corazón a los que se la quitaban.

En un mundo que nos desborda a todos, nos sentimos impotentes. Los medios de comunicación nos acercan las más diversas culturas, las catástrofes que suceden en todos los lugares de la tierra. Las redes sociales que pudieran servir para unir, muchas veces son sembradoras de enfrentamientos y descalificaciones gratuitas, escondidos sus actores en el anonimato, y que van dañando la convivencia. Nos imponemos un ritmo de vida un tanto alocado sin saber muy bien para qué corremos tanto. Y en medio del aturdimiento encontramos ejemplos perdidos en cualquier rincón del mundo que son grandes por la proeza que supone la entrega de la propia vida, acto de amor supremo.

Una entrega que para nuestros hermanos de Tibhirine unía la experiencia de Dios con la experiencia del amor humano. Su presencia en medio del mundo musulmán era significativa. No buscaban el éxito. Cualquier diseñador de planes comerciales se lo habría desaconsejado. ¿Cómo tener éxito en un lugar donde sabían de antemano que no podía haber vocaciones y estaban en evidente minoría? Pero ellos buscaban otra cosa. Ellos creían que todos somos uno en Dios nuestro creador. Que el Dios cristiano no se diferencia de Alá. Que la fe del creyente trasciende toda frontera humana. Que en el fondo del pozo todos nos encontramos:

Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón


a los que me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista:

"qué diga ahora lo que piensa de esto!"

Pero estos tienen que saber que por fin será liberada mi más punzante curiosidad.

Entonces podré, si Dios así lo quiere,

hundir mi mirada en la del Padre

para contemplar con El a Sus hijos del Islam

tal como El los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo,

frutos de Su Pasión, inundados por el Don del Espíritu,

cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión

y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.

El amor todo lo unifica porque sabe salir de sí mismo. Los hermanos de Tibhirine lo confirmaron con sus vidas. Lo diferente es reflejo de la riqueza de toda diversidad, calidoscopio de la única verdad. Pero cuando lo diferente se transforma en enfrentamiento, es que nos hemos querido apropiar de la verdad. Toda una enseñanza aplicable a nuestro hoy. Enseñanza por la que debemos trabajar en nuestra comunidad, en nuestra Iglesia y en nuestro mundo.