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CARTA CIRCULAR DE 2002

DESDE LAS RAICES DEL EVANGELIO

(Carta circular a los miembros de la Orden)

Roma, 26 de enero de 2002

Queridos Hermanos y Hermanas:

El aZo pasado el SeZor Jesús nos dijo a todos y a cada uno: ¡ven y sígueme! Su Palabra es viva y eficaz. Nuestra respuesta no se ha hecho esperar. Este aZo nos vuelve a repetir la invitación, aunque con mayor radicalidad.

Por este motivo deseo escribirles ahora sobre el radicalismo evangélico. Estoy convencido que para todos los cristianos, sin excepción, el radicalismo evangélico es una exigencia fundamental e irrenunciable, que brota de la llamada de Cristo a seguirlo e imitarlo. Esta exigencia encuentra su fuente en la íntima comunión de vida con El, realizada por el Espíritu.

En las grandes religiones de la humanidad, la vida monástica ha sido siempre considerada como una forma radical de vivir enraizados en el Absoluto. En nuestra tradición cristiana, los monjes y monjas sólo desearon seguir a Cristo, tal como lo propone el Evangelio, siendo también "signos" de la Iglesia ansiosa de entregarse al radicalismo de las bienaventuranzas.

La vida monástica contemporánea, fascinada por el Reino de los Cielos, está invitada a seguir a Jesús abrazando el bienaventurado radicalismo del Evangelio. Nuestro futuro depende de nuestra respuesta a este desafío. Los jóvenes nos piden radicalidad; los de mediana edad no queremos instalarnos en la tibieza; los ancianos desean ahondar el misterio que ya viven; la Iglesia y el mundo necesitan y nos reclaman lo que nosotros decimos ser.

1. Un programa exigente y tajante

Cuando decimos que algo o alguien es radical estamos diciendo muchas cosas al mismo tiempo. Ante todo estamos afirmando que ese alguien o algo es absoluto, exigente y tajante y que, por lo mismo, rompe con las formas ordinarias y corrientes. Lo radical, en medio de la superficialidad cotidiana, resulta inhabitual y paradójico.

Si pudiéramos leer aún el Evangelio con ojos iluminados por el primer amor, descubriríamos que la Buena Noticia de Jesús es exigente pues es inagotable, es aguda y tajante pues punza, corta y libera de todo doblez y falsificación.

Una vida según la radicalidad del Evangelio nos hace verdaderos discípulos de Jesús pues nos permite vivir tal como Él vivió. Quienes así viven, viven con hondura, coherencia y firmeza; y no con espectacularidad, intransigencia, y agresividad. De acuerdo, se trata de algo imposible para nosotros; pero esto no es causa de frustración, pues la radicalidad consiste en nunca darse por vencido, no es una meta, es camino. Y es además algo posible pues el tiempo es breve y el SeZor viene: ¡no hay seguimiento radical sin espera apasionada de la Parusía del Resucitado!

 

El radicalismo del cual les quiero hablar en esta carta es maximalismo evangélico, grito profético y marginalidad apocalíptica. Me explico, se trata de vivir el Evangelio al ciento por ciento. Se trata de ofrecer nuestras vidas para que Dios haga oir su voz y revele su misterio aunque haya poca fe sobre la tierra.

La radicalidad evangélica florece y cuaja en frutos de vida eterna, desde las raíces. Pero, atención, no son ni los frutos ni las flores que sostienen a las ramas, ni éstas sostienen al tronco, ni el tronco sostiene a la raíz. Es la raíz la que sostiene al tronco, a las ramas, a las flores y a los frutos. El monje y la monja radicales merecen la bendición del profeta: Bendito el que confía en el SeZor y en El tiene puesta su confianza. El es como un árbol plantado al borde de las aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente ; no teme cuando llega el calor y su follaje se mantiene frondoso; no se inquieta en un aZo de sequía y nunca deja de dar fruto (Jer.17:7-8; Cf. Sal.1:3).

Nuestro Maestro Jesús nos dice sin ambigüedades: Os digo que si no sois mejores que los maestros de la ley y los fariseos, no entraréis en el reino de los cielos (...) Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt.5:20, 48). Y un discípulo de la segunda hora nos lo aclara: El seguidor y la seguidora radicales son aquellos que están arraigados y fundamentados en el amor (Ef.3:17), enraizados y cimentados en Cristo (Col.2:7).

Las palabras exigentes, tajantes y radicales del Evangelio están dirigidas a todos los cristianos.

Se han de entender en el contexto del Amor gratuito y misericordioso del Padre, que nos salva en Cristo, y nos dona una nueva vida en el Espíritu. Presuponen la conversión, la fe en Jesús, la escucha de la Palabra, la vigilancia y el amor a Dios y al prójimo. Por todo esto, han sido siempre fuente de inspiración y renovación de la vida monástica.

2. No todo lo que brilla es oro

El radicalismo es uno de los pocos "ismos" virtuoso, en oposición a tantísimos otros "ismos" viciosos. En nuestras lenguas romances, el sufijo "ismo" sirve para denotar la corrupción de algo que en sí puede ser puro e íntegro. Así, por ejemplo: el liberalismo endiosa la libertad individual, el comunismo masifica la comunidad, el nacionalismo niega la existencia de otras naciones...

La historia de la espiritualidad en general -- y de la vida monástica en particular-- nos enseZa que existe la posibilidad de pervertir y desvirtuar la radicalidad evangélica. Aquí, sí, se cumple a la perfección el refrán: nada peor que la corrupción de lo óptimo. Tratemos de discernir algunos posibles engaZos. La genuina radicalidad puede ser suplantada por otros fenómenos que suelen engaZar a quien no esté despierto y vigilante. El rigorismo, el fundamentalismo y el ideologismo tienen cierto brillo pero no son el oro de la radicalidad.

En efecto, el radicalismo evangélico es muy diferente del rigorismo, sea que éste se apoye en la ley o en el voluntarismo. Veamos, en forma esquemática, el contraste entre ellos:

 

-El radicalismo es una invitación del Espíritu,el rigorismo es una imposición volitiva sostenida con frecuencia por la ley.

-El radicalismo aspira a resultados de largo plazo, el rigorismo pretende resultados inmediatos.

-El radicalismo confía en la fuerza del Evangelio, el rigorismo confía en el poder humano.

-El radicalismo se abre a la novedad, el rigorismo teme lo nuevo.

-El radicalismo es pluriforme, el rigorismo es monoforme.

-El radicalismo da espacio a la libertad, el rigorismo ahoga la libertad.

Probablemente no sea esta la trampa en la que pueda caer hoy nuestro deseo de radicalidad evangélica. En muchas partes reina una cultura light, en la que se sirve café decafeinado y el rigor y el vigor han sido suplantados por sus opuestos. De todos modos, un esfuerzo contracultural puede convertir a un monje radical en un monje insoportable.

Los fundamentalismos de diferente corte son hoy moneda corriente. No faltan los fundamentalismo religiosos y, en nuestra tradición cristiana, los fundamentalismos evangélicos. Si observamos atentamente estos fenómenos no tardaremos en descubrir su frontal oposición con el radicalismo de Jesús y de su Buena Noticia.

La radicalidad del Evangelio se caracteriza por esa sencillez que es fruto de acentuar los fundamentos, esto da lugar a sólidas convicciones fundantes. Muy diferente, por cierto, es la simpleza del fundamentalismo fruto de un rechazo indiscreto y temeroso de la realidad, más que convicciones se buscan seguridades.

El radicalismo se orienta hacia las raíces, el fundamentalismo se queda en el tronco. Por eso, el primero es original y el segundo es repetitivo. El primero da lugar a vida abundante, el segundo es causa de dogmatismo, perfeccionismo y fanatismo. El fanático fundamentalista juzga que todo pluralismo es relativismo mientras que la persona radical sabe hacer las debidas diferencias.

¿Quién ignora, por lo demás, la carencia de originalidad total y el ritmo repetitivo del discurso y comportamiento fundamentalista? Todo lo contrario de la originalidad fontal del radicalismo de la Buena Noticia.

Me temo que ciertas doctrinas monásticas, al menos en su presentación teórica, no carecen de cierto sabor fundamentalista. Pienso concretamente, con temor y temblor, en algunas posibles simplificaciones tocantes a la castidad, pobreza y obediencia: ¡las amistades particulares son peligrosas!; ¡lo que cuenta es la pobreza espiritual, la material la procuraremos por aZadidura!, ¡quién al hombre obedece a Dios obedece!

Digamos, finalmente, que el radicalismo no es equivalente con el ideologismo. No obstante, es fácil el paso del uno al otro. ¡Hasta una espiritualidad determinada puede convertirse en ideología! La espiritualidad monástica no está exenta de esta posibilidad, ni tampoco el radicalismo evangélico.

 

Una ideología es una concepción global, absoluta y obligatoria de la vida, desde el ángulo de un grupo determinado. Su principal atractivo reside en la evidencia y motivación que ofrece a aquellos que la abrazan. Pero el abrazo no es sin consecuencias, la ideología termina instrumentalizando a las personas y a las instituciones al servicio de sus propios fines.

Para que nuestro radicalismo no se convierta en ideología hemos de evitar suplantar la realidad por las ideas y, sobre todo, jamás congelar a las personas en esquemas pre-establecidos.

El monje ideólogo justifica todo -o no-- desde su propia concepción ideológica, por ejemplo: su propia visión total e impositiva del carisma cisterciense y de la regla de san Benito. El monje y la monja radicales, por el contrario, disciernen todo desde el evangelio monásticamente vivido a fin que quedarse con lo bueno. La diferencia es abismal.

3. Ni frío ni caliente

El rigorismo, el fundamentalismo y el ideologismo son enemigos sutiles y camuflados del radicalismo. Existe también un enemigo que no utiliza ningún disfraz y lo ataca sin estratagemas: ¡la mediocridad!

Es verdad, gracias a Dios, que la mediocridad en "estado puro" es rarísima en nuestros monasterios. Hasta ahora he encontrado poquísimos monjes o monjas que viven tontamente satisfechos o que se conforman o adaptan a lo finito e intracendental. La persona mediocre ha renunciado a vivir enraizada en su propia hondura personal. Lamentablemente en estas personas la semilla de la Palabra no puede echar raíces pues no hay profundidad de tierra y hay muchas piedras, por eso son inconstantes y sucumben fácilmente ante la menor tentación. Quizás alguno o alguna ha llegado a este estado de resignación espiritual como contrapartida a un idealismo pefeccionista ilusorio de sus aZos jóvenes.

Obviamente no me estoy refiriendo a las normales crisis de fervor o a las largas temporadas de desierto, ni siquiera al conocido vicio de la "acedia" que suele presentarse como "demonio meridiano", es decir, al mediodía de la jornada o a la mitad de la vida.

No obstante, es probable que la "crisis de realismo", que sobreviene entre los 35 y 45 aZos de edad, suela ser caldo de cultivo para instalarse en la mediocridad. Todos hacemos la experiencia de que la comunidad, la Orden, la Iglesia, el mundo en el que vivimos nuestra vida monástica no se ajustan con nuestros ideales y deseos, planes y proyectos. Es así como comienza la crisis de realismo, crisis que puede durar con diferentes estados de intensidad algunos aZos. La pregunta capital que nos acecha y acorrala en este momento de la vida dice así: ¿qué sentido tienen mi vida monástica, mi consagración a Dios y mi pertenencia a esta comunidad? Ya no nos preguntamos más qué voy a hacer en la vida, sino: ¿para qué estoy haciendo lo que hago y para qué vivo lo que estoy viviendo?

 

El SeZor Jesús se refiere a la mediocridad cuando dice: ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca (Apo.3:16). A estas situaciones se llega por el camino de la pequeZa infidelidad ciegamente multiplicada, se llega por el poco uso perseverante de los instrumentos del arte espiritual, se llega por la práctica remisa del buen celo o amor ardentísimo propio del monje y de la monja benedictinos, se llega por una voluntad propia caprichosamente engordada, se llega por el abandono de la oración vivida como donación de sí mismo al SeZor. El entusiasmo, la pasión y la audacia pueden ser ambiguos y peligrosos, pero peor aún son la apatía, el desencanto y la rutina. Un monje o una monja sin pasión por el SeZor y por su Reino es un fracasado.

La mediocridad puede también contagiar a toda una comunidad y, lo que sería aún más grave, a toda una Región o a la Orden en su conjunto. Es fácil buscar refugio en una vida económicamente asegurada y sin riesgos. Es más seguro dejar de soZar y abandonar toda utopía en favor de lo prudente, práctico, real y utilitario. Hasta la misma estabilidad monástica puede convertirse en una trampa que ahoga la esperanza y centra en los propios intereses grupales. Lo peor que podría sucedernos, en cuanto institución monástica, sería dejar de creer en el potencial de humanización y divinización del carisma monástico.

Si nosotros somos la sal de la tierra, y si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no servimos para nada, sino para ser tirados y pisados por los hombres (Cf. Mt.5:13).

4. Palabras hacia las raíces

No es mi intención hacer ahora una lista completa de palabras radicales de Jesús y de su programa evangélico de vida. Pero una simple lectura del mensaje de Jesús nos muestra que muchas veces su enseZanza va a contrapelo o a contracorriente de lo que vive el mundo cuando vive mundanamente. Veamos algunos de estos textos agrupados en seis apartados.

-Invitación al seguimiento: Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos. El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que encuentra su vida la perderá; y el que pierde su vida por mí, la encontrará. Ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo; después, ven y sígueme. Nadie que ponga la mano en el arado y mire atrás es apto para el Reino de Dios.

-Invitación a la renuncia: Cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. Traten de entrar por la puerta estrecha. Hay otros que decidieron no casarse a causa del Reino, !el que pueda entender que entienda!

-Invitación a la pequeZez: El que no recibe el Reino de Dios como un niZo, no entrará en él. El que quiera ser grande que se haga servidor de todos.

-Invitación al amor: Tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros. Si al llevar tu ofrenda al altar te recuerdas allí que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del altar y vete antes a reconciliarte con tu hermano; después vuelve y presenta tu ofrenda. No te digo que has de perdonar siete veces, sino hasta setenta veces siete. No resistáis al mal; antes a quien te hiera en tu mejilla derecha; vuélvele también la otra. Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores. No juzguéis para que no seáis juzgados, porque con el juicio conque juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis seréis medidos. Quita primero la viga de tu ojo y entonces verás claro para quitar la paja del ojo de tu hermano.

 

-Invitación a la coherencia: Todo el que mira a una mujer con mal ojo ya ha cometido con ella adulterio en su corazón. Por tanto, si tu ojo te escandaliza, arráncatelo y arrójalo de ti; porque te conviene perder uno de tus miembros antes que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

-Invitación a la gratuidad: Da a quien te pida; y no vuelvas la espalda al que desea que le prestes algo. Guardaos de hacer vuestra justicia (limosna, oración, ayuno) delante de los hombres, para que os vean; de otro modo, no tendréis mérito delante de vuestro Padre celestial. Buscad primero el Reino y su justicia, y todo el resto se os dará por aZadidura, así que no os inquietéis por el día de maZana, que el maZana traerá su inquietud, a cada día le basta su afán. Cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber. Dad y se os dará, gratis habéis recibido, dadlo gratis.

Varias veces, y hoy una vez más, meditando y orando estos textos me he preguntado: ¿Qué siento al confrontarlos? ¿Cuáles son los que me interpelan más hondamente en este momento de mi vida? ¿Qué pasos voy a dar para iniciar un camino de conversión?

Se habrán dado cuenta de que no he hablado aún de la "carta magna" del Evangelio cristiano: las bienaventuranzas. ¡Ellas merecerían toda una carta aparte! En la versión que nos ofrece el evangelista Mateo se trata de unas disposiciones esenciales al discípulo para su entrada en el Reino. En este caso podemos hablar de "radicalidad" tal como lo venimos entendiendo.

Algunas de las bienaventuranzas se refieren a nuestra relación con Dios; otras, a nuestra relaciones interpersonales, otras, finalmente, tanto a la relación con Dios cuanto a las relaciones entre nosotros. Todas, las ocho, nos están diciendo: ¡bienaventurados los monjes y las monjas radicales!

-Disposiciones en relación con Dios:

-Los que lloran: son los afligidos por la actual situación del mundo presente bajo el dominio del mal, del sufrimiento y de la muerte. Sufren porque la "hora" del SeZor tarda en llegar, esperan el consuelo que llegará a plenitud con la total instauración del Reino.

-Los hambrientos y sedientos: son quienes buscan y anhelan ardientemente la justicia de vida, o sea, el integral cumplimiento de la voluntad de Dios. Quieren ser discípulos en plenitud.

-Los limpios de corazón: son quienes se ajustan a la voluntad de Dios con toda sumisión y rectitud. Sus deseos ya han sido saciados pues han encontrado lo que buscaban.

-Disposiciones para con el prójimo:

-Los mansos: su mansedumbre es una forma de amor paciente y atento para con los otros; tal como Jesús mismo, manso y humilde de corazón.

-Los misericordiosos: son quienes saben perdonar, se abstienen de juzgar y condenar, y ayudan a los otros.

 

-Los pacíficos: perdonan sin condenar, por eso son portadores de paz y reconciliación entre los divididos por discordias.

-Disposiciones para con Dios y el prójimo:

-Los pobres en espíritu: son las personas humildes que se abajan y se hacen interiormente como niZos, dependientes de todos y servidores de todos.

-Los perseguidos por causa de la justicia: son los perseguidos por vivir la nueva justicia y la radicalidad del Reino proclamada por Jesús.

El evangelista Mateo nos presenta al discípulo ideal; no vacilo en decir: nos presenta al monje y a la monja ideales. Estos monjes y monjas genuinos buscan con hambre la justicia del reino, son íntegros y puros de corazón, sufren al ver que este mundo está lejos de esta justicia, pero saben que Dios cambiará esta situación. No obstante se mantienen humildes ante Dios y los hombres, y llenos de paciencia se entregan al servicio de los demás sin juzgarlos, perdonándolos, ayudándolos y mediando en sus conflictos. Y si por todo esto son perseguidos, se han de considerar dichosos y felices pues serán herederos de la bienaventuranza eterna.

Los pobres en el espíritu (primera bienaventuranza) y los perseguidos a causa de la justicia (última bienaventuranza) poseen en propiedad el Reino de los cielos. Esta afirmación es la más fundamental y forma una inclusión que encierra todas las otras bienaventuranzas: la promesas ligadas con ellas parecen ser concretizaciones de los efectos ligados con la posesión del Reino.

Las bienaventuranzas son un retrato del discípulo ideal pues son el retrato del Maestro mismo, cuyas huellas hemos de seguir y cuyos sentimientos poseer (Cf. I Ped.2:21, Fil.2:5). Pero sabemos muy bien que esto es imposible para nosotros, pero para Dios nada hay imposible.

Quizás aún no hemos entendido que las bienaventuranzas son buena noticia o Evangelio pues nos dicen lo que Dios quiere hacer por nosotros para que seamos felices. Solemos pensar que ellas son un código de normas que estipulan lo que nosotros debemos hacer para merecer la bienaventuranza o felicidad de Dios.

En muchos textos de nuestros Padres del Císter las bienaventuranzas son presentadas como un itinerario espiritual. Para Bernardo de Claraval la dicha de la misericordia ocupa un lugar central en ese itinerario. Jesús es el modelo por excelencia de la miseridordia humana y divina, Él aprendió en el tiempo y por experiencia lo que ha sabía desde toda la eternidad. La Madre de Jesús no sólo es modelo de misericordia sino también misericordiosa mediadora hacia el Mediador, por eso es invocada: ¡Madre de misericordia! La misericordia aúna en sí misma todas las expresiones del amor al prójimo pues sintetiza el sentimiento y la acción, el afecto y el efecto. La misericordia dilata y aromatiza el corazón llenándolo de suave unguento y purifica el corazón para poder ver a Dios con ojos de amor. El monje y la monja radicalmente misericordiosos son quienes producen los frutos más auténticos de paz y unidad en el seno de las comunidades.

5. Una Discípula enraizada en el amor

 

Una vez más deseo ilustrar la doctrina con un modelo viviente. Presento a alguien que tomó a Cristo por modelo y siguió sus huellas hasta el fondo del camino, hasta el pie de la cruz: María de Nazareth, esposa de José, madre del mismo Jesús. Nadie en la historia del cristianismo ha estado más arraigada en el amor y enraizada en Cristo que ella. En su vida se cumplen perfectamente las palabras del Claravalense: El sermón más elocuente y eficaz es el propio ejemplo, pues el que practica lo que enseZa convence de que es posible aquello que aconseja (Ben 7).

Contemplemos a María en un momento crucial de su existencia: el Calvario. El Discípulo Amado nos cuenta: Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa (Jn.19:25-27).

La Madre del Crucificado estaba junto a Él, tiene parte y comulga con su cruz. Las palabras de su Hijo se cumplen en ella, auténtica discípula y servidora: si alguno quiere servirme, que me siga, y donde yo esté estará también mi servidor (Jn.12:26). María está presente en la hora en que Jesús reúne a los hijos de Dios que estaban dispersos (Jn.11:49-52). Está presente como mujer acongojada porque le ha llegado su hora de dar a luz, pero se llenará de gozo cuando ya haya nacido un hombre al mundo (Jn.16:21). Mirando al que atravesaron, María, también ella atravesada (Lc.2:35), da testimonio con su presencia: su Hijo es el verdadero cordero pascual que quita el pecado del mundo (Jn.19:33-37; Cf. 1:39).

Jesús dice entonces al discípulo a quien amaba: Ahí tienes (ide) a tu Madre. Esta palabra "ahí tienes" es utilizada por el Evangelista para introducir una revelación, para revelar algo existente pero oculto (Cf. Jn.1:29, 35-36, 47). Por eso, creemos que María era ya desde Caná madre del discípulo y desde ese entonces lo había engendrado a la fe con su propia fe (Jn.2:1-12). ¡Sólo una discípula amada puede ser madre de un discípulo amado! ¡Sólo una creyente puede engendrar otro creyente! En el Calvario, lo que estaba oculto se hace manifiesto.

La reacción del discípulo no se hace esperar. Desde aquella hora, la acogió como suya. Estas palabras están preZadas de sentido. El verbo acoger sólo es usado por nuestro Evangelista en relación con Jesús y en íntima conjunción con la fe en El (Jn.1:11-12; 5:43-44; 13:19-20). En este contexto está indicando una apertura de fe en relación con María.

Muchas traducciones dicen: la acogió en su casa; pero se trata de pobres traducciones. Literalmente dice: la acogió entre sus cosas propias (eis tá ídia). Una lectura atenta de todo el Evangelio nos permite constatar que los bienes propios del discípulo amado (todo aquel que cumple los mandamientos) son: el pan del Cuerpo (Jn.6:51), el amor de Jesús (Jn.13:1), la paz de Jesús (Jn.14:27), la palabra de Jesús (Jn.17:8), el Espíritu de Jesús (Jn.20:22). Y ahora hay que agregar: ¡la Madre de Jesús! María es también don de Jesús y parte de nuestra herencia cristiana. No se puede ser discípulo amado de Jesús si no se acoge a su Madre. Y Maria se dejó acoger pues previamente acogió y se dejó entregar. Gratuitamente había recibido, gratuitamente se dió.

 

El día del Calvario María no vaciló en la fe. Aunque era la hora de la tentación (Lc.22:46), cuando la fe era zarandeada en la criba de la prueba (Lc.4:13; 22:31,46), cuando su hijo se había convertido en algo despreciable y desecho de los hombres (Is.53:3).

Al pie de la cruz María lleva en su corazón la contradicción de las contradicciones, la tiniebla de las tinieblas, la iniquidad de las iniquidades: Dios condenado y asesinado por ser Amor y por ser Inocente. Para María el pecado y la salvacion se hacen uno en el Calvario: Dios que se hunde en la muerte.

En la oscuridad de la fe, María recordaría a la madre de los Macabeos que asiste a la muerte de sus hijos sostenida por la esperanza puesta en el SeZor (II Mac.7:20). Se acordaría de Abraham, padre de la fe de su pueblo, quien creía que Dios era poderoso como para resucitar a un muerto (Rom.4:17; Heb.11:19). Convertida con Jesús en grano de trigo murieron juntos en la oscuridad de la tierra para producir abundante fruto de vida eterna. Y con absoluta confianza volvió a cantar su cántico profético de alabanza: ¡Exaltó a los humildes! Pero aún había que esperar, firme en la fe, enraizada en el amor, la llegada del "tercer día". Y ese día llegó pues Dios es fidelísimo a sus promesas.

Hermanos y Hermanas, los textos radicales del evangelio son una espina clavada en cada cristiano y cristiana que desea verdaderamente serlo. La credibilidad de la Iglesia en el mundo de hoy depende de su vivencia radical de la enseZanza de Jesús. Nuestra vida monástica resulta incomprensible sin una referencia vital al radicalismo evangélico.

Uno de nuestros Padres, el Abad del monasterio de Igny, nos invita al radicalismo con estas palabras paradójicas:

Escuchadme vosotros, frutos divinos, y brotad como rosales plantados junto a las corrientes de las aguas. Hundidas vuestras raíces junto a las aguas de la vida, es decir, en el amor de la tierra de los vivientes. No en el amor de esta tierra, donde todas las cosas envejecen y se corrompen. El árbol no puede dar fruto a no ser incrustando sus raíces allá en las alturas, donde puede buscar y soborear las cosas de arriba, no las de la tierra (...) El ser humano debe tener fija la raíz del amor y del deseo en el cielo, en Jesucristo, cabeza, cima suprema de todas las cosas. El que haya hundido allí sus raíces y haya bebido de continuo el zumo de vida y de gracia en aquella fuente eterna, no temerá cuando llegue el ardor del juicio, antes bien llevando y ofreciendo el fruto abundante reportado, recibirá como recompensa florecer toda la eternidad ante el SeZor, a quien sea dado honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén(Sermón 23 = Ben 2:7).

Con un abrazo fraterno en María de san José.

Bernardo Olivera